En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
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Legitimidad democrática

Número 13 / ABRIL - JUNIO 2024

¿Nos vemos listos para resignificar la política?

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Dainé Zeferino

CCH Azcapotzalco

 

Gracias a las próximas elecciones, he sido bombardeada por la influencia mediática, la postulación sobre si la democracia realmente funciona me ha taladrado toda concepción que tenía referente al sistema electoral/gubernamental y todo lo que conlleva en cuanto a afectaciones en mi vida como recién ciudadana.

Uno de los puntos clave de mi reflexión empapada de un semestre de ciencia política es, que la calidad de gobierno que recibimos como pobladores sea producto mismo, directamente proporcional a nuestro interés por su porvenir, y a esta afirmación, se le dan múltiples interpretaciones, que, ocasionalmente carecen de pensamiento crítico y objetividad (mi atrevimiento me elude a pronunciar fascistas y capacitistas), debido a que tiene un enfoque reduccionista tildado de conclusiones como: “varía la capacidad de tomar decisiones congruentes respecto a la política de persona a persona” 

En una discusión de posturas izquierda-derecha, no se escatima en criticar (y no constructivamente) acerca de las decisiones que toma la sociedad y sobre su carencia de legitimidad. Vale la pena hacer énfasis en lo mucho que el trasfondo histórico, cultural, social, económico y personal proporcionan una base en la que fundamentamos nuestro poco o mucho conocimiento acerca de un tema del que, seamos honestos, muchos deploran e incluso aborrecen, hablar de política se ha convertido en una charla sobre chismes, crímenes, y barbarie.

Lo que quiero decir, es que le hemos atribuido un sentido fantasioso a la democracia que con el paso del tiempo lo único que hemos obtenido de ella, son los frutos de su aplicación no auténtica, si no, sucia y engorrosa, plagada de fenómenos que no son más que el espejo de los prejuicios generados por únicamente, líderes carismáticos. Evidentemente, atravesamos por una crisis de representación, dónde gráficamente, la corrupción, polarización, fraude, son el alimento del debate y discusión de la palabra “gobierno”.

Es relevante el grado de desinterés que incrementa con la falta de participación ciudadana sobre quiénes son los que deciden por ellos, pero ¿podemos culparlos?, ansiamos mejores condiciones de vida, pero, el medio por cual puede ser posible, sencillamente, no le tenemos fe, y mucho menos, sabemos a ciencia cierta, el por qué otorgamos nuestro voto, el futuro próspero que nos promete la dirección de los candidatos en sus campañas, no es más que un concepto abstracto que únicamente vive en el imaginario colectivo, más no en una realidad cercana.

Somos seres visuales, y por más que escuchemos sobre hipotéticos México gloriosos, si jamás lo hemos conocido, difícilmente podremos reconocerlo cuando se nos presente toda la información referente a presupuestos, reformas, planeaciones, no es palpable, no hay antecedentes, ¿cómo se puede confiar en una promesa que no hemos vivido? No sabemos que es la democracia más que su eterna defensa.

Enigmática la pregunta de, cómo sociedad, ¿cuándo vamos a dejar de evadir las conversaciones incómodas?, y si eso llega a suceder, ¿esas palabras se escucharán? ¿tendrán el mismo destino relevante que el sello de nuestro dedo en una casilla?, ¿o ahí se detiene nuestro impacto? Debemos dejar de fingir que como ciudadanos continuamos creyendo en la perfección gesticulada en los discursos diplomáticos.

La asistencia a las elecciones forma parte de meticulosas estadísticas que caen en el espectáculo y la farándula, los debates presidenciales son shows de comedia, las ciudades están infestadas de propaganda política innecesaria a cada paso, padecemos una infodemia a la descarada compra de votos como se menciona en redes sociales , se postulan a los políticos como celebridades ranqueando su popularidad y quizá no sea tan malaventurado mencionar que el sentido de la democracia se ha tergiversado a una burla, la teledictadura en estos tiempos es más que vigente.

¿Nos vemos listos para resignificar la política?, ¿somos capaces de ser unos aficionados a la democracia y dejar de sentirnos insatisfechos?, ¿acaso estamos peligrosamente cerca de tener a la presidenta modelo?, ya lo veremos.

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