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Foto de Willian Justen de Vasconcellos

Bendita carne

Número 21 / ABRIL - JUNIO 2025

Cada bocado tiene un precio

Picture of Dalila Vázquez González

Dalila Vázquez González

Colegio de Ciencias y Humanidades plantel Azcapotzalco

—¿Para qué quiero vivir más?, ¿para qué si lo único que he dado es lástima? Tal vez solo debería morir. Sin embargo, ni siquiera tengo el valor de arrancarme la vida, tan solo hago estas malditas líneas que recorren todo mi brazo, convirtiéndolo en un caudal de ríos rojos. Cómo quisiera que un día mi alma se despoje de mi cuerpo y morir de una vez. ¡Qué más quisiera que entre tantos ríos uno se convirtiera en mar!… Un mar frío con la fuerza suficiente para despojar a alguien de su aliento —decía Oliver mientras descolgaba la soga de su habitación.

—¿Para qué he de querer vivir si ya no tengo nada? —se repetía—. ¡Yo, que fui hecho para la grandeza!, y ahora soy menos que esta amargura que inunda la casa.

Y de pronto un ruido: “Carne al cuarenta por ciento”, se anunciaba por la radio. Maldita ironía. Detestaba la carne, pero si quería comer, tenía que resignarse. Maldijo lo asqueroso que era el mundo con él. Deseaba morir, escapar de la penumbra y de la soledad que arrastraba, o encontrar un propósito.

En medio de sus reflexiones se escuchó un zumbido apenas audible. Cogió su teléfono: un mensaje de un número desconocido.

—¿Quieres verme hoy?

La pregunta lo aturde, lo deja en un dilema.

—¿Debería responder?

Oliver se intriga, pero lo deja pasar. Tiene demasiado en qué pensar. Toma las llaves de su auto y empieza a dirigirse a la carnicería. Ese lugar le trae malos recuerdos, memorias de otros tiempos más amables que ahora parecían burlarse de su desgracia.

Siempre que va imagina, una y otra vez, los alaridos de los animales que ahora ve en las vitrinas. Al llegar, el aroma a sangre seca se apodera de sus fosas nasales, un olor tan desagradable como su vida. Se detiene en el umbral del negocio e intenta alejar su asco y repulsión. Con un temblor persistente gira la puerta. El silencio inunda el lugar, ahora solo puede escuchar a las moscas que revolotean sobre la carne cruda. Sabe que no tiene el valor de continuar, sin embargo, da un paso adelante.

Al llegar al mostrador, una mujer lo atiende.

—¿Qué deseas? —pregunta enseñando los dientes.

Oliver traga saliva al observar el brillo metálico de los cuchillos que adornan la pared.

—Quiero algo de carne —dice finalmente.

“Pobre incrédulo, si supiera de dónde viene esa carne”, piensa la vendedora.

—Aquí tienes.

Le acerca un paquete marrón. Él lo toma. Quiere abandonar de una vez el lugar y ofrece algo de dinero. La mujer se ríe.

—Esto no alcanza para nada, güero.

—Es lo último que me queda —dice avergonzado mientras la mujer lo mira con desprecio.

—Está bien, te daré la carne, pero recuerda: cada bocado tiene un precio.

—¿Qué tipo de precio?

La mujer se inclina hacia él y susurra con cuidado:

—Esta carne viene acompañada de muchas historias. Yo no solo vendo carne, vendo historias perdidas, a veces dulces y otras muchas amargas. Pero ya estoy muy vieja para conseguir nueva carne, busco ayuda, ¿te interesa?

Oliver piensa en la oferta. El miedo se apodera de él. Traga saliva y miles de imágenes desagradables invaden su mente. Finalmente acepta; su respiración se entrecorta.

—Este trabajo es muy especial, güero. No se acepta a cualquiera y no cualquiera entra aquí, pero te daré un espacio debido a tu condición.

Él se estremece y se marcha tan rápido como puede. Pasa la noche en vela, incapaz de dormir. Observa su teléfono, mira la hora, desea un mensaje, apenas un ruido que lo haga perderse. Nada. No recibe nada. Piensa en la conversación de la mañana, en el producto. De pronto, la curiosidad se apodera de él.

Se levanta y se dirige cautelosamente a la cocina. Intenta no hacer ruido, a pesar de que ya no corre el riesgo de despertar a nadie. Toma un puñado de carne y observa cómo gotea. Gota tras gota siente que su propia vida se le va de las manos. Repudia esa situación, le da asco, se siente avergonzado de que Dios lo descubra en un acto tan bochornoso. Pero el hambre le gana. Desea pecar. Su necesidad lo inunda.

La sartén chilla y la carne entra. Consume el primer bocado.

¡Bendita existencia que lo hizo probar esa carne!

Necesita más. Su mente se nubla y corre hacia la carnicería. Ve a la encargada del lugar, aquella señora fría que lo atendió esa mañana.

—¡Veo que ya conoces mi precio! —le dice acercándose tentadoramente.

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