Anatomía de la guerra
Por: Obed Joao da Silva Botello
La guerra ya no solo se libra con armas
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
Muchas veces caminamos de regreso a nuestra casa con miedo, por eso evitamos ciertas calles e incluso nos escondemos de una patrulla. Esas pequeñas decisiones forman parte de nuestra vida diaria. Pero esas prácticas no salen de la nada: tienen una historia detrás, individual y colectivamente. Y sí, con esto quiero abordar una parte que México ha preferido enterrar de su memoria popular, misma que, no obstante, sigue respirando debajo de nuestros pasos. Hablo de la llamada “Guerra Sucia”, periodo que comenzó en la década de 1960, mismo que se quiso encasillar históricamente como un conflicto entre fuerzas semejantes pero, en realidad, fue un proyecto en que el Estado mexicano decidió que la violencia armada era una herramienta legítima para callar a estudiantes, campesinos, periodistas y cualquier agente que se opusiera al sistema (sí, el sistema que Mario Vargas Llosa definió como “la dictadura perfecta”).
Nos han vendido la idea de que ese es un capítulo de la historia de México que ya se cerró, aunque realmente esto nunca ha ocurrido.
Hoy vivimos nuevas violencias a nuestro alrededor: las desapariciones masivas, la militarización de nuestras calles, la inseguridad que nos acompaña cuando nos subimos al camión o incluso la indiferencia con la que vemos atrocidades internacionales como el genocidio en Palestina. Tenemos normalizado que este México violento es “el que nos tocó vivir”, una idea sembrada desde hace décadas por el poder hegemónico. Una idea que se consolidó cuando el país aprendió que es más fácil callar que buscar justicia. Nosotros somos herederos de esa historia: una generación que todavía camina sobre los escombros de las mismas violencias de siempre, ahora disfrazadas de nuevas.
Por mi parte, considero que hablar de la Guerra Sucia no es nostalgia amarga: es una forma de entender a México y por qué este sigue siendo un país donde estudiar, protestar o simplemente existir son actos de alto riesgo. También es el primer paso para pensar en otra manera de vivir: resistir y construir paz con la memoria.
La parte de la historia que quisieron borrar
Cuando pensamos en la historia de México, regularmente se nos viene a la mente la Guerra de Independencia, la Revolución Mexicana, la gesta heroica de los llamados “Niños Héroes” o la Batalla de Puebla. No obstante, hay un capítulo que rara vez aparece en los libros de texto, y, sin embargo, explica demasiado de lo que vivimos hoy: la Guerra Sucia. Fue el periodo en la segunda mitad del s. XX en el que el Estado mexicano se dedicó a perseguir, callar y desaparecer a su propia gente: estudiantes, activistas, opositores políticos, campesinos, obreros y periodistas (por cierto, ¡qué vivan los opositores de entonces: Lucio Cabañas, Genaro Vázquez y Rubén Jaramillo!). Personas que solo querían libertades básicas, justicia, democracia o que simplemente se organizaron para mejorar sus comunidades.
En 1968, miles de estudiantes salieron a las calles a demandar lo que hoy consideramos algo normal: libertad de expresión, no más abusos policiacos y diálogo con el gobierno. El Estado respondió con represión. El 2 de octubre en Tlatelolco, Luis Echeverría y Gustavo Díaz Ordaz enviaron militares, tanques, helicópteros y francotiradores para dispersar a los estudiantes. Hubo asesinatos, heridos y detenciones masivas, muchas personas fueron desaparecidas. Durante muchos años nos quisieron meter la idea de que el movimiento era “peligroso” o incluso “comunista”, lo verdaderamente peligroso fue que exigir los derechos básicos se convirtió en un motivo para que el Estado asesinara.
Tres años después, en 1971, los estudiantes salieron a marchar otra vez. Nuevamente se encontraron con represión, solo que ahora no fue de manera militar (directamente), sino paramilitar. Un grupo creado y entrenado por el mismo gobierno, conocido como “los Halcones”, atacó a los estudiantes con palos, armas y persecuciones por las calles.
La represión no se quedó en las ciudades. En zonas rurales, especialmente en Guerrero, el Estado persiguió a comunidades enteras acusadas de simpatizar con movimientos sociales o grupos guerrilleros. Hubo detenciones arbitrarias, torturas, violaciones y desapariciones forzadas. Se crearon centros clandestinos donde las personas eran interrogadas, golpeadas y, en muchos casos, asesinadas.
