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Nuestro sueño fue una máquina

Número 19 / OCTUBRE - DICIEMBRE 2025

De la influencia y la creación en la comunidad universitaria

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Malejandro Nothus

Facultad de Filosofía y Letras

Durante el mes de abril del presente año 2025, en el margen de las actividades del XXI Coloquio de  Letras Clásicas organizado por alumnos del mismo colegio en la Facultad de Filosofía y Letras, se extendió una amable invitación a la cátedra de escritores Chúumuk T’aan, dirigida por el maestro  Jorge Sergio Hernández Medrano, para la presentación del nuevo sello editorial Chúumuk T’aan. 

Durante la mesa se expusieron los proyectos literarios a desarrollar y las propuestas que llevábamos a la comunidad para que pudieran acercar sus obras a la publicación a través de la estructura  construida y sus conocimientos adquiridos. Fue en el mismo foro que se anunció por primera vez,  entre los proyectos, la antología de narraciones Nuestro sueño fue una máquina, de la cual tengo el  gusto de ser autor.  

Terminando la mesa de presentación, el escritor Jeraday Cervantes se acercó para hacerme una  pregunta que ahora mismo funcionará para delimitar las circunstancias y razones que me llevaron a escribir –escribir: un acto que siempre se concibe como solitario pero que es una construcción  comunitaria– Nuestro sueño fue una máquina. Bien, la pregunta fue la siguiente: «¿por qué las  máquinas son un sueño y no una pesadilla?». ¡Vaya que si dio en el clavo! Sucede que las preguntas simples son las más constitutivas. Bien: el objetivo político —porque sí, todo es político, asunto que trataremos en otra ocasión— es el tratamiento de nuestros deseos más enraizados no tanto a partir de una visión catastrofista, sino como una cuestión que simplemente está ahí y que no va a irse: que en vano se levantan cruzadas en contra de las cosas que creamos. Ese es nuestro deseo: crear. Ser seres  técnicos. Es algo, pues, que soñamos con tintes benéficos porque siempre queremos ir a mejor, aunque  la concepción que tengamos de progreso se tambalee a diario y lo “mejor” se dispute entre intereses  de clase.  

Con el rumbo que está tomando el mundo a partir de nuestras decisiones, más o menos influyentes, tenemos que centrar nuestros esfuerzos, en la medida que el privilegio nos lo permita, en redescubrir  los conceptos que están moldeando a nuestras generaciones y que lo harán durante largo tiempo. La inteligencia artificial, sólo para dar un ejemplo, es hoy el ícono máximo de la pugna que tenemos en  nuestra psique por afrontar que, muy probablemente, no somos los únicos. ¿Qué es lo que nos aterra  de ella?, ¿qué lo que deseamos en silencio de su uso?, ¿qué banderas levantamos en su nombre y  cuántos sueños, en contra de las pesadillas, le otorgamos?, son sólo algunas de las preguntas que  abren paso a una inminente nueva era para la humanidad. 

Obviamente incluí en Nuestro sueño fue una máquina algunas pesadillas como la poderosísima inteligencia artificial que ve a la humanidad como un obstáculo —¡qué terrible!—, o las pandemias numéricas, reflejo de la psicosis tecnológica, pero siempre bajo la sombra de entender que no nos  deseamos el mal —a excepción de la IA que quiere erradicar todo rastro humano, pues es de origen  extraterrestre—, sino que tenemos la capacidad de convertir lo virtual que queremos, lo holográfico,  en una realidad inmediata: tomar la decisión iracunda de elegir un estado de la situación de entre los  estados superpuestos. Pero es algo que nunca alcanzaremos con miedo y con la tendencia a sentirnos  humillados por las máquinas, ya que así tomaremos la vía que traerá consigo más “pájaros  aplastados”. Lo mejor es lo que es mejor para el desarrollo de la mayoría en comunidad, ¿no es así?  Como es sabido, no me esfuerzo en ocultar mi ideología marxista, por lo que también podrán  encontrarla como un sutil hilo conductor entre las narraciones —¡pues necesitamos un nuevo  comunismo!, como diría Slavoj Žižek—. 

