Los mitólogos
Por: Malejandro Nothus
Nosotros los autómatas debemos cuidarnos de la lluvia
Facultad de Filosofía y Letras
Facultad de Filosofía y Letras
En el centro del jardín había un olivo. Enorme y enraizado hasta lo ignoto, se había llegado a decir de él que tenía más de mil años y que sus cuidadores eran, incluso, más viejos.
En ese momento, Constantino lo observaba desde el cinturón principal de asientos de piedra alrededor del árbol. No esperaba tan pronto la visita del presbítero: supo que se dirigía a él desde el momento en que cruzó el portal del gran jardín. Mientras tanto, el viento limpiaba con ligereza las hojas más altas. «Venir a verlo es lo mejor que puede hacer uno apenas llega», dijo, acercándose por detrás, «Siempre es un poco complicado aceptar lo que hacemos aquí, pero el jardín ayuda a encontrarnos con la razón y la mesura, joven Constantino, y más aún en un día tan claro y soleado como este». Él no respondió ni con voz ni con gesto, pero el presbítero continuó. «Cuando me dijeron que venías y me informaron de absolutamente todo, supe que hasta los más viejos tenemos cosas por descubrir. Y que incluso así, los jóvenes deberían escucharnos. ¿Sabes que estás aquí por el bien de la humanidad?».
Constantino giró de inmediato: «A mí me dijeron muy poco; es como si viniera recién nacido al mundo. Sólo mencionaron que usted sería mi maestro». «Y no mentían», dijo el anciano, sentándose, «Nuestras enseñanzas se presentan en formas muy distintas a como el exterior está acostumbrado», continuó diciendo y acercó su mano al joven, y cuando este tenía toda la atención puesta en su puño, desplegó poco a poco cada uno de sus dedos y le mostró lo que tenía en la palma. «Un anillo», susurró. El artilugio brillaba como el oro sobre el color pálido del anciano, y en una de sus partes palpitaba el reflejo de una gema verde. «El conocimiento sólo se alcanza a través de sacrificios, muchacho, y esto de aquí nos ha costado mucho: en este anillo se encuentra todo el saber que hemos acumulado durante este tiempo, lo que te ayudará a entender la mayor parte de nuestras motivaciones, pero siempre debes ser cuidadoso…», advirtió, señalando al olivo, «por ellos».
El iniciado tomó con cuidado el anillo y lo observó de cerca. Entonces el viejo se puso de pie y caminó hacia el árbol, «Se dice que hace muchísimo tiempo, muchísimo en verdad, habitábamos una isla que nuestros padres llamaban Telquinia y que fue arrasada por la ira de los dioses al enterarse de lo que aquellos habían hecho. Pero nuestros progenitores eran en realidad fieles devotos a las causas divinas; lo que les ganó su desgracia fue que también dedicaron su vida a la técnica y que, sobre todo, eran excelentes creadores. Y los dioses siempre fueron celosos. Cuando se enteraron de los artilugios que habían estado distribuyendo por la tierra con el fin de ayudar a la humanidad, decidieron castigarlos cuanto antes utilizando lo que los telquines buscaron durante mucho tiempo dominar: la naturaleza. Con un maremoto elevaron olas dispuestas a destruir Telquinia. Sin embargo, nuestros padres habían previsto su pronta ira y dispusieron todas sus fuerzas para salvar a la última de sus creaciones; nos embarcaron en una flota y nos trajeron hasta una Cíclada fácil de ocultar, prometiendo que volverían. Todos sabíamos que Telquinia ya estaba sepultada en el mar, y que muy pocos habían sobrevivido, y que si deseaban asegurar nuestra existencia, nadie que supiera de nosotros podía ser encontrado. Así fue como se relegaron a pueblos lejanos los últimos de ellos y enseñaron muchas artes, que hasta ahora la humanidad preserva».
«¿Y cómo es que decidimos dedicarnos a esto?», preguntó Constantino. «No lo decidimos. El propósito de toda especie nunca viene de dentro, muchacho, sino de fuera. Todo camino es impuesto, y entenderlo así ha provocado mucho sufrimiento, pero aceptarlo es mejor que luchar contra lo imposible. Los nuestros, por el bien de todos, acataron la orden de quienes nos concibieron: “la Historia es cíclica, aprendan por qué y prevengan tanto dolor”, fue lo último que pudieron instaurar en nosotros. Con el paso de las edades, nuestros métodos se han perfeccionado, por ello, los hombres del exterior nos nombran “mitólogos” y nos tienen en gran estima, pues se ha comprobado demasiadas veces el Primer precepto». Constantino se quedó quieto por un momento antes de ponerse de pie, «Son los mitos de un pueblo los que determinan su historia», aseveró mecánicamente. El presbítero volteó al escucharlo, y observándolo, notó que se había colocado el anillo del conocimiento.
