El Puente de la Concordia
Por: Aram Rangel Alcantara e Isael Guillermo García Macedo
Crónica de una Tragedia Anunciada
Facultad de Estudios Superiores (FES) Acatlán
Facultad de Estudios Superiores (FES) Acatlán
En México hablar de seguridad, crimen organizado o violencia parece haberse vuelto un tema desgastado, repetido y, para muchos jóvenes, poco atractivo. La dinámica de las redes sociales rápida, superficial y dominada por tendencias efímeras ha desplazado el interés por los grandes asuntos públicos. En las universidades y preparatorias, una parte significativa de los estudiantes se desentiende de los problemas que atraviesan el país. Pero el desinterés no desaparece la realidad, al contrario, la profundiza.
Y la realidad hoy es inquietante, dado que el crimen organizado en este país se ha expandido territorial, económica y socialmente, sobre todo las últimas décadas. Sus confrontaciones internas, combinadas con la incapacidad del Estado mexicano, han colocado a amplias regiones de nuestro territorio en una situación de violencia crónica. Por otro lado, desde sectores del gobierno y del Congreso estadounidense han surgido voces que plantean abiertamente la posibilidad de intervenir militarmente en México bajo el argumento de combatir a los cárteles. No es un discurso menor ni retórico: es una amenaza directa a la soberanía nacional y a la estabilidad sostenida con palillos.
Un problema con raíces profundas
El crimen organizado no es un fenómeno reciente. Desde finales del siglo XIX, al menos, existen registros de bandidos rurales que aprovechaban las crisis políticas y económicas para operar en territorios alejados del control estatal. Durante la Revolución Mexicana, el caos facilitó saqueos y asaltos a trenes. Más tarde, en el siglo XX, pequeños grupos dedicados al narcotráfico comenzaron a desarrollarse, sobre todo dentro de zonas fronterizas donde la ausencia del Estado y las desigualdades sociales crearon condiciones adecuadas para tal fin.
El investigador Luis Astorga lo ha explicado con claridad: “el narcotráfico encuentra terreno fértil allí donde persisten la pobreza, la falta de oportunidades y la débil presencia institucional”. En un sentido semejante pero con una visión materialista, Aquiles Córdova Morán sostiene que “la causa del florecimiento del delito es la injusta e inequitativa distribución del ingreso nacional, una buena cantidad de ellos delinque impulsada por la pobreza y por la falta de oportunidades para salir de ella mediante un trabajo limpio, honroso y bien remunerado”. No se trata, entonces, de una desviación moral individual, sino de un fenómeno estructural del sistema económico, político y social.
Los fracasos acumulados
México lleva más de tres sexenios ensayando políticas fallidas. La “Guerra contra el narco” de Felipe Calderón solo dejó un saldo de muertos que todavía no terminamos de dimensionar. La estrategia de “Abrazos, no balazos” de López Obrador, lejos de pacificar al país, permitió que grupos criminales consolidaran su control territorial. Y la actual administración de Claudia Sheinbaum, ha iniciado sin modificar de fondo esa política, incluso el reciente asesinato de un alcalde en Michoacán ha sido producto de la misma política que ha detonado nuevas protestas sociales.
La violencia persiste porque el problema está en la estructura económica y social, no solo en la estrategia de seguridad. Mientras haya regiones sin empleo, sin servicios, sin Estado, habrá quien encuentre en la delincuencia la única salida posible para medianamente subsistir, aún cuando se entrega la vida propia y la de familiares.
La amenaza intervencionista
Frente a este escenario, sectores de Estados Unidos han propuesto declararle la guerra a los cárteles mexicanos y enviar tropas. Más allá de la viabilidad legal o militar de tal idea, el simple hecho de que se pronuncie públicamente debería alarmarnos. La historia demuestra que la intervención estadounidense nunca ha traído paz ni reconstrucción a los países donde se ha aplicado. Lo único que logra es inestabilidad, violencia prolongada e intereses geopolíticos disfrazados de “ayuda”.
Por eso es indispensable que los jóvenes mexicanos, especialmente quienes estudiamos en la universidad pública, comprendamos la profundidad del problema. No basta con indignarnos ante cada noticia: necesitamos una reflexión de fondo sobre las causas de la violencia y sobre los riesgos de permitir que una potencia extranjera decida nuestro destino común.
Construir la paz desde México
Hablar de paz no es un acto ingenuo, es hoy una necesidad política. El Estado debe garantizar seguridad, sí, pero también transformar las condiciones estructurales que producen la violencia: llamase desigualdad, abandono territorial, desempleo, impunidad y corrupción. Ninguna solución será efectiva si no se enfrenta este trasfondo.
La sociedad mexicana y sobre todo su juventud, tiene un papel decisivo. Somos quienes podemos llevar estas discusiones a nuestras escuelas, comunidades y espacios de relación. Somos quienes podemos cuestionar narrativas simplistas y denunciar cualquier intento de intervención extranjera. Y somos quienes podemos impulsar movimientos sociales capaces de exigir un país más justo y más seguro.
México necesita paz, pero una paz construida desde adentro, con justicia social, soberanía y participación ciudadana. No una paz diseñada e impuesta desde afuera por quienes históricamente han actuado guiados por intereses propios, no permitamos que suceda.
Por: Aram Rangel Alcantara e Isael Guillermo García Macedo
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