En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
Crédito: Edman Israel Hernández Sánchez | FES Acatlán

Ya me voy a Chalma

Número 18 / JULIO - SEPTIEMBRE 2025

Un peregrinaje lleno de preguntas, milagros y experiencias sobrenaturales

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Máximo Arturo Cortés Coria

Facultad de Estudios Superiores (FES) Aragón

Un día, cuando era niño, escuché a mi hermano hablar del purgatorio: no es el infierno, ni es el cielo, es un lugar donde los muertos esperan a que Dios los deje entrar a su santa casa y la Virgen María rece por ellos. Al oír esto imaginé la experiencia de purificarse como si fuera una cárcel, los difuntos como presos, ángeles fungiendo de guardias y la Guadalupana siendo la madre que llora con desconsuelo mientras berrea: “¿Por qué pecaste, hijo mío?”.

En La Divina Comedia, el poeta Dante Alighieri representa el lugar de la purga de los pecados como una montaña en las antípodas de Jerusalén. Una isla con playa que alberga la salvación del hombre para su próxima ida, primero, al edén terrenal, y después, al paraíso. Una construcción de penas que, aunque dolientes, llevan al muro de fuego de la espiral lujuriosa, el final de las culpas. Darle diferentes connotaciones al purgatorio me hace pensar que en algún momento tú, que me lees, has tenido experiencias que te llevaron a la liberación personal de tus problemas. La mía es anual y empezó hace tres años.

Recordé, entonces, las extensas caminatas a la iglesia de Chalma, ubicada en el Estado de México. En el hipocampo de mi cerebro yace el recuerdo de ver llegar a mi papá y a mi padrino, cansadísimos, a la casa de mi abuelita. En seguida platicaban lo que era recorrer del Ajusco hasta más allá del Ahuehuete. No le di importancia hasta que en 2022 me lancé a la misma aventura. En ese entonces, la justificación de la peregrinación familiar fue para pedir por el eterno descanso de mi abuela Margarita, muerta recientemente. De manera personal, mi hermano y yo íbamos a pedirle al Señor de Chalma que la situación laboral de mi padre mejorase.

La caminata consiste en lo siguiente: empieza el sábado previo al Domingo de Ramos. Al llegar al Ajusco, de madrugada, se continúa por tres cerros para después bajar a la carretera. Se descansa la noche en Santa Ana, Ocuilan, y al día siguiente por fin los pies tocan la explanada de la iglesia. A lo largo de estos tres años, y cuatro caminatas, me han sucedido cosas muy raras. Una vez creí leer un cartel que decía “ruta maldita”, en realidad decía “ratero maldito”, para justo después perdernos, mi familia y yo, del camino durante tres horas. En otra ocasión, en la bajada al Ahuehuete, vi a una niña con absoluta claridad, y lo sostengo, no tenía nada que hacer ahí, eran las cuatro treinta de la madrugada. También una serpiente apareció de la nada y la impresión nos confundió e hizo dar una vuelta innecesaria por otra ronda para llegar a la carretera, tal vez el reptil era Satanás. 

De manera paralela observé problemas que atienden a una profunda problemática social como lo son las desapariciones y la tala ilegal. Para esto, pongo de evidencia la crónica de Santiago Reyes, “La otra peregrinación a Chalma: caminar los pasos de un desaparecido”, publicada en el sitio web Pie de Página. En ella se narra cómo Rodrigo Ricardo Rico Fernández desapareció en septiembre de 2019 tras una peregrinación por la fiesta de San Miguel Arcángel. “Nosotros tenemos la sospecha de que algo le pasó. Ahí arriba están los talamontes, hemos escuchado mucho que los talamontes pues sí han secuestrado gente y la han desaparecido. Pero a ciencia cierta no sabemos qué es lo que haya pasado con él. Hasta la fecha, cuando nos encontramos con los talamontes en la ruta, nunca nos han dicho nada ni nos han impedido el paso.” El problema radica en que la ayuda por parte de las autoridades y de la Comisión de Búsqueda de Personas de la Ciudad de México llegó casi cuatro años después de que Rodrigo desapareciera. En 2025, y como testimonio de la última peregrinación que realicé en abril, aún siguen pegadas por el camino las mantas con su ficha de búsqueda.

Sobre la puerta principal de la iglesia se alcanza a leer: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os aliviaré” (Mateo 11:28). La región de Chalma pertenece al municipio de Malinalco, en los límites del Estado de México con Morelos y Guerrero. En 2020, de acuerdo con datos de la Secretaría de Economía, se registró una población de 28 mil 155 habitantes, de los cuales solo 85 indicaron hablar una lengua indígena, principalmente el náhuatl. Sin embargo, son miles los peregrinos que anualmente llegan al santuario por una devoción que la iglesia católica se apropió. El significado del nombre de la zona, citado en la publicación de Alejandra González Leyva, Chalma: Una devoción agustina, se refiere a “lugar de sacrificadores”. El mismo libro relata que las cuevas que caracterizan a Chalma fueron importantes centros de rituales paganos, a donde llegaron peregrinaciones de todas partes de Mesoamérica. El culto de los indígenas de Malinalco y Ocuilan era dirigido a los dioses Oztoteotl (“dios de las cuevas”), que era asociado al pecado y al perdón,  y Tepeyolltl (“corazón de los montes”), dios de la tierra.

En el siglo XVI la orden agustina llegó a Malinalco y Ocuilan en misiones de evangelización. Según se cuenta, el 29 de septiembre de 1539 apareció Cristo en la cueva donde se realizaban sacrificios para Oztoteotl. Los testigos del milagro fueron los frailes Nicolás de Perea y Sebastián de Tolentino. Sea cierta la aparición o no, queda al descubierto que existió alguna persuasión por parte de los frailes católicos hacia la comunidad indígena que, después de cierto tiempo, dejaron el paganismo por la cruz.

Entonces, ¿por qué seguir creyendo? Claro que, en esencia, la religión es una episteme cuyo poder tiene sede en Roma y es de alcance mundial. Cuestionarse la credibilidad de la iglesia, que es lo necesario para cambiar toda esa estructura, es análogo a una montaña rusa. Se puede matar a Dios y después resucitarlo. Empero, los peregrinos de Chalma buscan satisfacer diversas dimensiones humanas, lo sé, soy uno de ellos. La física, que se refleja en el esfuerzo de las pisadas que marcan la tierra; la psicológica, en la capacidad de fortalecer las motivaciones, similar a alcanzar la cima del Cerro de las Cruces; la social, al reconectar con la familia; la emocional, cuando la inmensidad de Agua de Cadena te lleva a la melancolía; la espiritual, en la oración que mueve todo el viaje, y que a mí me permitió escribir este texto. Al final, Jesucristo en su forma más humana dijo: “No juzguen a otros, para que Dios no los juzgue a ustedes”.

 

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