En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
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La paz está en una prenda

Número 20 / ENERO - MARZO 2026

La deshumanización inicia en nuestro teclado

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Airam Yarim Pérez Arias

Facultad de Estudios Superiores (FES) Acatlán

Del estilo propio y la violencia digital

 

¿Qué tan alejada está una burla de un genocidio? Mucho. Sin embargo, tampoco están aislados uno del otro. Tal pregunta me llegó de la manera más inesperada: cuando leía los comentarios que mis compañeras de universidad hacían sobre mi manera de vestir. 

 

La moda, para mí, siempre ha sido algo más que sólo ropa: es un escape y la forma en la que me expreso. Soy yo y es mi resistencia. Cada vez que señalaban mi ropa en realidad sé que les incomodaba algo mucho más profundo.

 

Al inicio llegó como un comentario incómodo: “¿Es un buen outfit o solo es delgada?”, traté de entenderlo, soy bastante hegemónica. Nunca se me ha tachado de vulgar por usar escote, ni de provocativa por usar jeans ajustados, no tengo ese tipo de luchas que otras mujeres sí. Pero aquello no justifica que hablen de mi complexión para demeritar otra parte de mí. 

 

Otras críticas llegaron y terminaron por hacerme sentir muy insegura respecto a la identidad que durante tanto tiempo había sido sagrada para mí. Entonces, me recriminé por permitirme sentir mal por las opiniones negativas de desconocidas; me castigué y me odié por dejarme afectar así. Hoy me atrevo a seguir experimentandolo. Sobre todo, me atrevo a nombrarlo como lo que es: violencia digital. 

 

Es muy fácil esconderse detrás de una pantalla para comentar desde el odio. Da lo mismo si el blanco es la ropa de alguien que te cae mal, o si es una niña en Palestina, el elemento central está en ambas situaciones. La deshumanización inicia en nuestro teclado.

 

La moda: Ropa que sustenta injusticias y agresiones 

 

El fast fashion o moda rápida, es un sistema de producción y consumo de moda acelerado, masificado y de bajo costo, que lanza tendencias constantemente y promueve prácticas de consumo insostenibles. Aunque es un concepto desconocido para muchas personas, todas interactuamos con él en nuestro día a día. La ropa que usamos es el resultado de cadenas globales de producción sustentadas en la injusticia y en la violencia. 

 

Un ejemplo de ello es Inditex, uno de los principales conglomerados de fast fashion a nivel global, que mantiene operaciones comerciales con Israel pese a las tensiones existentes y a las denuncias internacionales por violaciones de  derechos humanos. Algunos personajes vinculados a la empresa tienen cercanía con actores políticos israelíes de extrema derecha y normalizan discursos que deshumanizan al pueblo palestino.

 

Durante años yo también formé parte de ese sistema sin cuestionarlo, pero vestir desde la complicidad se volvió incómodo para mí. Fue entonces, cuando elegir la ropa que ponerme dejó de ser una elección estética y se convirtió en mi manera de hacer frente a la desigualdad para demostrar que no necesitas destruir el planeta y enriquecer empresas cómplices de un genocidio para verte bien. 

 

Mis prendas son conciencia y mensaje, es accesibilidad y la prueba de que la moda no es solo para quien puede comprar ropa de diseñador. La moda significativa empieza con quién encuentra resistencia en una pila en la paca.

 

Vestir calladas: El impulso que lleva al odio 

 

La moda no es solo ropa, quien piense lo contrario está equivocado. Es un fenómeno social, es cultura y pertenencia. Aquellas que me juzgaban, no les extrañaban mis conjuntos, les incomodaba no verme como el mundo espera vestirnos, les fastidiaba que prefiriera encontrar mi voz cuando se nos enseña a estar calladas. Vestirnos calladas, sin expresar nada. 

 

Es ahí cuando el genocidio y la ropa se encuentran. El odio comienza con la otredad, con creer que el otro es ridículo porque es diferente. Ahí comienza también la tendencia de ridiculizar y deshumanizar. 

Lo que yo viví fue doloroso, humillante y sofocante. Sin embargo, no se compara con las agresiones y la angustia que aquejan a las miles de personas víctimas de genocidio, represión y violencia política. 

 

La violencia digital es apenas una de las miles de micro violencias que miles de jóvenes, mujeres y niñas viven día con día, que aunque sean mínimas comparadas con lo que se vive en Sudán, República Democrática del Congo, Palestina, República Árabe Saharaui, Ucrania, Nagorno-Karabakh, Etiopía, Nigeria, Afganistán, y otros lugares; reflejan algo mucho más grande. 

 

No es la misma brutalidad, pero sí el mismo impulso. Uno que llevado al extremo, permite que se masacren ciudades, se repriman infancias, se ofendan mujeres, se silencien culturas enteras y se normalice la violencia contra otros. Solo cambia la escala.

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