Somos lo que amamos
Por: Naomi Urbina Chávez
El amor jamás se acaba en nosotros
Facultad de Artes y Diseño
Facultad de Artes y Diseño
El himno nacional mexicano promete que la paz cubrirá la tierra con su olivo, pero aquí los campos crecen bajo el ruido de las armas. La paz no llega en ramo, llega en exigencia, llega en las manos de quienes no se cansan de señalar la herida. La patria deberá aprender que no puede ofrecer cobijo cuando oculta la tormenta bajo discursos vacíos.
Hablar de la violencia en México es nombrar un país que parece vivir con el corazón en sobresalto. Es reconocer que, bajo el ruido cotidiano, late un silencio pesado, un silencio lleno de ausencias, de nombres que ya no responden, de caminos que dejaron de ser seguros. La población es obligada a sobrevivir entre la violencia y el silencio, termina normalizando situaciones que deberían ser impensables, se ha aprendido a callar para evitar represalias y tener una vida supuestamente tranquila. Este tipo de violencia silenciosa no aparece en estadísticas, pero condiciona la vida diaria tanto como los crímenes que sí se contabilizan.
Las cifras dicen que son 127, 478 desapariciones. 1,716 homicidios dolosos, con una tasa de 48 homicidios por cada 100 mil habitantes y una supuesta disminución del 34.9% pero los números no lloran; quienes lloran son las familias. Los números no tiemblan cuando cae la noche; quienes tiemblan son quienes saben que no basta con cerrar la puerta. Los números no salen a buscar fosas con sus propias manos; quienes salen son madres que llevan años aprendiendo a ser arqueólogas del dolor. La violencia no son cifras: son sillas vacías que nadie se atreve a guardar ni a señalar como se debería.
México carga con otra herida igual de profunda: la de la invisibilización. Como si decir menos fuera sentir menos. Como si el silencio institucional pudiera proteger más que la verdad. Gobiernos que celebran reducciones parciales, discursos que maquillan tragedias, autoridades que prefieren mirar hacia otro lado para no admitir su incapacidad o su complicidad, México no solo es un país herido: es un país al que demasiadas veces se le pide que no haga ruido. Visibilizar la violencia no es una estrategia mediática, sino un acto de justicia. Significa escuchar a las comunidades, documentar lo que ocurre, exigir responsabilidad y rechazar la normalización del horror. Solo reconociendo lo que sucede, sin maquillarlo ni reducirlo a estadísticas convenientes, México podrá aspirar a reconstruir su tejido social y avanzar hacia una paz que no sea un eslogan, sino una realidad tangible para quienes la han añorado por demasiado tiempo
El miedo no se apaga porque lo oculten. México ha tenido que normalizar vivir caminando con los hombros tensos, familias que se quedan con un hueco en la mesa, niños que crecieron sabiendo qué calles no se cruzan o siendo parte de la violencia, pueblos que aprendieron a negociar su propia supervivencia y todo porque el Estado nunca llegó, y aún así, el pueblo mexicano resiste. Resiste en los gritos que rompen el aire en las marchas, en los altares improvisados, en las fotos que no se dejan caer, en las manos llenas de tierra de quienes buscan lo que el gobierno no busca, resiste en cada persona que se niega a olvidar, resiste porque olvidar sería morir un poco más.
Mexicanos, al grito del silencio, porque el grito ya no alcanza, porque la patria se ha vuelto un eco roto y nadie escucha, porque mientras el himno pide valor, las calles piden sobrevivir. En esta tierra donde el clarín ya no llama a la unidad, sino al miedo, resistir es la única forma de honrar lo que aún queda vivo.
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2 Responses
Un tema que te hace reflexionar sobre la situación real, que se vive desafortunadamente a lo largo y ancho de nuestro país; sin que nadie haga algo, seguimos al grito del silencio, muy buen artículo.
Es cierto, me ha gustado tu texto y la (re)lectura que haces del himno nacional. Me parece que nuestro himno es cifra de todo nuestro dolor, en otra estrofa se canta que los hijos de la patria mexicana tendrán un sepulcro en su honor. Lamentable pensar en todos esos ecos que llenan nuestro territorio y nuestras historias, todos esos desgarramientos vitales de la desaparición y la violencia de este país. Ante todo, el poeta Ricardo López Méndez nos dice desde su dolor que cree en México, “México, creo en ti, / Porque escribes tu nombre con la X / Que algo tiene de cruz y de calvario”.