Esta ventana es para mirar dentro de nosotrxs a través del arte y la creatividad.
Esta ventana es para mirar dentro de nosotrxs a través del arte y la creativdad.

Las que dejaron de rezar

Número 18 / JULIO - SEPTIEMBRE 2025

Ella descubrió que Dios no era una cruz llena de sangre

Picture of Esther Gómez Parra

Esther Gómez Parra

Facultad de Estudios Superiores (FES) Acatlán

La primera vez que Amparo pisó una iglesia fue a los cinco años. No entendía las palabras  de las catequistas: ¿por qué la imagen de un hombre ensangrentado y con dolor en el rostro  podía ser su amigo? Se lo preguntaba en la penitencia. Nunca obtuvo respuesta. 

Poco tiempo después, empezó a ir a misa cada domingo con su madre; también a casas de  oración y a misiones por las vocaciones. Siempre vestida de domingo, cada vestido con su bolso colgado al hombro. 

Con el tiempo, crecía. El mundo le quedaba pequeño, sus vestidos también. En la escuela  descubría la ciencia y la vida en otros planetas. 

Dejó de rezar. 

Dejó de usar la cadenita que le regalaron en sus quince años. 

Dejó de temer a Dios. 

Entonces su madre murió, y la casa que siempre olía a incienso y romero ahora era cascajo  de pan quemado y café diluido, más agua que grano.  

Una noche, Amparo encontró una caja llena de revistas científicas de los años ochenta, libros  que hablaban de plantas medicinales y cartas firmadas por su madre. La mujer, sola y sin rumbo, guardó en esa misma caja las libretas de física y apagó las noticias que declaraban que en Júpiter llueven diamantes. 

Tuvo una hija. La sostuvo entre sus brazos, la bautizó y la llevó a misa todos los domingos y  fiestas de guardar, a casitas de oración y a misiones por las vocaciones. Siempre la miraba,  pero su hija nunca le devolvió la mirada. Su hija dejó de rezar. 

Dejó de usar la cadenita que sus primos le regalaron en sus quince años. Dejó de temer a Dios.

Amparo murió. 

Se reencontró con quien le dio la vida y descubrió que Dios no era una cruz llena de sangre,  ni una paloma a la luz del sol, ni siquiera un hombre moribundo con corona de espinas, sino  el amor que sentía por su madre y que nunca expresó; era la conexión que siempre anheló  tener con su hija, a quien nunca entendió; era todo aquello que anhelaba, pero que nunca  reconoció.

Más sobre Ventana Interior

Leviatán

Leviatán

Por: Verónica Hernández Carapia
Monstruos que matan al “príncipe azul”

Leer
La dosis del corazón

La dosis del corazón

Por: Jacob González Garcés
Una dulce obsesión

Leer
Quieto

Quieto

Por: Evan Lozada
Cuando vivir es solo observarse

Leer
Violencias que llamamos paz

Violencias que llamamos paz

Por: Álvaro Pérez
Trincheras interiores y ventanas argumentativas

Leer
Plegaria en movimiento

Plegaria en movimiento

Por: Oscar Santiago Gutiérrez
Todos los días rezo por llegar a salvo a casa

Leer
La voz que no calla

La voz que no calla

Por: Ámbar Carreón Cruz
Resistencia, dignidad y humanidad del pueblo palestino

Leer

Deja tus comentarios sobre el artículo

Las que dejaron de rezar

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

one × one =