¡Madres, ya no llegué!
Por: Emir López Guzmán
Salir a tiempo y aún así perder la primera clase
Escuela Nacional Preparatoria Plantel 8
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Vivimos en una sociedad marcada por la inestabilidad, la fugacidad de los vínculos socioafectivos y la constante búsqueda de satisfacción inmediata. Esta realidad, denominada “sociedad líquida”, es un concepto atribuido al sociólogo polaco Zygmunt Bauman. Él utiliza esta metáfora para describir la fragilidad de las estructuras sociales contemporáneas, resultado de un mundo globalizado e impulsado por la persistente aspiración a una productividad que, en muchas ocasiones, resulta insostenible.
La relación de este tipo de sociedad con la alta prevalencia de los trastornos mentales radica en que la misma inmediatez nos orilla a restar importancia a la visibilización de estos padecimientos, es esta liquidez la que nos conduce a considerar a la salud mental como un proceso aislado, cuando la realidad es que es el resultado de un complejo constructo de nuestro contexto histórico y sociocultural.
La inestabilidad persistente del entorno en el que nos encontramos inmersos contribuye significativamente a nuestro desequilibrio mental, pues una sociedad que se comporta como un líquido, inevitablemente termina por diluir el bienestar mental de quienes la habitan. Es esta transitoriedad de la existencia la que nos fragmenta la mente en trozos que se derraman por la pérdida de sentido. La ausencia de relaciones perdurables provoca un descenso en la armonía mental de cada ser humano, quien, desde tiempos antiguos, ha sido proclamado como un ser social.
¿A quién no le conviene seres en equilibrio cuando puede tener cerebros que flotan en lo efímero del placer? ¿Cómo podemos hablar de bienestar mental si se acallan los ecos de quienes luchan por hacer sonar su voz?
Esta liquidez no es más que un síntoma característico del actual sistema individualista, consumista y deshumanizante, que se beneficia de aquellos que se encuentran en un estado de alienación constante, pues mantener las mentes segmentadas, asegura la permanencia de dinámicas colectivas de control y opresión que sostienen la hegemonía social.
Por ello, son las grandes estructuras de poder las que fomentan esta dilución, provocando que la influencia de un mundo que se disuelve con rapidez desencadene la decadencia mental de los más vulnerables.
Saber que tres de cuatro adolescentes experimentan algún padecimiento mental no es suficiente si solo se observa desde una mirada superficial; es necesario penetrar en lo profundo de la experiencia de quienes atraviesan momentos que los hunden en la dificultad. Solo al entender estos padecimientos desde la colectividad podremos rescatar a todos aquellos que son empujados a caer en el abismo de la liquidez.
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