Esta ventana es para mirar dentro de nosotrxs a través del arte y la creatividad.
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ACNUDH/Vincent Tremeau

Anteanoche

Número 21 / ABRIL - JUNIO 2025

Mi hermano no desapareció, fue desaparecido

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Luis Fernando Soto Mena

Facultad de Filosofía y Letras

Anteanoche vino a buscarme a casa. Yo dormía en el sofá desgastado de la sala, inmerso en la profundidad de un dolor que no podría describir; por provenir de los adentros más oscuros de mi ser. Desperté; nuevamente estaba sentado a mis pies, no hizo ruido al entrar, no se sorprendió ni me dijo nada. Me levanté rápidamente y le conduje a la cocina para poner a trabajar la cafetera. No quería verme, tampoco quería hablarme; aún así seguía a mi lado, yo en cambio, no paraba de insistir con mis palabras.

El café estuvo listo a la una en punto de la madrugada. Lo serví con una cucharada de miel como le gustaba. Él no bebía, solo recorría los contornos de la taza con su dedo frío y azulado, lo miraba y sonreía. No quería mirarme. Yo sentía pena, vergüenza, miedo, culpa.

–¿Te ha dicho algo la policía?– rompió el silencio con una mirada seria. No respondí. La

impotencia llenaba mis venas.  –¡Te hablo, Cosme!– continuó fúrico. Me contuve, di un sorbo a mi taza y tomé su archivo, lo extendí y dije  –Aún nada, Damián. Nomás que no te encuentran–. Aguanté el ardor en el pecho mientras pellizcaba mi pierna por dentro del pantalón para no llorar. –¡Que no saben dónde puedes estar, ja!– culminé. Él, sin pena me dijo: –¡Ni siquiera yo sé en dónde estoy!–. Por fin bebió su taza de café, al bajarla me miró y me dijo –Ya, acepta que el sistema nos falló, Cosme. No puedo volver a casa–. No lo miré, ahora era yo quien lo ignoraba. Después de un silencio incómodo y prolongado, disparó su primer bala. –¿Ya me vas a dejar ir?– preguntaba. –No puedo, las cosas no son tan fáciles– volví a sorber mi café, ahora tibio. Se levantó, miró nuestro retrato en Chapultepec y se dirigió a su cuarto, intacto como el día en que se fué. Dentro de él todo seguía igual: sus letras, sus discos, sus cuadernos. Encontró la carta escrita de su puño, hallada en el último lugar en que lo vieron antes de su boletín policíaco. –¿Cómo llegó esto aquí?– preguntó confundido. –Me la entregaron después de lo que pasó en tus vacaciones en Guaymas, fue lo único que encontraron. Traía mi nombre– dije mientras buscaba la pared para no perder el piso con mi temblor corporal.

Seguía en su cuarto, ahí mismo estaba un artefacto de mi nuevo trabajo: una varilla de dos metros y medio que cargaba para calar la tierra. La observó. La tocó con sus manos temblorosas mientras lloraba. No podía ni mirarlo a los ojos, en su estampa veía mi luchar fallido. –Ya déjalo por la paz, sigue tu vida, Cosme. Ya no queda más que hablar– culminó y

salió de la habitación, tirando la varilla al suelo. 

Para mí fue como una pedrada al pecho. Yo estaba histérico. –¡Si queda!– dije mientras tomaba un cuchillo del cajón de cubiertos. Él se replegó a la pared, intentaba calmarme. -No te vas a ir otra vez, Damián. ¡No me haces la misma dos veces, así tenga que escarbar con los dientes, así tenga que abrir todo Sonora desde sus centros y llevarte al peritaje, lo voy a hacer!– grité desde el corazón; me ardía el alma y naturalmente, no podía renunciar tan fácil a mi rebelión tras tantos años preso de una jaula sin cerrojo.

Mientras lo amenazaba, Damián se abalanzó sobre mi mano y el cuchillo atravesó su estampa. Yo cerré los ojos y me tiré al piso a llorar. Lo había matado. Al abrir los ojos, nuevamente ya no estaba.

Pasó el día en soledad. Otro más abandonado a los fantasmas del recuerdo, de la culpa y la redención sin culmen. Pensaba “si tan solo lo hubiese acompañado como me pidió, aún estaríamos aquí los dos o al menos, ambos sabríamos dónde estamos”. No paraba de pensar en ello.

Ayer en la noche volvió, su visita fue fugaz. No hubo momento para detenerlo, los ansiolíticos y benzodiacepinas ya no surtían efecto en mi lastimera conciencia. Pronto supe su motivo: venía a despedirse para siempre.

–Ya no llores, Cosme. Fuiste un gran hermano–. Me abrazó, sentí su regazo frío y calcinado. Llorando no pude hacer más que excusarme para tratar de convencerlo de quedarse –Sólo tenías dieciocho años, Damián–. Empecé a balbucear a sus pies. Damián, compasivo, me miró triste y me dijo – Tú tenías veintidós y ahora tienes cuarenta y seis. Has vivido infeliz la mitad de tu vida. Ya no me busques más. Mejor, encuéntrame en el lago de Chapultepec, en nuestras comidas favoritas, en nuestras noches de películas que yo volveré cuando el sol salga al revés–. Rió por aquel humor ácido que tanto extraño de él y me acarició. No me dejó decirle nada más. Se giró y desapareció por la puerta principal, esta vez para siempre.

Al otro día tomé mi vara y mis escapularios, mi mochila negra, el paño azul que usaba Damián para ir a la universidad y mi pala tierrosa para buscarlo nuevamente entre el agua y los matorrales. Dejé intacta esa casa en México junto a aquella carta que me pidió abrir, sujeta al boletín de búsqueda de Damián, otro inocente que desaparece por equivocación, maldad, horror. Nunca es oportuno rendirse, yo sé que lo he de encontrar.

Finalmente, ¿a dónde van aquellos desaparecidos que no están ni aquí, ni allá? Esos por los que espera un abrazo pausado, un último cumpleaños, un sepelio donde llorar. Dejaron solo una carta sin abrir…

Mi hermano no desapareció, fue desaparecido. ¿Y yo?, yo viviré con el peso de no haberlo

encontrado en sus silencios.

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