¡Madres, ya no llegué!
Por: Emir López Guzmán
Salir a tiempo y aún así perder la primera clase
Facultad de Estudios Superiores Iztacala
Facultad de Estudios Superiores Iztacala
Hay algo curioso en nuestra generación: estamos muy agotados, pero también muy orgullosos de estarlo. Cuando alguien nos pregunta cómo estamos, generalmente respondemos algo como: “Bien, un tanto ocupada/o/e”, con una extraña mezcla de queja y orgullo en la voz, como si el agotamiento fuera una señal de disciplina. Es aquí donde surge el problema: cuando la productividad deja de ser una herramienta y se convierte en nuestra identidad.
Durante los últimos años hemos normalizado una cultura que glorifica el cansancio y el agotamiento. Particularmente en los entornos universitarios, donde se nos ha enseñado a enaltecer el dormir poco, vivir del café, estar siempre estudiando o resolviendo tareas urgentes, tener actividades extracurriculares que permitan construir un currículum competitivo y, sobre todo, nunca tener tiempo.
Esta mentalidad ha sido descrita como la cultura de la productividad constante, o hustle culture: una lógica social en la que el valor personal parece determinarse por cuánto producimos, cuántas metas cumplimos y qué tan llena está nuestra agenda. Siguiendo esta narrativa, cada momento debe ser aprovechado en algo productivo. El descanso se concibe como algo innecesario y comienza a percibirse como una pérdida de tiempo, pues siempre podría estarse haciendo algo más.
A esta presión estructural se suma el efecto amplificador de las redes sociales, donde circulan narrativas idealizadas del éxito: rutinas que comienzan a las cinco de la mañana, continúan con journaling y estiramientos, agendas perfectamente organizadas y listas interminables de metas cumplidas antes de las diez. Si bien muchas veces estas imágenes se presentan como inspiración o motivación, también transmiten un mensaje implícito: si no estás produciendo, te estás quedando atrás.
Diversos análisis sobre la cultura de la productividad en jóvenes señalan que este contexto contribuye a una presión constante por optimizar cada aspecto de la vida. El tiempo libre deja de ser realmente libre y se transforma en una oportunidad para mejorar habilidades, estudiar más o aprovechar el día. Incluso las actividades recreativas comienzan a evaluarse en términos de utilidad. De esta forma, la vida termina organizándose como un proyecto permanente de automatización.
Esta mentalidad no solo afecta nuestra percepción del descanso, sino también la relación con nosotros mismos. Poco a poco, nuestra autopercepción comienza a medirse a través del rendimiento y de qué tan eficientes somos.
Una de las consecuencias más irónicas de esta cultura es la culpa asociada al descanso. Muchos estudiantes experimentamos la sensación de que deberíamos estar haciendo algo productivo incluso cuando estamos descansando. Ver una serie, salir con amigos o simplemente no hacer nada puede generar una inquietud persistente: la idea de que podríamos estar adelantando algo, estudiando más o preparándonos para el futuro. Como resultado, se vuelve difícil disfrutar plenamente del presente.
Desde el punto de vista psicológico, esta lógica puede resultar problemática. Estudios sobre estrés académico muestran que la presión constante por cumplir expectativas elevadas, combinada con el perfeccionismo y la autoexigencia, se relaciona con mayores niveles de agotamiento emocional, ansiedad y burnout en estudiantes universitarios. Es decir, cuando la productividad se convierte en una exigencia permanente, deja de ser sostenible. La idea de que siempre podemos hacer más ignora una realidad fundamental: el cuerpo humano tiene límites.
Sin embargo, la cultura de la productividad tiende a ignorar esos límites biológicos. En lugar de entender el descanso como una parte necesaria del proceso, suele percibirse como una interrupción del progreso.
Desde la fisiología hasta la psicología, numerosos estudios coinciden en que el descanso es una parte esencial del rendimiento cognitivo. El sueño, por ejemplo, resulta fundamental para procesos como la consolidación de la memoria, la regulación emocional y la capacidad de concentración. Sin periodos adecuados de recuperación, disminuye la capacidad de aprendizaje, aumenta el estrés y el rendimiento general se deteriora.
Esto crea una paradoja: intentamos ser más productivos sacrificando precisamente los factores que sostienen la productividad a largo plazo. Por ello, quizá parte del problema radique en cómo entendemos la disciplina.
Con frecuencia, la disciplina se asocia con la capacidad de trabajar sin detenerse, ignorar el cansancio y seguir adelante sin importar el costo personal. Bajo esta lógica, descansar puede parecer una señal de debilidad o falta de compromiso.
Sin embargo, existe otra forma de entender la disciplina: no como la negación de los límites, sino como la capacidad de reconocerlos. Desde esta perspectiva, la recuperación también forma parte del rendimiento. Dormir, tomar pausas y cuidar la salud mental no son obstáculos para el éxito, sino condiciones necesarias para sostenerlo a largo plazo.
En una generación que creció escuchando que debía hacerlo todo y hacerlo perfecto, tal vez el verdadero desafío sea aprender algo mucho más difícil: cuidarse sin sentir culpa. En un contexto donde se premia el agotamiento, esto puede sentirse casi como un acto de rebeldía.
Hoy, elegir descansar, cuidar la salud mental y reconocer los propios límites puede convertirse en una forma silenciosa de resistencia cultural. No porque signifique renunciar a las metas o a la ambición, sino porque propone una idea distinta de éxito: una que no se construye a costa del bienestar personal.
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