En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
CRÉDITO: Amaranta Velasco | Facultad de Filosofía y Letras

Discursos de odio en redes sociales

Número 20 / ENERO - MARZO 2026

Cómo las plataformas moldean y radicalizan identidades

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Alan Omar Cruz Robles

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales

Vivimos en un momento histórico en el que el internet y las redes sociales han transformado profundamente cómo se informan, se socializan y se construyen las identidades políticas y culturales. Ya no se trata sólo de consumir noticias o entretenimiento, hoy las plataformas digitales –y más específicamente sus algoritmos– están programadas para organizar la información que vemos, dándole visibilidad a determinados contenidos durante nuestros recorridos en las redes. 

En ese contexto, cobra relevancia el fenómeno conocido como “alt-right pipeline”, el cual se describe como un proceso gradual de radicalización individual hacia ideologías de extrema derecha a través de plataformas en línea. Mediante recorridos en la web, los usuarios, aparentemente “inocentes”, quedan expuestos a ideas extremistas, discursos de odio e ideologías radicales. Este contenido –que incluye memes y otros formatos de entretenimiento– suele presentarse bajo la apariencia de humor, facilitando así su difusión y normalización social.

Es importante tomar en cuenta que los algoritmos de las redes sociales, como el de YouTube por ejemplo, no son neutrales, ya que están diseñados para mantener nuestra atención el mayor tiempo posible, además de engancharnos en una dinámica que se reduce a dar clics, acumular visualizaciones o buscar obtener los likes deseados, lo cual se introduce en una dinámica de evaluaciones métricas que tienen como fin otorgar un valor económico al contenido que se ofrece en dichas plataformas. 

Ese diseño tiene consecuencias profundas, ya que moldea la forma en que percibimos el mundo y tomamos decisiones cotidianas. Los algoritmos están orientados a mostrarnos contenidos cada vez más similares a lo que usualmente consumimos, reforzando patrones de consumo: creencias, resentimientos, prejuicios. A esa lógica se suma la existencia de lo que se llama una burbuja de filtros o “filter bubble”: aislamiento informativo en el que es poco probable que el usuario vea perspectivas contrarias, cuestionamientos o diversidad ideológica.

Un estudio enfocado en analizar los patrones y preferencias de usuarios examinó más de 330 mil videos en YouTube y más de 2 millones de recomendaciones automáticas generadas entre ellos. Al considerar los hábitos de consumo a lo largo del tiempo, la investigación concluyó que un porcentaje significativo de usuarios migra desde canales con contenido moderado o “controvertido” hacia canales abiertamente vinculados con ideologías de extrema derecha. 

Esto no significa que todos los que consumen memes, humor o “ideas polémicas” terminen siendo persuadidos por ideas radicales de violencia, pero sí evidencia que existe un camino estructurado mediado por el diseño de plataformas que incrementa esa probabilidad.

Sin embargo, el riesgo de ser persuadido por este tipo de información no es menor. Diversos estudios muestran que lo que sucede en línea como discursos de odio, desinformación, polarización puede traducirse en agresiones, discriminación, violencia física o social.

Por ejemplo, una investigación reciente demostró que es posible predecir con datos de redes sociales cuándo podría aumentar la incidencia de delitos motivados por odio hacia migrantes o personas de la comunidad LGBTQ+, lo que pone en evidencia la relación entre el clima discursivo en línea y la violencia tangible.

El discurso de odio online, aunque muchas veces disfrazado de humor, ironía o crítica “ligera” no es inocuo, con el tiempo puede llegar a la normalización de estereotipos, deshumanizar y rechazar al otro, y generar un contexto de hostilidad social. 

El suceso de violencia que ocurrió en CCH Sur el 22 de septiembre de 2025, expone cómo la información que se consume en redes sociales puede llegar a tales extremos. Como es sabido, un estudiante de esta institución atacó con un arma blanca a un compañero, provocando su muerte y dejando herido a un trabajador que trató de detenerlo. El agresor, identificado como Lex Ashton, de 19 años, se lesionó ambas piernas al intentar huir. Este suceso responde a la violencia simbólica que se difunde en la web, y que suele minimizarse. Según los reportes, Ashton había compartido en sus redes sociales, días antes de la agresión, información inquietante: armas blancas, mensajes de resentimiento y referencias misóginas. 

Lo sucedido en CCH no es un hecho aislado. Este desafortunado acto de violencia forma parte de una red más amplia de expresiones de odio que circulan en internet. En diversos foros, grupos y comunidades en línea se legitiman sentimientos de fracaso, soledad y rechazo, donde se combinan la frustración emocional con un imaginario de violencia, resentimiento y resignación de aquellos quienes se hacen llamar “Chads”, “foids”, “normies”, entre otros términos. 

Cuando el discurso de odio —representado en un meme, por ejemplo— logra impactar de manera significativa, puede llegar a manifestarse en violencia física. En efecto, las ideas extremistas, la negación de la otredad, la misoginia, o el resentimiento hacia otras personas puede devenir en crímenes desafortunados.

No obstante, el daño no se reduce únicamente a la víctima, sino que impacta a toda la comunidad educativa, generando miedo y desconfianza; espacios que deberían ser seguros como las escuelas, dejan de serlo. Ello implica, además, que se deban implementar nuevos protocolos de seguridad y vigilancia, de atención a la salud mental y fomentar la responsabilidad social.

El suceso en CCH evidencia cómo los entornos digitales pueden funcionar como cámaras de eco y espacios de radicalización, al promover contenidos que refuerzan las creencias de quienes ya comparten ciertas ideas. Un joven que experimenta resentimiento, frustración, soledad, rechazo social, baja autoestima, puede entrar a foros, memes o discusiones misóginas o nihilistas y, poco a poco, quedar atrapado en un ecosistema polarizado que amplifica su odio, profundiza su aislamiento y alienta fantasías de violencia. 

Es importante subrayar que las plataformas no son neutrales. El algoritmo de las redes sociales puede conducir hacia un “viaje al extremismo”, especialmente si no se cuenta con un pensamiento crítico sobre lo que se consulta en la web, o bien, si no se cuenta con información que ayude a comparar y contrastar las ideas extremistas.

El Alt-right pipeline y la información violenta en internet, son fenómenos reales, documentados y peligrosos. Pero no son inevitables. Las tecnologías digitales funcionan dentro de marcos sociales, culturales y económicos, esto implica que como sociedad, comunidad académica y ciudadanía contamos con la posibilidad de intervenir para evitar el impacto de los discursos de odio en la sociedad.

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