El Puente de la Concordia
Por: Aram Rangel Alcantara e Isael Guillermo García Macedo
Crónica de una Tragedia Anunciada
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
Si existe una creencia que trasciende épocas, culturas, civilizaciones, límites geográficos y religiones, es la creencia en la mística femenina. Cuántas veces no se repite la imagen de la madre “todopoderosa”, la idea de que las mujeres son seres divinos e incomprensibles o la concepción de que una mujer siempre perdona. Sea en siglos pasados, en el actual, en los periódicos, en TikTok, por hombres o por mujeres, hay una generalización del pensamiento de que las mujeres son todo menos seres iguales a los hombres, y que por ende deben comportarse y ser tratadas de manera diferente. A esto se refiere la mistificación de las mujeres.
Si bien en un inicio es posible asociar esta idea con algo positivo porque “enaltece” a las mujeres, resulta más perjudicial que benéfico para ellas debido a que, lejos de reconocer su valor como individuos, las encierra en expectativas idealizadas. En lugar de ampliar su libertad, la restringe a un conjunto de cualidades “elevadas” que deben encarnar constantemente, lo que lleva a preguntarse: ¿cómo esta mistificación de la feminidad termina influyendo en la toma de decisiones de vida de las mujeres?, y hasta qué punto estas decisiones responden realmente a sus propios deseos y no a las exigencias impuestas por una visión idealizada de lo que deberían ser.
En la década de los cincuenta, Estados Unidos vivía un momento percibido como de gran libertad para las mujeres: podían ejercer el sufragio, contender en elecciones populares, ser propietarias, contribuyentes, participar en el mercado laboral, recibir educación superior y decidir sobre su sexualidad. A pesar de ello, las mujeres blancas de clase media, que eran quienes tenían más posibilidades de ejercer los derechos enlistados, optaron en vasta mayoría por casarse en su juventud, formar una familia y dedicarse completamente a ella. Para la psicóloga feminista Betty Friedan, este fenómeno fue producto de un proceso de homogeneización del pensamiento femenino al que denominó como “la mística de la feminidad”, concepto que da nombre a su obra.
Friedan explica que, con el fin de la Segunda Guerra Mundial y el retorno de los hombres al mundo laboral, las mujeres tuvieron que abandonar sus puestos de trabajo para volver al hogar a tiempo completo y cumplir con la mística de la feminidad, que simboliza el ideal social de lo que una mujer significa: una madre perfecta, una esposa amorosa o una mujer sumisa. Los medios de comunicación jugaron un papel muy importante en la creación y difusión de esta mística, tanto con propósitos ideológicos como comerciales, que colaboraron para exponer a las amas de casa como mujeres hermosas, alegres, llenas de vida y amor, completamente realizadas, en contraste con las mujeres dedicadas a la vida profesional o intelectual, quienes eran representadas como feas, masculinas, solitarias y frustradas.
Sin embargo, la mística funcionó casi completamente al revés de como fue descrita. Mediante una serie de entrevistas a múltiples amas de casa de los barrios residenciales, Betty Friedan identificó “un malestar que no tiene nombre” en las mujeres que se acoplaban a la mística impuesta. El malestar se expresó en padecimientos como la neurosis, la ansiedad, la depresión, el alcoholismo e incluso el suicidio; y no sólo las afectó a ellas, sino que tuvo fuertes repercusiones en el desarrollo neurológico y social de los hijos a quienes criaron.
En México, la filósofa feminista Graciela Hierro desarrolló el concepto de la “mistificación de la condición femenina” en su obra Ética y feminismo. La mistificación, dice, es una herramienta en la que se venera la sexualidad femenina controlada y los “valores femeninos” de pasividad, docilidad y pureza; es empleada con el propósito de dominar a las mujeres y lograr que abandonen su individualidad para “ser para otros”. Opera y se mantiene mediante dos procedimientos: el “privilegio femenino”, que es la aparente ventaja económica que tienen las mujeres de ser mantenidas por los hombres, cuando es en realidad el pago mínimo por su función reproductora y trabajadora doméstica; y el “trato masculino galante”, que supuestamente es una relación de respeto del hombre frente a la mujer, aunque cae más en el trato condescendiente.
