En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
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Cuando producir vale más que vivir

Número 21 / ABRIL - JUNIO 2026

Una reflexión sobre descanso, rendimiento y humanidad

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Saúl Ramírez Gómez

Escuela Nacional Preparatoria Plantel 9

¿A quién no le ha sucedido? Llegas a casa tras un largo (y seguramente cansado) día y decides sentarte a ver esa serie, jugar este videojuego, terminar esa película que tienes pendiente o simplemente estar en silencio y disfrutar el momento. Entonces llega ese sentimiento, esa ansiedad, esa culpa: debería hacer algo más productivo. 

Este efecto, romantizado durante los últimos años en las redes sociales y en diversos medios, parece una idea maravillosa. Diariamente, nuevos videos circulan en internet con títulos como ¿Cómo ser más productivo y aprovechar tu tiempo?, junto con un sinfín de consejos que tienen como único propósito la dichosa «productividad».

Este tipo de pensamientos se ha instalado en el imaginario colectivo moderno, al grado de convertirse casi en una moda: la capacidad de trabajar sin descanso, producir constantemente y, en muchos casos, demonizar el ocio.

Aunque podría parecer algo benéfico, la romantización del progreso y la mejora constante podría ser todo lo contrario. La idealización excesiva de este término tiene un trasfondo histórico, social y cultural que va mucho más allá de lo que podríamos siquiera imaginar.

¿Qué es la productividad?

Para comprender este fenómeno es necesario remontarse al siglo XVIII, cuando comenzó a utilizarse el término «productividad». En 1766, el francés François Quesnay empleó la palabra para referirse exclusivamente a la agricultura. Fue en 1883 cuando se le asignó un significado más amplio. En pleno auge de la Segunda Revolución Industrial, este concepto empezó a adquirir una visión mucho más extensa. La productividad comenzó a utilizarse para referirse a las fábricas, los procesos industriales y, sobre todo, al trabajo humano. Así, el francés Émile Littré la definió como «la facultad de producir».

A principios del siglo XX, la productividad llegó con más fuerza al ojo público gracias al taylorismo, una corriente que buscaba hacer el trabajo lo más eficiente posible mediante la medición precisa del tiempo de máquinas y trabajadores, mejorando así los procesos de producción.

¿Dónde radica realmente el problema? Con el paso de los años, esta definición se ha extendido, transformado y adaptado a las necesidades modernas. Hoy en día suele entenderse como «la relación entre la producción obtenida y los recursos empleados»; es decir, la capacidad de producir más al menor costo posible.

La productividad, la nueva moneda de la sociedad

Como ya hemos visto, la productividad no es un concepto nuevo. Lleva conviviendo con nosotros durante casi tres siglos. Pero ¿qué es lo que hace que hoy, más que nunca, resuene en nuestro entorno?

El concepto de productividad trascendió el mundo laboral para convertirse en una métrica del ser humano. Las exigencias aumentan constantemente y aquello que comenzó como una noción ligada exclusivamente a la agricultura se ha transformado por completo. En la época contemporánea, la productividad se ha convertido en un ideal de vida, un distintivo: quien puede trabajar más, sacrificar otras áreas de su existencia y convertir cada instante en algo «útil» parece ser el modelo a seguir.

Esta lógica reduce el valor de la experiencia humana a aquello que puede cuantificarse o medirse. La creatividad, el descanso, la contemplación e incluso las relaciones interpersonales terminan siendo vistas como factores secundarios, aun cuando constituyen aspectos fundamentales de la vida humana.

Además, no podemos olvidar que juzgar a una persona únicamente por sus resultados, su eficiencia o su capacidad de trabajar sin descanso es, por decir lo menos, cuestionable.

Esta lógica también ignora las profundas desigualdades sociales que atraviesan la realidad contemporánea. No todas las personas cuentan con las mismas oportunidades, recursos o condiciones para «ser productivas. La falta de recursos impide a miles de individuos alcanzar estos estándares de eficiencia.

Lo más curioso es que, a diferencia de otros momentos históricos, en los que las exigencias de productividad y eficacia provenían de estructuras externas como empresas o empleadores, hoy estas se han internalizado. Surge una necesidad casi enfermiza de optimizar cada segundo del día, de perseguir objetivos de forma incesante y de mejorar constantemente, convirtiendo la vida en una forma de autoexplotación que, paradójicamente, se romantiza sin cesar.

El ocio, ¿el mayor enemigo de la productividad?

Bajo la lógica moderna, cualquier momento de ocio se transforma en un dilema. Detenerse, contemplar o simplemente tomar un respiro parece un desperdicio de tiempo. Sin embargo, esto resulta contradictorio, pues durante siglos el ocio fue considerado la base de la creatividad y un pilar fundamental para el desarrollo humano, tal como lo planteaban los griegos con el concepto de scholé.

Scholé significa literalmente ocio, tiempo libre o descanso. Para los griegos, el tiempo libre no representaba una pérdida de tiempo, sino un espacio indispensable para el cultivo intelectual y la contemplación. La gran diferencia con nuestra época es que ahora ese tiempo libre parece necesitar una justificación constante.

Incluso se ha perdido parte del valor intrínseco de estos momentos. Ni siquiera el llamado ocio intelectual, actividades como leer, meditar o descansar, escapa a la lógica contemporánea. Frases como: leer para mejorar / meditar para ser más eficiente / descansar para rendir mejor, reflejan esta tendencia.

Son precisamente estos pequeños detalles los que contribuyen a muchas de las problemáticas actuales. Las actividades tradicionalmente asociadas al descanso buscan legitimarse mediante una lógica de rendimiento. Ni siquiera reposar constituye ya un fin en sí mismo; se ha convertido en un medio, una estrategia para afrontar mejor las exigencias futuras, algo preocupante incluso desde una perspectiva neurológica.

Numerosos estudios han demostrado que el ocio es fundamental para el correcto funcionamiento cerebral, el desarrollo neurológico y la conexión de ideas. También favorece la liberación de hormonas y neurotransmisores esenciales para el bienestar mental e incluso , paradójicamente, según la lógica dominante, para el rendimiento cognitivo.

Mientras la evidencia científica destaca la importancia de estos momentos de pausa, la cultura contemporánea parece empeñada en eliminarlos. En una sociedad que premia la productividad constante, el ocio corre el riesgo de convertirse en una actividad que siempre debe justificarse.

¿Cómo podemos solucionarlo?

Es importante reconocer que este tipo de problemas no surge de la noche a la mañana. Son tantos los factores que intervienen en este fenómeno que resulta imposible encontrar una solución única y definitiva. Sin embargo, podemos comenzar por tomar conciencia y actuar en consecuencia.

Debemos analizar aquellos hábitos que se nos han inculcado desde pequeños, preguntarnos por qué hacemos lo que hacemos y por qué decimos lo que decimos. Es necesario frenar esa obsesión por realizar algo «importante» en cada momento del día y aprender a disfrutar del presente y de aquello que este puede ofrecernos.

Vivimos en una sociedad sobreestimulada, confundida y cegada por el deseo constante de competir. Quizá sea momento de replantear nuestras prioridades y apostar por formas de convivencia más humanas.

Esto no significa caer en la pereza, abandonar nuestras responsabilidades o conformarnos con cualquier situación. Significa tomar un respiro, admirar la belleza de las pequeñas cosas y disfrutar de aquello que nos hace humanos.

Quizá deberíamos aprender, al menos por una vez, a ignorar esa voz que nos exige producir constantemente. Permitirnos reír más, descansar o simplemente vivir el presente. Tal vez esa sea la forma más auténtica de resistencia frente a la lógica de la productividad.

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