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El cine RZ

Número 22 / JULIO - SEPTIEMBRE 2026

Todos somos extranjeros en el pasado

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Anuar Peña

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales

“País de la ausencia,
extraño país,
más ligero que ángel
y seña sutil,
color de alga muerta,
color de neblí,
con edad de siempre…” 

Gabriela Mistral

 

I

La primera vez que vi un anuncio en contra de la piratería fue al inicio de una película pirata que se proyectaba en el cine que teníamos en casa. En realidad, no era un cine; sólo se trataba del cuarto de mi abuelo donde un reproductor de DVD, que antes fue un VHS, orquestaba proyecciones a diario. Ahí viví toda mi infancia. El cine en el que había una sola butaca que era más bien un colchón viejo con mucha suavidad perdida y resortes que ya se asomaban y estaban cerca de provocar tétanos. Sin sonido envolvente porque solo teníamos las bocinas de la tele. Por supuesto, no había pantalla IMAX, sino una tele-caja gris de bastantes kilos. Además, la sala ni siquiera llegaba a estar oscura porque las cortinas del cuarto dejaban que la luz se filtrara; cuestión que provocó que entendiera a medias muchas películas, sobre todo porque muchas estaban grabadas directamente del cine y muchas otras tenían subtítulos en todos los idiomas menos en español. 

Lo único que sí había como en las salas tradicionales era la presencia de la botana. Siempre había algo que beber y algo que picar; todo el azúcar y la chatarra que un niño pequeño desea y que su madre procura que evite. Por suerte, el cine de mi abuelo era un país sin ley de cine-anarquismo puro y verdadero.

II

Allí se proyectaban todo tipo de películas, sin límites y sin preferencias exactas. Aunque es cierto que el dueño tenía cierta predilección por las películas de acción con secuencias exageradas y muchas balas, se ponía aquello que se conseguía en el mercado: Hollywood, cine mecha japonés, varias del cine de oro mexicano, algunas comedias mudas muy buenas, algunas comedias gringas terribles, una inmensa cantidad de animes y, para el asistente más recurrente, todas las de superhéroes. En alguna ocasión de corte surrealista, hasta se proyectó una colección de las cinemáticas de un videojuego; en otra, más dadaísta, grabaciones no oficiales de eventos de lucha libre.

Dentro del cine RZ empecé a entender el mundo. Más bien, empecé a creer que lo entendía. Las preguntas que me suscitaban las calles de la ciudad y que me apenaba preguntar a los mayores que me rodeaban me las respondía mi abuelo cuando llegaba del mercado con nuevas películas envueltas en una bolsa de plástico y con una portada mal diseñada en algún software digital de edición de imágenes. Mentiría si dijera que aquellos primeros esbozos de vida venían en cintas de la Nueva Ola Checoslovaca o del Dogma 95; esa rebeldía contra el cine industrial vino después, en otros cines y con otra compañía. La realidad es que la primera vez que sufrí el punzante dolor de la pérdida fue al ver la muerte del tío Ben; el primer calor corporal que experimenté fue gracias a un vestido rojo en una comedia de una máscara verde; las primeras pesadillas fueron por haber visto a Regan vomitar y el primer corazón desbocado fue con alguna comedia romántica embutida de clichés. Fue Tony Montana quien me enseñó un camino que no debía recorrer y, al contrario, todos los superhéroes dibujaron en mí un primer boceto de un sistema moral. Los sueños bajo la almohada aparecieron porque todos los protagonistas que admiraba tenían alguno y yo deseaba con todas mis fuerzas ser como ellos. Mucho antes de vivir en cuerpo propio, vivía por medio de las películas que veía una y otra vez en compañía de mi abuelo. 

III

Entre funciones me dedicaba a tapizar la pared del cine con estampas que compraba en la papelería cada vez que pasábamos por algún menester escolar, muchas aún sobreviven aferradas a esa pared blanca. A veces sueño que entro al cuarto de mi abuelo y me deshago de mi cuerpo humano para transformarme en una de esas estampas pues de esa forma seguiría siendo parte vital del recinto y las tardes de cine nunca hubieran terminado. Tal vez así pudiéramos habernos escondido del tiempo.

IV

Para bien o para mal nunca hubo una ceremonia de clausura, ni una última gran proyección, ni siquiera algo semejante a una despedida. El lugar entró en una pausa definitivamente indefinida. Quizás porque el DVD un día dejó de servir. Quizás porque dejó de haber películas en el mercado y entonces la falta de suministro provocó el inevitable cierre de sus puertas. Puede ser que, antes incluso del streaming, el cine de mi abuelo no aguantara el paso hacia el Blu-Ray porque era un poco más caro y difícil de conseguir y, tal vez, la administración decidió seguir con el DVD hasta que su caída fuera inevitable. Puede ser que haya sido un poco de todas las opciones y que todo se conjuró, como un hechizo maligno, para que el cine terminara abandonado y transformado en un campo vacío acechado únicamente por fantasmas, recuerdos y polvo.

A decir verdad, solo hay una razón verídica para el desahucio del cine RZ: yo lo abandoné cuando crecí y lo peor de crecer es que nunca eres plenamente consciente de lo que dejas atrás. Uno no recuerda aquel último día que jugó con su juguete favorito, ni el último juego de “las traes” con los amigos de la primaria. El flujo del tiempo corre y uno se deja llevar por el río aprendiendo a nadar a brazadas forzadas y en un parpadeo, que podrían ser muchas horas y muchas tardes, la infancia se abandona sin saber que se trata de un viaje sin retorno. Entonces, ésta se transfigura en una aberración ajenamente familiar: demasiado conocida y extraña, observable pero intocable, una cicatriz que de pronto sangra y cuyas gotas forman un camino que siempre lleva al país del exilio original. En ese sentido, todos somos extranjeros.

V

No importa que un día coloque estampas nuevas, me acueste en la misma cama y ponga alguna película pirata en el DVD, volver a lo que fue es imposible. Aunque el cine todavía sea una parte sustancial de mi vida y mi abuelo, con todo y sus varias cirugías oculares, aún vea sus películas rancheras favoritas y haga de segunda voz de Pedro Infante, Ítaca nunca vuelve a ser la misma Ítaca que alguna vez fue y uno solo puede pasarse la vida buscando cómo regresar.  El éxodo nunca ha sido una cuestión de espacio, siempre ha sido consecuencia del tiempo y de su fuerza indeleble.

Es cierto que aquel cine está perdido en el yermo del pasado. Sin embargo, algunos días aún intento regresar, recuperar lo perdido y encontrar ese zumbido que se escapa por el rabillo del ojo. Entonces, reviso si mi abuelo está despierto de su siesta;  pongo una película y en un ejercicio de pura mimesis rozo el cristal que me separa de mi infancia, del país de la edad de siempre, de la única edad feliz. Cuando la realidad se evapora y el cine logra reírse de las ataduras del tiempo, alcanzo a vislumbrarnos como éramos, el reloj se detiene hasta que terminan los créditos y la herida de la melancolía deja de sangrar. Un niño, siempre con playeras de superhéroes; observa una película en compañía de su abuelo, el cinéfilo que nunca tuvo la necedad de autonombrarse como tal. Ambos sonríen. 

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