Entre un lápiz y un bulto de cemento, pesa más la desigualdad
Por: Elizabeth Pérez
La desigualdad no nace de cuestiones personales
acultad de Ciencias Políticas y Sociales
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Alicia sencillamente no tenía fe. Creía que esa ausencia era consecuencia de la muerte de sus padres de la pandemia de COVID-19. En ese entonces, rezó a santos y dioses para que se recuperaran. Ofreció flores, veladoras, rosarios y misas. Hizo todo lo que le recomendaron para pedir un milagro.
Una noche incluso se escribió unos números en las manos. Le dijeron que eran códigos para invocar ángeles. Alguna amiga le aseguró que servían, que repitiera los números y las palabras en cierto orden; Alicia lo hizo, pero no hubo algún cambio.
También probó lo de las horas espejo, por sugerencia de su hija, quien se considera muy espiritual. Hizo afirmaciones para el universo. Se besó las muñecas durante dos semanas seguidas, esperando que algo cambiara. Pero el final fue el mismo. Nada mejoró. El milagro no llegó y sus padres murieron.
Ella lo intentó todo. Con convicción, con llanto, con súplicas. Nunca exigió. Solo pidió misericordia. Porque de verdad los necesitaba. Porque no quería que se fueran. Porque deseaba un milagro, como en las películas. Que los doctores se equivocaran, que el diagnóstico desapareciera. Que algún Dios, algún poder, algún universo bondadoso la escuchara.
Pero no fue así.
No importó cuánto rezara, cuánto llorara, cuánto suplicara. No fue escuchada.
Con los años Alicia se fue alejando de esos Dioses. Aunque cuando le preguntan qué religión profesa, responde que es católica. Se reserva. Porque siente que si vuelve a pedir, algo malo pasará.
Ella sabe que su miedo suena irracional, pero es real. Mientras muchos se acercan a Dios cuando las cosas van mal, a ella le pasa lo contrario. Si tiene algún problema, evita siquiera pensar: “Cuídame, señor” o “Protégeme mi Dios”. Si esas palabras llegan a su mente las cancela inmediatamente. Cree que si las pronuncia, ocurrirá una tragedia. Piensa que algo se romperá, que será asaltada, que habrá algún accidente. La última vez que pidió ayuda divina por un conflicto laboral acabó humillada y señalada. Su jefa la desacreditó públicamente y por coincidencia o destino también enfermó. Desde entonces algunos la tacharon de bruja. Tres meses duró el calvario.
Así que digamos que Alicia le tomó cierta fobia a Dios. Para ella, no es que no exista: es que no le cae bien.
A veces se pregunta si Dios es como los políticos. Si también tiene a sus “elegidos”: gente a la que todo le sale bien, que son agraciados, inteligentes, afortunados. Personas que parecen no sufrir para alcanzar lo que quieren.
¿Qué se necesita para estar en esa lista? Porque le queda claro que ser una buena persona no es suficiente. Ella lo ha hecho toda su vida: cuidó a sus padres hasta el final, ha sido una amiga leal, hermana presente. Siempre ayuda a los demás y está esforzándose para dejar un granito aunque sea mínimo para ayudar a su comunidad.
Le han dicho que lo que le falta es fe, que no se trata de exigir, sino de pedir con humildad. Pero ella ha pedido con cautela y no ha funcionado.
También le han dicho que hay que ser una buena cristiana. Y lo ha intentado. No eligió ser católica, pero la educaron así. Fue a misa todos los domingos. Puede recitar las letanías, los misterios del rosario de memoria, el credo en todas sus versiones y alabanzas desde el fondo de su corazón, pero tampoco eso ha bastado.
Entonces, ¿qué es lo que quiere Dios?
Esta pregunta la ha roto por dentro y no comprende por qué muchas veces los elegidos son los que maltratan, humillan, dañan… y aún así les sonríe la suerte. Es ahí cuando piensa que este ser celestial es todo menos justo.
Su madre solía decir que todos tendrán que pagar, que tarde o temprano llega la justicia divina. Pero Alicia ya se cansó de esperar.
Ahora le tiene miedo a Dios.
Aún reza por sus padres, porque sabe que ellos sí tenían fe. Porque incluso al borde de la muerte, nunca dejaron de creer. También pide por el mundo, por los pobres, por las personas desaparecidas, por el fin de las guerras.
Pero por ella no pide nada, nunca nada. Tiene miedo de que un nuevo castigo divino caiga sobre ella y que este infortunio dure meses o años. Huye de las iglesias, no se persigna y aunque en su casa hay santos heredados de sus padres, ya no les habla.
Esta teofobia, sin embargo, no ha sido del todo mala. Porque como Alicia siente que nunca le caerá bien a Dios, ha decidido no esperar nada de Él y eso la ha hecho fuerte
No pide ayuda para pasar un examen, mejor estudia; aunque eso signifique no dormir en toda la noche. No ruega que sus proyectos sean aprobados; mejor investiga y trabaja hasta el mínimo detalle. No pide dinero, mejor mantiene su beca a base de esfuerzo y buenas calificaciones. Ya no pide que la alejen de los enemigos, mejor ella sola se distancia de la gente que le ha causado daño. No se defiende con rezos, sino con trabajo. No busca brillar por compasión, sino por mérito.
Las deudas y la economía aún no mejoran. Pero ella trabaja todos los días. Estudia, toma diplomados, hace ponencias, hace cursos. Se está construyendo un mejor camino para ella y para su hija.
Tal vez no le cae bien a Dios. Tal vez no es una de sus elegidas. Tal vez perdió la fe en este ser celestial. Pero encontró otro tipo de fe: la fe en sí misma. Una fe igual de valiosa, igual de real, igual de poderosa.
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Una respuesta
Excelente reflexión, muchos hemos perdido la fé en ese “mentado” ser celestial y al igual que Alicia enfocamos nuestros esfuerzos en el crecimiento personal. Aplauso grande.