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acto revolucionario
¿Es el amor un acto revolucionario?, ¿cómo podemos ejercer este sentimiento sin someternos a dinámicas de explotación o dominación?
Te invitamos a leer la sección Trincheras y desarrollar tus argumentos con todo respeto
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Las dinámicas de explotación o dominación siempre están sujetas a un contexto en el cual el sistema le indica u obliga a los sujetos que deben actuar de una u otra manera para poder amar correctamente, entendiendo el amor; diría Erich Fromm, como un arte que se aprende y se ejerce de forma continua con base en ideas y supuestos previamente aprendidos e interiorizados.
Entonces a través de las ideas y de la interpretación de las mismas es que se puede entender y buscar amar de maneras distintas, no correctas, por que me parece inadecuada la palabra, pero si formas mas sanas emocional y socialmente.
Por ello creo que el amor no es un acto revolucionario en si, pero las ideas con las cuales construimos y ejercemos el amor, indudablemente lo son.
¿Es el amor un acto revolucionario? Quizá sí, pero no porque sea un sentimiento extraordinario, sino porque requiere una práctica constante de observación, cuidado y transformación.
Pienso que hemos reducido el amor casi exclusivamente al ámbito romántico, cuando en realidad se manifiesta de múltiples formas: en la amistad, en la relación con la familia, con una comunidad, con el territorio, con los animales, con las plantas e incluso con nosotros mismos. El amor es una manera de vincularnos con la vida.
Sin embargo, amar sin reproducir dinámicas de explotación o dominación implica un trabajo profundo. No basta con sentir afecto por alguien. Amar requiere preguntarnos constantemente desde dónde nos relacionamos, cuáles son nuestras expectativas, nuestros miedos y nuestras heridas. Requiere atender los diálogos internos, revisar los aprendizajes recibidos, reconocer las marcas de la infancia y, muchas veces, buscar espacios de acompañamiento, terapia o reflexión que nos permitan comprendernos mejor.
Pienso el amor como un arte que se cultiva. Un arte que demanda paciencia, presencia y compromiso. No se trata de alcanzar una versión perfecta de nosotros mismos, sino de atrevernos a navegar nuestras propias aguas internas para comprender sus corrientes, sus profundidades y también sus tempestades. Sólo así podemos extendernos hacia los otros afluentes que encontramos en el camino sin intentar poseerlos, controlarlos o convertirlos en una respuesta a nuestras carencias.
Tal vez el carácter revolucionario del amor radique precisamente en eso: en la decisión de conocernos para vincularnos de una manera más consciente; en aprender a cuidar sin dominar, a acompañar sin apropiarnos, a reconocer al otro como un ser completo y no como una extensión de nosotros mismos. En tiempos donde muchas relaciones están atravesadas por la prisa, el consumo y la instrumentalización de los vínculos, amar puede ser también un acto de atención, presencia y responsabilidad compartida.
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Las dinámicas de explotación o dominación siempre están sujetas a un contexto en el cual el sistema le indica u obliga a los sujetos que deben actuar de una u otra manera para poder amar correctamente, entendiendo el amor; diría Erich Fromm, como un arte que se aprende y se ejerce de forma continua con base en ideas y supuestos previamente aprendidos e interiorizados.
Entonces a través de las ideas y de la interpretación de las mismas es que se puede entender y buscar amar de maneras distintas, no correctas, por que me parece inadecuada la palabra, pero si formas mas sanas emocional y socialmente.
Por ello creo que el amor no es un acto revolucionario en si, pero las ideas con las cuales construimos y ejercemos el amor, indudablemente lo son.
¿Es el amor un acto revolucionario? Quizá sí, pero no porque sea un sentimiento extraordinario, sino porque requiere una práctica constante de observación, cuidado y transformación.
Pienso que hemos reducido el amor casi exclusivamente al ámbito romántico, cuando en realidad se manifiesta de múltiples formas: en la amistad, en la relación con la familia, con una comunidad, con el territorio, con los animales, con las plantas e incluso con nosotros mismos. El amor es una manera de vincularnos con la vida.
Sin embargo, amar sin reproducir dinámicas de explotación o dominación implica un trabajo profundo. No basta con sentir afecto por alguien. Amar requiere preguntarnos constantemente desde dónde nos relacionamos, cuáles son nuestras expectativas, nuestros miedos y nuestras heridas. Requiere atender los diálogos internos, revisar los aprendizajes recibidos, reconocer las marcas de la infancia y, muchas veces, buscar espacios de acompañamiento, terapia o reflexión que nos permitan comprendernos mejor.
Pienso el amor como un arte que se cultiva. Un arte que demanda paciencia, presencia y compromiso. No se trata de alcanzar una versión perfecta de nosotros mismos, sino de atrevernos a navegar nuestras propias aguas internas para comprender sus corrientes, sus profundidades y también sus tempestades. Sólo así podemos extendernos hacia los otros afluentes que encontramos en el camino sin intentar poseerlos, controlarlos o convertirlos en una respuesta a nuestras carencias.
Tal vez el carácter revolucionario del amor radique precisamente en eso: en la decisión de conocernos para vincularnos de una manera más consciente; en aprender a cuidar sin dominar, a acompañar sin apropiarnos, a reconocer al otro como un ser completo y no como una extensión de nosotros mismos. En tiempos donde muchas relaciones están atravesadas por la prisa, el consumo y la instrumentalización de los vínculos, amar puede ser también un acto de atención, presencia y responsabilidad compartida.