En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
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Formación estéril

Número 21 / ABRIL - JUNIO 2026

El costo invisible de las profesiones de la salud

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Elías Samuel Barbosa Juan

Facultad de Estudios Superiores (FES) Zaragoza

Este escrito no nace de la nostalgia, sino de la sospecha, inclusive de una preocupación.

Actualmente estoy por egresar. En teoría, estoy a punto de convertirme en alguien que

“salva vidas”. Quizá no de la forma tradicional en que lo hace un médico, sino operando tras

bambalinas. Hasta aquí, la idea suena imponente, brillante, prácticamente heróica. Pero si

la desarmamos, salvar implica que algo estuvo a punto de perderse. Y eso, en nuestra

formación, se traduce en números. 

Aunque hablo desde la química, esto no es exclusivo del laboratorio. Le pertenece a

cualquiera que aspire a ejercer una profesión relacionada con la salud, en cualquier facultad

del país o en cualquier hospital del mundo.

Me gustaría mencionar un par de preguntas incómodas: ¿el apego a la vida humana nos vuelve imprecisos? ¿Para salvar una vida es necesario despojarse primero de su significado? Hay otra pregunta que rara vez se hace en voz alta: ¿qué pasa con la salud mental de quienes se preparan para cuidar la de otros?

Volvamos al principio. Iniciamos nuestra vocación trayendo con nosotros historias personales. En algunos casos, con pérdidas de personas queridas. Esto influye en nuestra convicción de que ayudar a otro es el acto más profundamente empático y humano que existe. El primer día vestimos una bata nueva, de un color blanco casi deslumbrante, prácticamente solemne, y nos maravillamos con equipos que aún no entendemos. Creemos que entramos a un espacio donde la ciencia y la compasión conviven sin conflicto. 

Sin embargo, aprendemos rápido a corregir el lenguaje: ya no es sangre, es muestra; ya no es un cuerpo, es material biológico; ya no es muerte, es un fallo terapéutico. El sufrimiento se convierte en efecto adverso y la incertidumbre en margen de error.

Y lo más importante es que aprendemos a corregirnos a nosotros mismos. Celebramos prácticas impecables sobre casos clínicos simulados que terminan en fallecimiento. En nuestra formación aprendemos a aplaudir la técnica, no el desenlace. Nos evalúan la precisión, no el temblor en las manos. Y llegado este punto entendemos algo fundamental: dudar contamina; titubear retrasa y sentir distrae. La empatía no se evalúa en un examen práctico.

La precisión no admite lágrimas, agotamiento o ansiedad. No nos enseñan a ser fríos —no pretendo que eso sea lo que se entienda—; se nos enseña a ser exactos. Pero la exactitud exige distancia, no obstante, esta repetida durante años, termina pareciéndose demasiado a la indiferencia.

Con el tiempo la vida se vuelve cifra, concentración plasmática, porcentaje de eficacia, probabilidad de supervivencia. Hablamos de riesgos con una naturalidad que estoy seguro habría perturbado a nuestra versión de primer semestre, ya que discutimos la muerte en términos estadísticos. Sin embargo se nos enseña a hacerlo bien, demasiado bien.

Aquí es en dónde radica la ironía: elegimos esta carrera porque la vida nos importa demasiado, pero en el proceso aprendemos a hablar de ella como si fuera una variable controlable. No solo eso, también aprendemos a tratarnos a nosotros mismos de la misma manera. 

Por otra parte, las horas de sueño reducidas a rendimiento, la ansiedad convertida en disciplina, el cansancio disfrazado de compromiso, hacen que nuestra salud mental se vuelva irrelevante. No es que no duela, es que no podemos permitirnos que duela en el momento incorrecto. Es por ello que construimos una versión funcional de nosotros mismos. Una que no tiembla al interpretar resultados críticos, que no se quiebra al comunicar un pronóstico incierto, que entiende que un decimal mal colocado puede ser más letal que cualquier emoción. Pero esa versión de nosotros mismos tampoco descansa, procesa o pregunta si está bien. ¿Eso es madurez profesional o es anestesia?

Lamentablemente por más que quisiera cerrar con una respuesta a cada una de estas preguntas, dado que no soy capaz de dar una respuesta que no pueda resultar burda, o que al menos sea lo suficientemente amplia para tranquilizar a cualquier estudiante del área

de la salud, quisiera decir que todo es equilibrio, que la vocación permanece intacta bajo la

bata. Aunque no estoy seguro.

Tal vez no nos volvimos fríos. Tal vez aprendimos a encapsular lo que sentimos para no rompernos. O tal vez llevamos tanto tiempo conteniéndonos que ya no sabemos cómo dejar de hacerlo. Entonces la pregunta deja de ser académica y se vuelve personal: cuando finalmente ejerzamos, cuando tengamos frente a nosotros algo más que una muestra etiquetada, ¿recordaremos por qué empezamos? ¿O la formación habrá sido tan estéril que no solo habrá filtrado el error, sino también cualquier rastro de nosotros mismos. 

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