El Puente de la Concordia
Por: Aram Rangel Alcantara e Isael Guillermo García Macedo
Crónica de una Tragedia Anunciada
Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) Vallejo
Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) Vallejo
Actualmente, la UNAM es una de las instituciones educativas más reconocidas del país. Sin embargo, el prestigio académico no garantiza seguridad en sus instalaciones ni protección adecuada para su comunidad estudiantil. Esto se refleja en los planteles de la Escuela Nacional Preparatoria, Colegio de Ciencias y Humanidades y las diversas Facultades de Estudios Superiores que conforman esta red educativa. Debemos reconocer que hoy nuestra universidad enfrenta problemas tan complejos como la vida misma: inseguridad en las escuelas, “accidentes” que involucran a estudiantes, docentes o trabajadores, y la persistencia de conflictos porriles dentro y fuera de Ciudad Universitaria.
Hay que exponer y reflexionar sobre cómo percibimos aquello que la UNAM comunica y, sobre todo, aquello que calla. En nuestros espacios educativos se respira violencia, incertidumbre y miedo. Ante ello surgen preguntas inevitables: ¿cómo convivir con la violencia? ¿Cómo actuar cuando la desigualdad y la inestabilidad escolar derivan en tragedias? Como estudiantes, ¿cuál es nuestro papel frente a estas situaciones? ¿Huir o enfrentar? ¿Qué decisión es la correcta?
Sé que no todo es negativo: la UNAM es también oportunidades, orgullo, crecimiento y diversidad. Pero, aun así, la inseguridad se ha vuelto una presencia constante. El lugar donde deberíamos sentirnos protegidos se transforma, poco a poco, en un entorno donde estudiar llega a generarnos miedo. La universidad no siempre impulsa ni protege a quienes desean aprender y convivimos, por ejemplo, tanto con profesores que detestan enseñar, como con aquéllos que se esfuerzan profundamente por guiarnos más allá de las materias, hacia la vida misma. Pero, ¿qué culpa tenemos los estudiantes de sentirnos inseguros en un espacio que debería resguardarnos?
En parte, también tenemos responsabilidad, aunque muchos no quieran admitirlo. Existe un dicho: “da lo que quieres recibir”. La inseguridad no proviene únicamente de “los altos mandos”, sino también de nuestra propia comunidad. No puedo generalizar, pero es válido preguntarnos: ¿somos el eco de un pasado que no comprendemos? ¿Somos herederos de resentimientos acumulados por generaciones de estudiantes que lucharon por mejores condiciones?
Determinar qué detonó estas problemáticas no es sencillo. Cada tragedia tiene causas complejas. Tal vez la UNAM no es totalmente responsable, pero sí ha contribuido cuando ha ocultado información, tratando a la comunidad como si no pudiéramos comprender lo que sucede frente a nuestros propios ojos.
¿En la UNAM todo es un accidente? No. Todo hecho tiene antecedentes y responsabilidades. Basta mencionar algunos casos: Ricardo Aguilar Reyes, estudiante de CCH Sur asesinado en el campus (2002). Fallecimiento de un alumno en CCH Azcapotzalco, con reconocimiento institucional de negligencia (2010). El feminicidio de Lesvy Rivera Osorio, hallada sin vida cerca de la Facultad de Ingeniería (2017).
La lista continúa: la muerte de una alumna por una bala perdida dentro del plantel, las múltiples denuncias de violencia vinculadas al profesor Pablo Enrique Peñaloza Díaz, la agresión en la Facultad de Contaduría y Administración, y más. Como estudiante, no puedo profundizar en todos, pero sí puedo reconocer que vivir dentro de una comunidad tan grande implica sentir vulnerabilidad constante. Saber que cualquiera podría convertirse en un número más en una lista interminable es aterrador. Que un caso sea tratado como un simple “accidente” minimiza la gravedad del problema.
Nada de esto es casual. ¿Cuántos hemos callado abusos de poder? ¿Cuántos evitamos denunciar por miedo a afectar nuestro futuro escolar? ¿Cuántos hemos decidido mirar hacia otro lado frente a la violencia?
Somos el resultado de las luchas estudiantiles del pasado: becas, apoyos, autonomía, conciencia política. El movimiento del 68 es un ejemplo claro de lo que se puede lograr cuando la comunidad decide no callar. Entonces, ¿por qué ahora estamos tan reprimidos? La frase “Por mi raza hablará el espíritu” se ha transformado, dolorosamente, en “¿Cómo hablará mi espíritu si están matando a mi raza?”
Callamos situaciones graves, escolares y personales. Si continuamos así, será imposible proteger a otros. Antes, se alzaba la voz por los más vulnerables; hoy, la represión se impone no por voluntad, sino por miedo.
¿Los porros están a favor o en contra de los estudiantes? Más que un bando político o institucional, los porros son grupos de choque que responden a intereses externos. Funcionan con sus propias reglas, generalmente mediante la violencia. La UNAM alberga alrededor de 40 grupos porriles, realidad que muchas veces preferimos ignorar. En mi caso, durante una clase de Historia, solo cuando decidí comunicar lo que realmente había ocurrido, el problema salió a la luz. No creo ser la primera, pero sí creo que hacen falta más voces dispuestas a romper el silencio.
¿Qué buscan estos grupos? Podría ser poder, control territorial, beneficios económicos o rivalidades históricas entre instituciones. Cualquiera que sea la causa, las consecuencias son graves. Basta recordar el caso de Óscar Yael, estudiante de la FES Acatlán, asesinado en 2022.
Me niego a normalizar la violencia, la represión y la falta de empatía que se han extendido dentro y fuera de nuestras instituciones. Me inquieta profundamente que asistir a clases pueda significar arriesgar la vida. Quiero avanzar y construir un futuro, pero la violencia puede impedirlo.
¿Es realmente posible estudiar y vivir con violencia?
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