El Puente de la Concordia
Por: Aram Rangel Alcantara e Isael Guillermo García Macedo
Crónica de una Tragedia Anunciada
Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH)
Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH)
Desde que era pequeño, la religión me ha causado un miedo profundo. No es un rechazo a sus creencias ni una crítica a la fe de las personas, sino más bien un terror muy particular que nace de lo visual, lo simbólico y lo desconocido. Hay algo en las imágenes religiosas, en los templos oscuros, en los cuadros de santos sangrantes y mártires con los ojos en blanco, que siempre me ha generado una incomodidad difícil de explicar. No me asusta la idea de Dios, sino la forma en que se le representa, la manera en que el arte religioso transmite dolor, sacrificio y juicio eterno.
Recuerdo visitar iglesias de niño, no por voluntad propia, sino por obligación. Entrar a esos espacios era como adentrarse en otro mundo, un mundo silencioso, solemne, donde el aire era denso y las paredes estaban adornadas con figuras que parecían observarme. Las estatuas de Cristo crucificado, con la piel desgarrada, la sangre escurriendo y la mirada perdida, me daban escalofríos. No entendía por qué algo sagrado debía verse tan doloroso, tan violento. Me costaba dormir después de esos días; soñaba con esas imágenes y con esos ojos inertes que parecían estar vivos sólo en mis pesadillas.
Otra cosa que siempre me generó una sensación extraña fue el latín. Ese idioma antiguo, que apenas se escucha en la vida cotidiana, parecía tener una carga espiritual y misteriosa. Cuando lo oía en cantos, oraciones o películas, sentía que estaban invocando algo, como si cada palabra tuviera un poder oculto. El hecho de que sea una lengua que casi nadie entiende la hace aún más perturbadora, como si se estuviera hablando en clave, diciendo cosas que nadie debe comprender. Eso me generaba un miedo irracional, porque lo desconocido siempre ha sido terreno fértil para el terror.
Las misas en latín, aunque no muchas veces presenciadas, eran para mí como rituales extraños. No entendía por qué se necesitaba una lengua muerta para hablarle a Dios. ¿Qué se dice realmente en esas palabras? ¿Por qué no se puede decir en el idioma de todos los días? Esa barrera lingüística crea una distancia, y esa distancia se convierte en temor. Me preguntaba si acaso los sacerdotes sabían algo que los demás no, si el latín era una llave para abrir puertas que debían permanecer cerradas.
La Biblia tampoco me deja indiferente, no por su mensaje, sino por la forma en que plantea ciertos temas. El Apocalipsis, por ejemplo, es uno de los capítulos que más me aterra. La idea de que Dios puede, en cualquier momento, decidir que el mundo debe acabar, que se abran los cielos, bajen los jinetes y se desate el juicio final, es simplemente escalofriante. No importa cuánto intentes llevar una vida buena, todo puede desaparecer en un instante por decisión divina. Esa posibilidad, esa falta de control, me produce angustia. La omnipotencia de Dios, lejos de tranquilizarme, me llena de una sensación de vulnerabilidad.
Además, la forma en que la religión ha sido representada en el cine de terror ha contribuido enormemente a este miedo. Películas como El exorcista, Estigmas, El rito o La monja han convertido símbolos sagrados en elementos de horror: crucifijos que se giran solos, Biblias que arden, monjas con rostros demoníacos, niños poseídos recitando oraciones en latín. Todo eso ha calado muy hondo en mi imaginación. Aunque sé que son ficción, hay algo en esos relatos que se conecta con mis miedos más profundos, con esa sensación de que lo divino y lo terrorífico pueden estar más cerca de lo que creemos.
Lo curioso es que muchas de estas películas no inventan, sino que se inspiran en rituales reales, en textos bíblicos, en testimonios. Eso hace que el miedo sea aún más real. No es sólo un monstruo que sale de debajo de la cama; es una fuerza ancestral, milenaria, que ha estado presente durante siglos y que muchas personas creen que es totalmente cierta. ¿Y si lo es? ¿Y si realmente hay demonios, posesiones, castigos divinos? Esa duda me inquieta más que cualquier criatura ficticia.
El miedo que me provoca la religión es, en el fondo, una mezcla de respeto, desconocimiento y sobreestimulación simbólica. No tengo nada contra quienes practican una fe, pero para mí, estar rodeado de ciertos elementos sacros es como caminar por un museo de lo sagrado y lo siniestro al mismo tiempo. Siento que cada imagen, cada cruz, cada palabra en latín tiene una historia que no conozco, una verdad oculta, un mensaje velado. Y eso, lejos de darme paz, me genera desasosiego.
Tal vez sea una reacción personal, influenciada por mis propias experiencias, por lo que vi, por lo que no entendí y por lo que imaginé. Pero el hecho es que no puedo evitar sentir escalofríos cuando entro a una iglesia vacía, cuando escucho un canto gregoriano o cuando veo una figura religiosa con una expresión que parece contener siglos de sufrimiento. Para mí, la religión no es un refugio: es un umbral hacia lo desconocido. Y lo desconocido, casi siempre, da miedo.
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