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Paz desde la memoria náhuatl

Número 20 / ENERO - MARZO 2026

Marcados por las heridas de la conquista

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Maria Fernanda Lima López

Escuela Nacional Preparatoria plantel 9 Pedro de Alba

La cultura de la paz, entendida superficialmente como ausencia de conflicto, pierde toda profundidad si no se analiza desde sus raíces éticas, históricas y filosóficas. En México, hablar de paz sin mirar la memoria de la conquista, el silencio impuesto sobre las lenguas originarias, la destrucción de las comunidades y la desigualdad estructural que aún persiste, es construir un discurso vacío.

Por ello, este ensayo se pregunta: ¿cómo se ha interpretado, desde distintas corrientes filosóficas, la relación entre justicia, comunidad y cultura de paz? Y, de manera fundamental para nuestro contexto: ¿qué puede aportar la identidad mexicana, marcada por la ruptura colonial pero también por una creatividad cultural inagotable, a la construcción de una auténtica cultura de paz?

Sostengo que México solo podrá construir paz si reconoce la herida colonial, si recupera la profundidad filosófica del pensamiento náhuatl y si reconstruye su comunidad desde la pluralidad, la memoria y la justicia estructural. La historia indígena no es un pasado muerto; es un camino ético vivo que aún nos guía.

Conquista, poder duro y ruptura del equilibrio

La conquista de México fue un acto de violencia militar, espiritual y epistemológica. No solo derrotó a un pueblo sino que intentó destruir su forma de comprender el mundo. Como suele afirmarse, “la historia la escribe quién gana” y ciertamente, la versión dominante fue redactada desde el tecpilahtolli, la palabra del poder.

Pero existe también el macehualahtolli, la palabra del pueblo, viva en textos como el Relato de la Conquista, los Anales de Tlatelolco, la Épica Náhuatl y el Nican mopohua. Allí no habla el vencedor, sino la herida, la resistencia y la verdad. Lejos de la narrativa europea que repitió que “los indígenas no resistieron”, los pueblos nahuas registraron una guerra feroz, organizada y profundamente dolorosa.

En el capítulo 60 del Relato de la Conquista se lee: “Que no luchen los mexicanos, que se deje en paz el escudo y la flecha… cuando se bajó el escudo con lo cual quedamos derrotados.”

Este fragmento, lejos de significar sumisión, revela la ética comunitaria del mundo náhuatl: preservar la vida antes que prolongar la violencia. No es cobardía: es responsabilidad. Es comprender que, en un mundo en desequilibrio (tlalticpac), la justicia consiste en proteger a la comunidad, no en sacrificarla inútilmente. La conquista no solo impuso un poder político: rompió el equilibrio filosófico del mundo. Y sin equilibrio, no puede haber paz.

Pensamiento náhuatl: justicia, verdad y comunidad

Para los nahuas, la justicia era equilibrio y la verdad (neltiliztli) era “lo enraizado”: aquello que nace del corazón verdadero (in ixtli in yollotl). La educación moral era la base del bien común; no se buscaba formar individuos autosuficientes, sino personas capaces de sostener el tejido social. En códices, cantos y discursos, aparece una filosofía comunitaria profunda: la vida solo tiene sentido con los otros. La justicia no era castigo ni venganza, sino equilibrio entre personas, con la naturaleza, con lo sagrado y con uno mismo

No existía el individuo aislado: existía el nosotros.

Y ese nosotros aún respira en la identidad mexicana contemporánea.

Resistencia simbólica y creatividad cultural: México no se dejó borrar

A pesar de la violencia colonial, México nunca fue totalmente evangelizado, occidentalizado ni homogeneizado. La llamada “conquista espiritual” no fue absoluta pues las comunidades practicaron una admirable resistencia simbólica, integrando deidades prehispánicas en iglesias, ocultando glifos en fachadas coloniales o mezclando rituales sin abandonar su cosmovisión.

Esta capacidad se llama agencia cultural: transformar lo impuesto sin perder lo propio.

Por eso afirmo: México no carece de talento; carece de reconocimiento y de confianza en sí mismo, heridas que solo sanan con memoria e identidad.

El colonialismo dejó una fractura interna que admira el pasado indígena pero se desprecia al indígena actual. Se presume la grandeza de Tenochtitlán, pero se ignoran los pueblos que la sostuvieron.

 

Lengua, machismo y desigualdad: estructuras que bloquean la paz

El español, impuesto como lengua de poder, trajo consigo estructuras patriarcales, jerárquicas y excluyentes. El machismo no es herencia indígena, es herencia colonial. La estructura lingüística y política implantada desde el siglo XVI generó desigualdades que todavía condicionan la vida de millones.

Por ello, la paz no puede construirse sin justicia social. Como sostienen las teorías igualitarias contemporáneas, la justicia exige reconocer los “hechos fundamentales” que producen desigualdad estructural donde la neutralidad estatal nunca es suficiente para equilibrar oportunidades. Dicho de otro modo, la paz requiere memoria, no indiferencia; reconocimiento, no negación; redistribución, no discursos vacíos.

Jean-Luc Nancy y la comunidad contemporánea

La filosofía de Jean-Luc Nancy ilumina la condición mexicana actual. Para él, una comunidad auténtica no es uniforme ni cerrada, sino exposición al otro, aceptación de la multiplicidad y la fragilidad compartida. La conquista fue lo contrario, una imposición de una sola verdad.

México, en cambio, es la prueba viviente de que la comunidad puede ser plural, resistente y creativa, ejemplo de un espacio donde las diferencias no se borran, sino que conviven.

El temblor y el nosotros: el ethos mexicano

Existe un rasgo profundamente mexicano que demuestra que el espíritu comunitario náhuatl no desapareció y es que cuando tiembla, todo México se levanta. No importa el barrio, la ideología, la edad o la clase social, la gente sale a ayudar. Ese impulso de comunidad no proviene de la modernidad neoliberal sino de una raíz mucho más antigua.

Proviene del macehualahṭōlli, la palabra del pueblo hecha acto.

Proviene del nosotros que funda el equilibrio.

Esa fuerza colectiva es el fundamento más profundo de la paz posible.

Las concepciones filosóficas sobre justicia, bien común y paz, desde el pensamiento náhuatl hasta las teorías contemporáneas, coinciden en que la paz no es ausencia de violencia, sino presencia de justicia, memoria y comunidad. Para los pueblos originarios, la verdad y la justicia nacían del equilibrio; para Nancy, la comunidad se construye en la pluralidad; para las teorías igualitarias, la justicia exige reconocer desigualdades históricas.

México, marcado por la herida de la conquista, solo podrá construir su paz si recupera su memoria, si honra su pluralidad y si reconstruye el nosotros que ha sostenido a este pueblo desde sus orígenes. La paz nacerá, finalmente, cuando dejemos de negar nuestras raíces y aprendamos a caminar de nuevo con rostro y corazón verdaderos.

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