En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
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CRÉDITO: Cit Rox | Facultad de Artes y Diseño

Educación social para la paz

Número 20 / ENERO - MARZO 2026

La violencia es un hábito que podemos cambiar

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Natalia Hernández Santelmo

Facultad Ciencias Políticas y Sociales

La violencia está presente en la vida diaria, casi todas las personas creemos saber qué es, pero si alguien nos pidiera definirla con exactitud, es probable que no podríamos hacerlo. Esto se debe a que este fenómeno no tiene una definición única y su significado varía según el contexto social y cultural en el que se encuentre. Hablar y entender este tema es necesario porque afecta con gravedad a la sociedad mexicana, en especial a los jóvenes que muchas veces, y sin darse cuenta, aprenden actitudes agresivas por el hecho de crecer en ambientes donde estas acciones se han normalizado. 

Las violencias muestran que algo en nuestra sociedad está fallando, y se transmiten y justifican formas de actuar que deberían cuestionarse, por lo que es imperativo tener conciencia social de esta problemática y romper con esos patrones para que no pasen a las próximas generaciones.

Debemos comprender la violencia y ser conscientes de ella para poder prevenirla. La violencia no se da desde el momento en el que una persona insulta o golpea a otra, se crea desde antes, con las desigualdades sociales, económicas, políticas e incluso geográficas que afectan a las comunidades, en especial a las más vulnerables, y si no se atienden crean un ciclo que se repite una y otra vez. Hay estudios que explican a la violencia desde un punto de vista biológico donde factores hormonales, como la testosterona, pueden influir sobre todo en el comportamiento de los hombres; pero incluso quienes sostienen esta postura aclaran que estas explicaciones son reducidas y no alcanzan a describir algo tan complejo como el comportamiento humano. Si nos quedamos solo con lo biológico justificamos la violencia y culpamos a la naturaleza, y no al entorno. Las hormonas no cambian, pero sí las condiciones sociales que fomentan la violencia, por lo que la educación y el contexto son fundamentales.

Para los jóvenes la violencia no siempre es un golpe o un insulto, también está en la simple presencia de alguien que les genera miedo o desconfianza, como una persona desconocida en una moto o un coche que pasa lento junto a ellos. Este tipo de percepciones nos muestran lo mal puede estar la sociedad en la que han crecido donde circunstancias que se asocian con el peligro son cotidianas. La violencia funciona como una cadena en la que quienes hoy son víctimas, mañana pueden ser victimarios. La violencia se aprende, se normaliza y se replica. Y si no intervenimos desde la educación, la empatía y la conciencia social, seguirá extendiéndose. 

En México, la mayoría de las víctimas de homicidio son hombres jóvenes, de entre 15 y 29 años, y no solo está relacionada con las agresiones del crimen organizado, también ocurre dentro de las familias o en entornos donde la brutalidad es parte del paisaje cotidiano. Además, instituciones de salud han demostrado que la violencia se relaciona con problemas mentales, adicciones, enfermedades y muchas otras consecuencias que afectan a los grupos más precarios. Si partimos de que la violencia se aprende desde lo cotidiano, entonces para construir la paz primero necesitamos preguntarnos cómo se puede desaprender. En este proceso la educación escolar, y de igual manera la que damos en casa y desde la comunidad, es trascendental. La educación puede ayudar a desarrollar habilidades socioemocionales, a crear espacios seguros para hablar, identificar comportamientos violentos y dar herramientas para cuestionarnos aquello con lo que crecimos. Cuando un joven empieza a detectar las violencias sutiles, ya está dando un gran paso para romper con ellas. 

Construir la paz no significa solo reducir los actos violentos más visibles, requiere transformar las condiciones sociales que los hacen posibles. La violencia cotidiana, como la que se esconde en gestos, comentarios, roles o comportamientos, construye violencias más graves. Por todo lo anterior, la conciencia social y la educación preventiva son, más que herramientas útiles, necesarias. Si queremos evitar que las violencias escalen, incluso a escenarios tan graves como los genocidios que han marcado la historia, debemos empezar desde la raíz: los aprendizajes, las relaciones, la cultura y la forma en que enseñamos a los jóvenes a ver el mundo, y no solo frenando un golpe o callando un insulto. 

Romper con la normalización de la violencia, entender su origen social y fomentar una educación que promueva la empatía, la crítica y la responsabilidad colectiva son las alternativas para construir la paz. Al igual que la violencia, la paz no llega sola, se aprende, se erige y se enseña, y ese camino empieza al identificar que la violencia no es un destino, sino un hábito social que podemos cambiar si le damos a la conciencia y a la educación el lugar y la importancia que merecen.

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