En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
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Entre un lápiz y un bulto de cemento, pesa más la desigualdad

Número 20 / ENERO - MARZO 2026

La desigualdad no nace de cuestiones personales

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Elizabeth Pérez

Facultad de Estudios Superiores (FES) Acatlán

Nadie elige la casa donde nace, los libros que encuentra —o no encuentra— en sus estantes, la escuela que le toca, ni el ingreso que sostiene a su familia, y sin embargo en México esas circunstancias iniciales deciden casi todo. Deciden si un niño llegará a la universidad o si abandonará la secundaria para trabajar. En 2022, PISA reportó que el 31 % de las escuelas secundarias en México no cuentan con una plantilla docente suficiente. Deciden si una joven podrá estudiar sin miedo a no tener para el transporte o si deberá dejar los sueños para después; si un adulto vivirá con dignidad o apenas sobrevivirá. 

Por eso la desigualdad no es un pecado individual, ni fruto de falta de mérito: es una estructura completa que reparte ventajas y desventajas antes de que cualquiera pueda siquiera esforzarse. Es un sistema que premia a quienes comienzan arriba y castiga a quienes nacen abajo, sin evaluar talento, disciplina o deseos. La desigualdad educativa —y la pobreza que reproduce— no surgen de decisiones personales, sino de condiciones históricas, económicas y sociales que moldean las oportunidades disponibles. En México, donde casi uno de cada cinco habitantes vive con rezago educativo según cifras del INEGI, culpar al individuo es ignorar la maquinaria que produce las brechas desde el momento mismo del nacimiento.

Para quienes nacieron en hogares con recursos, padres con niveles educativos universitarios, libros en casa, la posibilidad de enfocarse en estudiar sin preocuparse por cubrir necesidades básicas la educación puede ser una escalera. Pero para millones de niñas, niños y jóvenes en hogares pobres, en zonas rurales, marginadas o indígenas, la educación se convierte muchas veces en una trampa: apenas la secundaria, cuando acaso. Y la universidad —ese ideal de ascenso social— queda fuera de alcance.

No basta con medir cuántos están matriculados; importa cómo se educa, con qué calidad, con qué apoyo, con qué posibilidades reales.

Los datos recientes confirman que la desigualdad educativa persiste con crudeza. En 2024, entre quienes pertenecen a comunidades indígenas, el rezago educativo afecta a un porcentaje mucho mayor que la media nacional.  Además, la carencia educativa (y por tanto la falta de movilidad social real) tiene rostro diferencial: más mujeres, más población indígena, más jóvenes en zonas vulnerables, más quienes dependen del ingreso familiar inmediato.  

Y sin embargo, aun cuando una política social imagine que distribuir becas o aumentar matrícula va a romper esa barrera —aun cuando el discurso oficial hable de igualdad de oportunidades— el sistema reproduce desigualdades. ¿Por qué? Porque educar no es sólo meter gente en aulas: se necesita infraestructura, maestros capacitados, libros, recursos, seguimiento, contexto socioeconómico mínimamente estable, y sobre todo una visión de educación como derecho, no privilegio.

De ahí que el mito de la meritocracia —ese cuento de que quien estudia, se esfuerza y merece, sale adelante— sea poco realista. Porque no todos parten del mismo lugar. Porque no todos cargan con las mismas cartas. Porque en México, la “herencia social” pesa tanto —o más— que el esfuerzo individual. Y la suerte, ese factor impredecible, inclina con demasiada frecuencia la balanza hacia quienes ya tienen ventajas.

Decir “mérito” como si fuera una propiedad individual, aislada de contexto, es ignorar las miles de historias que el rezago educativo retrata: niñas que abandonan la secundaria porque sus familias no pueden pagar transporte o útiles; jóvenes que dejan la preparatoria porque deben trabajar; poblaciones indígenas condenadas a repetir generaciones de analfabetismo; familias urbanas empobrecidas que apenas cubren lo mínimo, y aún así la educación de calidad sigue siendo inaccesible.

La desigualdad educativa es, en esencia, una máquina que reproduce pobreza. No importa cuántos entremos al sistema escolar, importa cuántos lo transiten con éxito, cuántos salgan preparados, cuántos logren transformar su vida. Y en muchas regiones de México, esa máquina está rota.

Si queremos creer en la justicia social, no basta con estadísticas pintadas de progreso. Hay que mirar bajo la superficie. Hay que medir no sólo años de escolaridad, sino calidad, oportunidades reales, contexto familiar y social. Hay que reconocer que la distribución del ingreso no obedece únicamente al talento o al esfuerzo individual, sino a estructuras profundas de desigualdad, de herencia social, de discriminación, de falta de inversión.

La herida más profunda de la educación en México no es la falta de reformas ni los cambios constantes en leyes que pocas veces llegan al aula. La verdadera grieta está en la calidad de lo que reciben los estudiantes cada día: en los programas que no dialogan con su realidad, en las escuelas que se caen a pedazos, en los maestros que faltan y que nadie reemplaza, en la sensación de que el Estado ofrece menos de lo que promete. Y lo más doloroso es que estas carencias casi nunca son atendidas. Podemos cambiar estructuras, nombres, cargos, organigramas… pero nada de eso transforma la vida de un niño que aprende en un salón sin maestros suficientes o sin materiales básicos. México no necesita otra reforma fría y burocrática: necesita una sacudida profunda, un nuevo modo de entender la educación desde su corazón, desde lo que realmente toca la vida de quienes estudian. Ese cambio, ese giro hacia la calidad y la dignidad, urge. Y urge ahora.

Porque cada porcentaje representa una vida; un sueño truncado, una promesa incumplida, una esperanza que nunca arrancó. Y mientras no transforme eso, seguiremos reproduciendo la pobreza más que superándola.

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