De aquí soy
Por: María Rojas Gregorio
Hacer comunidad también en la Universidad
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
A los 42 años, mientras perdía el tiempo mirando mi Facebook, me encontré con una foto que llamó mi atención. Era nuestra actual presidenta; en ese entonces, Jefa de Gobierno de la Ciudad de México. En el post mencionaba con orgullo: “Les quiero compartir un recuerdo, calculo que tendría como 50 años en esta foto”.
No, no piensen mal, no vengo a hablar de política ni de su desempeño, sino de lo que esa imagen provocó en mí.
Ahí, con el celular en la mano, recordé un deseo que había olvidado hace muchos años: estudiar Ciencias Políticas en la UNAM. En algún momento fue algo que me ilusionaba, pero a veces la vida no trabaja en la misma sintonía de nuestros planes.
Para empezar, mi familia pensó que no era una buena carrera. Luego vinieron los problemas económicos, que me obligaron a trabajar desde muy joven. Me casé, llegó la maternidad, un empleo nuevo… y ese anhelo se fue a la caja del olvido.
Pero al ver esa foto, algo cambió en mí. No era nostalgia; era la sensación de un sueño frustrado. Y me pregunté: ¿será que aún puedo?
Esa pregunta me acompañó durante muchos meses. No podía sacarla de la cabeza: ¿y si lo intento? Pero enseguida venían otras voces a mi mente: ¿Y si no quedo? ¿Qué ejemplo le daré a mi hija si repruebo el examen? ¿Tendré tiempo con el trabajo? ¿Y si ya no recuerdo nada de la prepa?
No les mentiré, mi cabeza era un caos. Pero no era lo único que estaba en crisis. Después de la pandemia, no lograba estabilizarme: las deudas, la pérdida de mi hermano y de mis padres, un sueldo que no aumentaba y la necesidad de darle una vida mejor a mi hija… todo eso me empujó. Me dije: lo peor que puede pasar es no entrar. Y si no entro, siempre hay una nueva oportunidad.
Decidí que, por las condiciones que atravesaba en ese momento el SUAyED (Sistema Universidad Abierta y Educación a Distancia), era la mejor opción. Me permitiría organizar mis horarios sin dejar de lado mis obligaciones. Así que, ¿por qué no? Me registré para hacer el examen.
Me encantaría decirles que fue un proceso sencillo, que con el aire de Rosa de Guadalupe lo conseguí. Pero no fue así.
Tuve que estudiar durante ocho meses seguidos, con un curso de cuatro horas cada sábado. Aprovechaba los trayectos al trabajo para estudiar los temas, escuchar podcasts y ver videos de YouTube. A eso se sumaban las tareas, el trabajo y mis responsabilidades como mamá. Renuncié a fiestas familiares y vacaciones (de hecho, todavía lo sigo haciendo). Pero al final, valió la pena.
Cuando dieron los resultados, los revisé tres veces para asegurarme de que ese era mi nombre. Y sí, lo había conseguido. A mis 42 años, logré entrar a la mejor casa de estudios del país, porque para mí eso es la UNAM.
Es imposible describir la sensación: lloré, grité como colegiala. Porque no importa la edad que tengas, se vale soñar y empezar de nuevo.
¿Y saben qué? No estaba equivocada; aquí he encontrado a mi manada.
Quizás no lo había mencionado antes, pero me considero con orgullo parte de la comunidad afromexicana. Mis padres eran de Tamiahua, Veracruz, un lugar donde se come delicioso. Si alguna vez lo visitan, al ir por carretera verán un letrero enorme en la entrada que dice: “La capital del marisco”.
Ese solo es un pedacito de las cosas maravillosas que tiene: sus playas, sus tradiciones, pero sobre todo su gente. Gente hospitalaria, alegre, que ama bailar, contar historias y hablar mucho (creo que ya se habrán dado cuenta: a mí tampoco me para la boca).
Pero reconocerme como afromexicana no fue inmediato. Durante mucho tiempo sentí que no pertenecía a ningún lado. En Tamiahua aún no existía este concepto, y aunque el color de piel prevalecía en mi comunidad, muchas veces era motivo de burla. Crecí escuchando frases como: “No te asolees tanto” o “Péinate ese cabello, pareces mulata”. En ese momento me parecían cosas sin importancia, pero con el tiempo entendí que era negar lo que somos.