A consecuencia de este increíble viaje que es la escritura, me siento tremendamente agradecido  con quienes han hecho materializable este sueño y que en conjunto forman a la comunidad puma: con esta magna Universidad que nos une en discusión y práctica y que muchas veces nos ha acercado a  personas llenas de vitalidad.  

Como lo mencioné en un inicio, debo agradecer al maestro Jorge Sergio Hernández Medrano, a quien conocí en el antiguo taller de creación literaria de CCH Vallejo durante el 2019 hasta mediados  de 2025, taller que aunque ya no se encuentra abierto entre las clases disponibles del plantel Vallejo, mantiene abiertas sus puertas a toda la comunidad universitaria para la enseñanza de las artes  literarias. De no haber sido por esta cátedra, mi acercamiento al estudio de las letras de forma  académica e interdisciplinaria no se hubiera dado jamás, ni mis habilidades se hubieran desarrollado  de la mejor manera como lo han hecho hasta ahora, en una clase de por vida. Respecto a las  oportunidades que se han brindado y se brindan gracias a la UNAM y Chúumuk T’aan todo lo que  puedo decir será insuficiente: a partir de esta sinergia hemos alcanzado la publicación de libros y  decenas de textos, entrevistas, lecturas nacionales y muchos otros logros para la comunidad.  

En este mismo camino he de hacer la explícita mención de Camila Arias, mi amadísima, quien entre muchas otras cosas iluminó mi camino en la ciencia ficción con su inagotable y creciente  conocimiento de las máquinas, los otros y nosotros mismos. Sin su guía no habría caído en cuenta del  tema y del motivo de vida del género de la ciencia ficción: ¡ser seres técnicos! Que estamos dentro  de una máquina que construye máquinas que a su vez construyen otras. Por esto mismo, a partir de  una amorosa relación que se basa en hechos dialécticos, le solicité encarecidamente que se encargara de la introducción de la obra, lo cual me tiene aún más contento pues sus palabras delimitarán lo que  significa este libro: una pequeña máquina que no oculta sus engranajes ni sus trucos y se muestra tal  como es.

No he de pasar por alto a la Facultad de Filosofía y Letras. Fue en una de sus aulas donde comencé  a escribir los primeros relatos de la antología no por mera coincidencia, sino porque la estimulación  de la mente se facilita en la constante exposición al conocimiento y en las relaciones personales. Vale  la pena mencionar el terreno fértil de las discusiones universitarias, refiriéndome de manera específica  a la caótica pelea que se desarrolla en la Facultad sobre el uso aterrador, para muchos, de las  inteligencias artificiales de uso personal —los chatbots—, de lo cual lo más valioso que encontré fue  entender que no se tratan de malévolas máquinas que desean nuestra alienación bajo el rapiñante  tecnofeudalismo, sino que se trata de humanos maquinando IA para una u otra causa. Aún no ha  llegado el momento de concebir una agencia total en la IA; por ahora sigue tratándose de humanos  contra humanos y no de humanos contra robots: así que permanezcamos prudentes en ese asunto por  el momento.  

He de mencionar, para cerrar esta crónica ensayística, el agradecimiento que tengo hacia el  fabuloso esfuerzo que es ¡Goooya!, proyecto que he seguido desde su fundación y que ha tenido a bien apoyarnos de maneras que antes eran imposibles de imaginar para el grueso de nuestra comunidad: el estudiantado que sostiene los pilares de la UNAM. ¡Goooya! representa justamente  el tipo de maquinación creativa que defiendo: una plataforma que distribuye las oportunidades. Es un  engranaje esencial dentro de la gran máquina Universitaria para demostrar que la divulgación del  conocimiento y la promoción de la creación artística pueden y deben estar en nuestras manos. 

Siempre estaré contento de formar parte de lo que construimos juntos y de lo que se proyecta a  futuro, como la publicación de Nuestro sueño fue una máquina —hacia diciembre de 2025 y enero  de 2026—, que, una vez más, es resultado del apoyo de toda esta casa y que, como otros productos  de nuestro pensamiento, encontrará un lugar cálido en la biblioteca de nuestro mundo.

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