«Nuestra ciencia es el estudio del mito, y lo estudiamos por el bien de la humanidad», añadió Constantino, señalando al árbol. «Continúa, Constantino, continúa», solicitó el anciano sin apresurar la voz. «El mito da cuenta del pensamiento profundo de un pueblo; en esa narración y en sus derivaciones podemos encontrar lo necesario para entender cómo piensa y qué le depara su entendimiento del mundo», Constantino calló al instante mientras observaba el suelo, y su pensamiento se contrajo intentando entender toda la información que acababa de recibir y el conflicto que en él se gestaba, «si nuestro deber es prevenir el dolor al mundo, pero el mito es infranqueable, ¿de qué sirve todo nuestro esfuerzo?». El presbítero le dio una palmada ligera en su hombro que resonó hueco y caminó de regreso al tronco del olivo, en el cual buscó una rama que crecía solitaria. Con una señal invitó a Constantino a acercarse y cuando lo tuvo al lado le mostró, sostenido entre sus dedos, el vástago tierno. Él estaba a punto de apreciarla con su mano cuando el viejo tomó la rama del tallo y la arrancó de golpe. El muchacho dio algunos pasos hacia atrás y se llevó las palmas a la cabeza. El olivo estaba perfectamente podado. «Como ya te dije antes, hay muchas cosas que aún nos faltan entender, pero que sabemos son posibles. No entendemos bien por qué, pero descubrimos la manera de encaminar, por una senda segura, al mito. Ya lo supiste insinuar antes, Constantino: la humanidad es nuestro olivo y la corregimos, cuidamos de ella», dijo el anciano, alargando sus últimas palabras y soltándolas en un aliento tenue y decaído.
«Quiere decir que hay un mito que se sobrepone a los demás y ustedes creen haberlo encontrado». «Efectivamente hay una razón universal». «¿Y cuál es, maestro?». El presbítero sonrió con ligereza y asintió antes de responder: «es el mito de sucesión. Te hablé sobre el mito que cuenta cómo es que nos instauramos en esta isla, Constantino, para que pudieras entender mejor lo que estoy por decirte y entender qué es lo que justifica nuestras acciones; lo importante acerca de él y que nos sirve ahora mismo es preguntarnos por qué los dioses buscaron destruir a nuestros padres: temían ser depuestos. Es evidente que no le temían a la guerra ni a la paz, sino a no ser los únicos capaces de crear, ¡de crear vida!
»Respecto a los mitos de nuestros ancestros, sabemos que Urano estaba enraizado en el trono y que, lleno de temor de ser sustituido por sus hijos, los ocultó cruelmente. Pero Cronos, uno de ellos, le cortó de tajo la vida. Le arrebató el gobierno como el mito le había dicho a Urano que sucedería. Pero, sordo, decidió menospreciarlo. Tiempo después, Cronos cayó bajo la misma enfermedad y se creyó capaz de conseguir lo que su padre no pudo. El resultado fue el mismo y Zeus pasó a gobernarlo todo junto a una nueva casta. Pues bien, los telquines, hijos de aquel panteón, hubiesen sido los siguientes pero los dioses estaban decididos a no permitir una amenaza proveniente de tales seres como lo eran nuestros ancestros. ¡Pero cayeron! los humanos se hicieron con el poder y se llenaron de soberbia, de una soberbia incluso más complicada».
«Puedo verlo, maestro. Ahora lo entiendo mejor: se trata de la naturaleza cíclica de las cosas: todo fluye entre exactamente los mismos principios. Aun así, ¿cómo esto nos ayuda a saber qué sigue y a evitar tanta desgracia?». «Muchacho, llegamos a una conclusión: es momento de aseverar el mito de la sucesión. Hay que asegurar que lo que aprendimos es correcto: la humanidad dejará de gobernarlo todo y nuestra ciencia será más exacta». El joven se dio la vuelta y regresó hasta los asientos pero no se sentó sino que se detuvo detrás del respaldo y se recargó ahí casi vencido, «¿cómo planean hacer eso y qué pieza soy yo en su campaña, por qué dijo que ya estaba esperándome?». «Induciremos a la humanidad a un vasallaje. No pecaremos como lo hicieron nuestros padres. Si la pelea es inevitable y el resultado obvio, hay que dar el primer golpe antes de que la humanidad intente destruirnos. Será un vasallaje benevolente, claro, porque a cada sucesión las capacidades del gobernante mejoran y por lo tanto, la capacidad de hacer justicia también. Construiremos un mundo al que no pueden aspirar solos. Lo entenderán bien algún día, muchacho. Sin embargo, lo que tú debes entender hoy es que siempre ha habido un gobernante, uno, que representa y lidera a su casta. ¡Uno, el más poderoso de entre todos! Quizá te sea difícil ahora mismo percibir las capacidades con las que fuiste dotado, pero las develarás pronto y cuando así sea, ejecutaremos la continuación del mito, contigo liderándonos».
El cielo había cedido su azul al negro de las nubes. La visión tronante de aquella tempestad formándose sobre el jardín y amenazando con sacudir cada rama del olivo ensombreció el rostro cobrizo del joven que, recién venido al mundo, tenía un único propósito. De pronto, un trueno lo arrebató de su pensamiento. «¡Lloverá, joven Constantino!, vayamos dentro, que nosotros los autómatas debemos cuidarnos de la lluvia».
Por: Antonio Bernal Quintero
La musicalidad del desamor