A diferencia de muchos compañeros afromexicanos, a mí no me enseñaron a amar mis raíces, mi cabello, mi color de piel, mi nariz chata. Ser como yo, en la ciudad, era motivo de bromas. Aprendí a pasar desapercibida para que no me señalaran. Pero uno no puede pasarse toda la vida escondiéndose.
Reconocerme fue un acto de desobediencia, pero también de amor propio. Fue decir en voz alta: sí, soy afromexicana, y no es una vergüenza. Nombrarme fue liberarme. Estudiar Ciencias Políticas es también una forma de comprender cómo ese silencio se construyó desde el poder, desde los libros que no nos mencionan y las políticas públicas que no nos miran.
Hoy, cada vez que digo de dónde soy, lo hago con orgullo. Porque antes de estudiar, tuve que aprender a reconocerme; y antes de soñar con cambiar las cosas, tuve que aceptar y amar mi raíz, mi herencia, mi comunidad y mi familia.
Esa familia también la he encontrado en la UNAM. Aquí han valorado todo el esfuerzo y el tiempo que he sacrificado gracias a una beca del PUIC (Programa Universitario de Estudios de la Diversidad Cultural y la Interculturalidad). En este programa, los incentivos no son un premio: son un reflejo de tu constancia, de tus ganas de ser mejor, de salir adelante y de ayudar a los tuyos.
Pero sobre todo, es un lugar donde existes, donde no tienes que luchar por ser vista, donde puedes platicar y convivir con personas de otras comunidades que, como yo, están deseosas de hablar de sus raíces, de mantener vivas sus lenguas y tradiciones, y, sobre todo, con derecho a luchar y a defender los sueños.
Sí, sueños. Muchas veces pareciera que la edad es un límite, el color, el género y hasta la misma familia que sigue la línea establecida. ¿Cuántas veces hemos escuchado frases como: “a su edad, y todavía queriendo estudiar”, “con ese color de piel no llegarás muy lejos”, “mujer, negra, madre y estudiante… ¿no se puede todo?”, “indígena y quieres entrar a la universidad? Mejor busca otra cosa”
No acabaría de contarles las veces que mis compañeres y yo hemos escuchado comentarios como esos.
Pero, a pesar de todo, estamos acostumbrados a luchar. Y aunque a veces parezca poco, estamos deseosos de hacer un cambio en la sociedad y en las comunidades de las que tan orgullosos nos sentimos.
El PUIC nos ha unido como una gran red de apoyo, donde no importa si eres afromexicano o indígena. Somos los pueblos que siguen luchando. Los que nunca dejarán de soñar por un país mejor.
Mi meta, por supuesto, es llegar al doctorado, pero no por ambición, sino como un instrumento para contar aquellas historias que han sido invisibilizadas, para ser la voz de quienes ya no pudieron gritar, de quienes no regresaron, de los que han sido torturados e invisibilizados.
Quiero ser la voz de quienes han sido discriminados por su color de piel, por sus raíces o por hablar una lengua originaria. De quienes han sido obstaculizados para subir de puesto o conseguir un empleo; de los que no pueden caminar con libertad porque su sola presencia molesta o incomoda. De aquellos que, al entrar a una tienda, sienten la necesidad de justificar que no van a robar.
Algunos dirán que exagero y que hablo de un país que ya no existe, de un pasado superado. Desgraciadamente, la situación para pueblos originarios y afromexicanos todavía deja mucho que desear. Sí, hay quienes aún se ponen una venda en los ojos y nos argumentan que ya existen leyes que nos protegen, que hay partidas presupuestales para nuestras comunidades, que la pobreza ha disminuido… pero el progreso no ha sido para todos.
Así que, si ya llegaste hasta aquí y no te has cansado de leer, déjame decirte que no hay edad para dejar de soñar. No importa si tienes 12, 20, 30, 40, 50 o más; tampoco importa el color de tu piel, ni si perteneces a alguna comunidad indígena. No estás roto, aunque no te vean.
No permitas que nadie calle tus sueños. Y si esa voz en tu cabeza ya te susurró que estás hecho para algo grande; hazle caso.
Yo sé que todavía sueñas, y créeme: esa es la mejor forma de lucha.
Por: María Alicia González Rodríguez
Mamá, afrodescendiente y estudiante universitaria
Por: Jorge Ivan Peña Rodríguez
De Santiago de Anaya a Ciudad Universitaria