Y sí, en México hubo el caso de los llamados “vuelos de la muerte”. Parece algo muy descabellado, pero sí pasó. Muchas personas fueron detenidas sin orden judicial, sin juicio, sin siquiera avisar a sus familias. Las trasladaban posteriormente a bases militares y luego las subían a aviones del Ejército mexicano. Ahí, según testimonios de sobrevivientes y ex-militares, las personas eran drogadas para dejarlas inconscientes. Después, en pleno vuelo sobre el océano, abrían las puertas y arrojaban los cuerpos al mar para borrar cualquier rastro. Era una forma de desaparecer gente sin que nadie pudiera reclamar un cuerpo, una evidencia, una tumba. Estos crímenes dejaron familias enteras rotas, comunidades traumatizadas y un país que incluso hoy intenta saber qué pasó con esas personas. Esto se ha intentado borrar de la historia, pero no se pudo borrar de la memoria de quienes siguen buscando a sus desaparecidos y exigen verdad.
Del pasado al presente: violencias que siguen vivas
Pensar en la Guerra Sucia no es quedarnos atrapados en el pasado. Es mirar un espejo incómodo del México de hoy. Aunque ya no haya tanques en Tlatelolco o policías cazando a estudiantes en las calles, la lógica de aquellas violencias sigue respirando en nuestra vida diaria. Hoy seguimos escuchando historias de personas desaparecidas, de personas detenidas sin razón o de grupos del crimen organizado que actúan con la complicidad del Estado. Seguimos viendo cómo se criminaliza a quienes protestan, cómo se persigue a periodistas o cómo se vigila a activistas.
La Guerra Sucia dejó una herencia silenciosa: seguimos teniendo miedo de hablar, normalizamos la violencia y mantenemos la sensación de que la vida de algunas personas “vale menos” que la de otras. Esas heridas siguen abiertas. No es casualidad que México tenga hoy a más de 100,000 personas desaparecidas o que miles de familias sigan buscando a sus hijos, igual que lo hicieron las madres de los 60, 70 y 80.
La Guerra Sucia también nos dejó algo más: la fuerza de quienes no se rindieron. Los estudiantes de 1968 y los que enfrentaron el “Halconazo” en 1971; los pueblos de Guerrero que resistieron la represión; las organizaciones y colectivos que aún hoy exigen verdad. Estas luchas nos enseñan que resistir no es acto heroico aislado, sino una necesidad colectiva. La paz no se construye olvidando la violencia, sino reconociéndola y enfrentándola todos juntos.
Construir paz en un país que no ha cerrado sus heridas
El silencio, la impunidad, el miedo y la desaparición no se inventaron ayer: son heridas que el país arrastra desde hace décadas. Entender la violencia del pasado no es un ejercicio académico: es abrir los ojos para no repetir lo que ya ocurrió. La línea entre la violencia cotidiana “de todos los días” y un crimen de Estado masivo es muy delgada, aunque nos cueste aceptarlo. No olvidemos que todo empezó con “pequeñas señales”: estudiantes vigilados, golpeados, detenidos, el Ejército en las calles… y un gobierno que decía que “no pasaba nada”. Ese mismo discurso lo vemos hoy en distintos lugares del mundo, incluido Palestina, donde el genocidio es visible ante los ojos de todo el mundo.
La memoria es muy importante en esto. Sirve para entender que ninguna violencia aparece de la nada: crece cuando nadie la nombra, cuando se normaliza, cuando nos acostumbramos a vivir en un lugar donde sabemos que no estamos a salvo. Pero también sirve para lo contrario: recordar a quienes resistieron, denunciaron las injusticias y se organizaron aún sabiendo que podían pagar con su vida.
Para empezar a construir paz debemos tomarnos en serio lo que pasó. Hay que dejar de aceptar que “México es así”, dejar de ignorar las violencias que vemos a diario, dejar de mirar hacia otro lado cuando alguien desaparece, cuando se violan derechos o cuando en otro país están matando civiles y algunos intentan justificarlo. Hay que tirar a la basura la excusa de que “el gobierno ha sido tolerante hasta excesos criticados”.
La paz no es quedarse callado ni obedecer. La paz de verdad se construye diciendo lo que nos duele, acompañando a quienes luchan, informándonos y señalando las injusticias. La Guerra Sucia nos enseñó que cuando la gente guarda silencio, el Estado hace lo que quiere. Pero cuando las personas protestan, resisten, exigen y se organizan, hasta los crímenes más grandes dejan de ser invisibles. Como dijo Lucio Cabañas: “Desgraciados los pueblos donde la juventud no haga temblar al mundo y los estudiantes se mantengan sumisos ante el tirano.”
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