Hierro contrapone dos modelos de feminidad en el mundo contemporáneo: la madre y la prostituta. El primer modelo es el deseado, ya que lo constituye una mujer “decente”, dedicada completamente al hogar, sumisa ante su marido, amorosa con sus hijos, que sólo vive su sexualidad con el fin de procrear; esta mujer es valorada y “recompensada” con el privilegio femenino y la galantería. El segundo modelo simboliza lo indeseable de las mujeres para la sociedad, ya que se trata de alguien que mediante su sexualidad logra un poder económico propio, no posee los privilegios de la mujer “decente” y se encuentra en un estado de “inferiorización, control y uso”. A pesar de la aparente dicotomía, la realidad es que ambos arquetipos de mujeres enfrentan una condición de opresión.
Lo cierto, es que como argumenta la filósofa Simone de Beauvoir en El segundo sexo, esta mística de la mujer, ese carácter de existencia para “complementar” y acompañar al hombre y vivir para otro, está fuertemente marcada en el cristianismo, que es una de las religiones más influyentes en Occidente. Desde el mito de la creación, Eva fue creada no del mismo material que Adán, sino a partir de la costilla de él con el propósito de que sirviera como su acompañante. Posteriormente, María, la madre de Jesucristo, fue considerada como el estándar de conducta femenina: una mujer pura, obediente a Dios, abnegada al punto de ver morir a su hijo sin recriminar nada y, una vez ascendida al cielo, una piadosa abogada de los hombres.
Es así que la libertad de elección de las mujeres de este lado del mundo se vio comprometida: aunque una mujer goce en apariencia del contexto propicio para ejercer sus derechos y decidir el rumbo de su vida, en realidad está atravesada por estereotipos y expectativas que premian la entrega, el sacrificio, la subordinación y castigan la independencia, el deseo y la individualidad. Este antagonismo entre la libertad y el deber ser en muchas ocasiones deriva en malestar emocional, frustración y sentimiento de culpabilidad por no vivir como se deseaba, en palabras de la feminista Nelly Lara “se nos va la vida siendo buenas”.
Pese a todo, la mistificación se encuentra lejos de desaparecer pues garantiza la permanencia del statu quo de la condición femenina, que a su vez mantiene en funcionamiento a la sociedad contemporánea. Este sistema de dominación no requiere exclusivamente del control directo por parte de los hombres, también se perpetúa mediante la complicidad (muchas veces inconsciente) de las propias mujeres, quienes ya sea para conservar los “privilegios” que les otorga el sistema o bien simplemente por haber sido formadas bajo el pensamiento de éste, lo reproducen, defienden y transmiten. Lo que se revela es el profundo arraigo de una ideología que ha logrado presentarse como deseable o natural, cuando en realidad responde a intereses de poder; un sistema de opresión funciona cuando encuentra aceptación entre a quienes oprime.
Romper con la lógica de la mística femenina que incide en las decisiones de vida de las mujeres implica un complejo proceso de toma de consciencia, deconstrucción de los patrones aprendidos y construcción de nuevas formas de vivir la feminidad. Para esto no basta únicamente la voluntad individual, sino que son necesarias diversas condiciones estructurales que lo posibiliten: acceso igualitario a la educación, políticas públicas con perspectiva de género y, sobre todo, una transformación cultural que cuestione los ideales tradicionales de la feminidad y cree en su lugar un sistema de valores humanos. Mientras la mística continúe siendo la vara con la que se mide el valor de las mujeres, la igualdad no será más que una promesa irreal y las mujeres no serán verdaderamente libres.
Por: Aram Rangel Alcantara e Isael Guillermo García Macedo
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Una respuesta
Es un artículo muy interesante, que nos hace reflexionar sobre la realidad que han vivido y viven miles de mujeres, a lo largo de la historia y de lo difícil que resulta hacer un cambio en la sociedad.
La pintura me encantó, plasma el sentimiento de la mujer, la soledad , la
frustración, el cansancio y el llanto que experimentan en su diario vivir.
Muchas felicidades a los autores!!