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Foto de Shojol Islam

El hábito de existir

Número 22 / JULIO - SEPTIEMBRE 2026

Una mirada íntima al paso del tiempo

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Juan Clemente

Facultad de Ciencias

Hacía varias noches que había dejado de esperar que algo pasara. No fue una decisión consciente, sino un tipo de desgaste lento, como si lo fantástico de la vida hubiera perdido toda emoción para él. Desde entonces, los días fueron bastante monótonos. Aun así, él seguía despierto para apoyar a los demás.

No porque sintiera algo, sino porque existía un impedimento. No era esperanza, porque esa ya la había perdido, sino algo más simple; como si el devenir del tiempo lo arrastrara sin preguntarle. Él pensaba a veces que el tiempo era el verdadero enemigo de todo ser vivo consciente, pues sentía el miedo constante de quedarse solo.

Y así fue como se metió a investigar cómo funcionaba el tiempo. Tras una ardua investigación, encontró que, en las ciencias exactas, el tiempo se utiliza como herramienta para estudiar algún fenómeno. Por esa curiosidad tan innata que tenía desde niño, decidió estudiar física para poder encontrarle algún sentido a su vida, aparte del filosófico.

Permaneció mucho tiempo de pie frente al reloj de su cuarto. Al principio, la costumbre le dictaba que estaba perdiendo el tiempo, pero la razón le demostró que estaba, de hecho, pensando. Sin saber qué hacer y con la sucesión del tic-tac distorsionada en su mente, finalmente se sentó. Desde que tenía conciencia, había concebido el tiempo de forma trivial: una simple variable física, una medida que siempre crece de manera irreversible y arrastra a toda la materia con ella. Pero, en ese instante de lucidez, comprendió que el tiempo era algo más que los engranajes mecánicos frente a él. No era un tirano externo dictando el desgaste del mundo, sino la estructura interna de su propia razón; el marco fundamental y necesario para que sus propios pensamientos pudieran existir y ordenarse de manera lógica.

Recordó que, en la física, el tiempo deja de ser un río que arrastra a los cuerpos para convertirse en una coordenada exacta, una dimensión más donde se trazan los cambios del espacio. Dedujo así una verdad ineludible: el tiempo es el lienzo necesario sobre el cual el intelecto logra relacionar el movimiento de la materia. Sin esa coordenada, la realidad sería estática y el pensamiento, imposible.

Esto lo dejó atónito. Y es que, bajo esa nueva premisa, surgía una grieta insalvable: si el tiempo era tan solo la regla con la que medimos los cambios, ¿qué pasaba exactamente cuando esos cambios se desdibujaban y dejaban de ser claros?

Tal vez, reflexionó, no era el tiempo el que se había detenido, sino su propia habilidad para distinguir la transición entre un estado y el siguiente. De ser así, se revelaba una verdad mucho más profunda que escapaba a su control: el universo seguía su marcha implacable; el que permanecía estático era él.

Intentó recordar qué había hecho unas horas antes, pero le fue imposible hilar sus recuerdos. Ese pequeño vacío en su memoria reciente rompió la continuidad de su propia conciencia. De pronto, al no poder rastrear sus acciones más inmediatas, se dio cuenta de que tampoco tenía claro de dónde venía en un sentido existencial; le faltaba ese punto de apoyo necesario desde el cual el intelecto pudiera construir un significado para su vida.

Así que, hilando todo lo que había recopilado, concluyó que por eso mismo sentía que llevaba una vida bastante monótona. Si no lograba distinguir las transiciones de un estado a otro, no podía asegurar que su entorno estuviera evolucionando.

—¿Quién era yo, si no me puedo reconocer a través del tiempo? —se quedó en silencio.

Luego, casi sin darse cuenta, miró sus manos y notó algo distinto: pequeñas cicatrices que no recordaba haber observado con tanto detenimiento. Permanecían ahí, no como una idea abstracta, sino como la evidencia innegable de su propio rastro en el mundo; el registro físico de que él también era materia cambiante.

Fue entonces cuando comprendió que su angustia había perdido sentido, no porque hubiera resuelto la ecuación de su vida, sino porque formular la pregunta ya no era necesario. Su existencia jamás había dependido de mantener una continuidad perfecta ni de dominar una comprensión absoluta del tiempo. Siempre había sido así, pero era él mismo quien se había encerrado en la tiranía de la lógica, atrapado en un sistema de coordenadas vacío que terminaba limitándolo.

Por primera vez en mucho tiempo, soltó la necesidad de entender. Solo permaneció. Y, en esa permanencia simple, ajena a todo cálculo, encontró lo que ni la reflexión pura ni la duda sistemática pudieron darle: una forma silenciosa, pero innegablemente real, de estar en el mundo de manera feliz.

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