En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
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Descansar es desobediente

Número 21 / ABRIL - JUNIO 2025

Y cuidarse es punk

Picture of María Fernanda Lima

María Fernanda Lima

Escuela Nacional Preparatoria Plantel 9

El movimiento punk original irrumpió en la escena como una respuesta caótica y confrontativa frente a un sistema que asfixiaba a la juventud. Décadas después, el campo de batalla ha cambiado: hoy la rebeldía no solo se encuentra en el ruido, sino también en el silencio y en la negativa a ser explotados por un sistema que prioriza la productividad infinita sobre la salud humana.

En este contexto, la pregunta de la revista ¡Goooya! cobra todo su sentido: ¿cuidarnos es el nuevo punk?

 

La dictadura de la productividad

Vivimos en un entorno que nos quiere agotados y dóciles para asegurar su funcionamiento. Las cifras son contundentes: el estrés en las organizaciones alcanza una prevalencia del 75 %, convirtiéndose en una de las principales causas de baja laboral en diversos países. A esto se suma la presión de las redes sociales, donde la exposición constante a “vidas perfectas” y la dependencia de la validación externa —likes, comentarios y seguidores— alimentan la ansiedad y el fenómeno FOMO (miedo a perderse de algo).

No es fácil elegir el descanso cuando el sistema empuja en la dirección contraria. Factores como la pobreza laboral, que afectaba al 32.3 % de la población en México a finales de 2025, así como la inseguridad y la violencia, son detonantes estructurales que dificultan nuestra estabilidad emocional. Por ello, en un mundo que exige estar conectado las 24 horas del día y ser exitoso a toda costa, elegir el descanso puede convertirse en un acto de desobediencia.

 

Los pilares de la nueva rebeldía

Hablar de autocuidado como un acto “punk” puede parecer, en principio, una contradicción. Sin embargo, si entendemos el punk no solo como una estética o un género musical, sino como una postura frente al mundo, la relación se vuelve evidente. El punk siempre fue una forma de apropiarse de la propia vida cuando todo alrededor parecía imponer un único camino, rígido y asfixiante. Hoy, esa apropiación no ocurre únicamente en lo visible o lo estridente, sino también en decisiones mucho más íntimas y, paradójicamente, más difíciles de sostener.

En este sentido, la autogestión emocional se convierte en una versión contemporánea del Do It Yourself. No se trata únicamente de “sentirse bien”, sino de aprender a reconocer lo que nos atraviesa, establecer límites y tomar decisiones que no siempre coinciden con las expectativas del entorno. En un sistema que premia la sobreexigencia y castiga la pausa, decir “no puedo más” o “necesito detenerme” es, en sí mismo, un acto de resistencia. Es negarse a ser únicamente funcional.

Pero esta rebeldía no se limita al ámbito individual. También implica romper con el silencio que históricamente ha rodeado a la salud mental. Durante mucho tiempo, admitir vulnerabilidad fue sinónimo de debilidad. Hoy, hablar de ansiedad, terapia o agotamiento no solo representa un ejercicio de honestidad personal, sino también un desafío directo a los ideales de perfección que sostienen el sistema. Nombrar lo que nos ocurre es quitarle poder a aquello que se nos enseñó a ocultar.

A esto se suma una dimensión colectiva que con frecuencia se pasa por alto. El punk nunca fue completamente individualista; siempre estuvo atravesado por la comunidad, por la idea de que resistir también significa hacerlo junto a otros.

Bajo esta lógica, el autocuidado deja de ser una práctica aislada para convertirse en una responsabilidad compartida. Entender que nuestro bienestar está ligado al de quienes nos rodean cambia por completo la perspectiva: ya no se trata únicamente de “estar bien yo”, sino de construir entornos donde otras personas también puedan estarlo.

Así, la nueva rebeldía no necesariamente se grita en conciertos ni se escribe en las paredes. Se practica en lo cotidiano: al poner límites, pedir ayuda, acompañar a otros o elegir descansar cuando todo alrededor empuja a lo contrario. Es una rebeldía silenciosa, pero profundamente disruptiva.

 

De la trinchera individual a la colectiva

Entender la salud mental únicamente como un asunto individual es ignorar una parte fundamental del problema. No basta con aprender a gestionarnos mejor si las condiciones que nos rodean continúan siendo hostiles.

El bienestar no puede construirse en aislamiento, porque está profundamente atravesado por factores sociales, económicos y culturales que determinan nuestras posibilidades reales de estar bien.

Para un estudiante de la UNAM —y, en realidad, para cualquier persona— la salud mental depende tanto de sus recursos personales como del entorno en el que vive: la seguridad, la estabilidad económica, las redes de apoyo y el acceso a servicios de salud. En ese sentido, cuidarse no es un lujo ni un acto egoísta, sino una forma de resistencia frente a un sistema que muchas veces normaliza el desgaste.

Elegir el descanso, entonces, deja de ser una simple decisión personal para convertirse en una postura política. Es una forma de cuestionar la lógica que nos quiere siempre disponibles, siempre productivos, siempre al límite. Es negarse a aceptar que el agotamiento es el precio inevitable del éxito.

Sin embargo, esta resistencia no puede quedarse en lo individual. Si realmente queremos transformar la forma en que vivimos, es necesario llevar esta conversación al espacio colectivo. Desde la universidad, esto implica no solo fomentar el autocuidado, sino también exigir condiciones que lo hagan posible: espacios seguros, atención psicológica accesible y comunidades más empáticas.

Porque, al final, la verdadera rebeldía no consiste únicamente en sobrevivir dentro del sistema, sino en imaginar —y exigir— uno distinto. Un mundo donde descansar no sea un privilegio, donde pedir ayuda no sea motivo de vergüenza y donde el bienestar emocional sea reconocido como un derecho, no como una excepción.

Cuidarnos, en ese contexto, no solo es punk. Es necesario.

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