En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
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La utopía del bienestar emocional

Número 21 / ABRIL - JUNIO 2025

El mito de estar bien

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Sebastián Alberto Luján Rodríguez

Facultad de Medicina

De unos años para acá, uno de los temas más discutidos ha sido la salud mental: sanar, trabajar en uno mismo, aprender a gestionar las emociones. Pero ¿es este un estándar real o simplemente una narrativa aspiracional revestida de positivismo?

Se ha vendido una imagen en la que cuidar la salud mental se ve aesthetic, atractiva y sencilla. Sin embargo, la realidad es muy distinta.

El concepto de salud no engloba únicamente el bienestar físico. Como se aborda en el libro La salud pública y el trabajo en comunidad, la salud está compuesta por tres esferas fundamentales que se retroalimentan entre sí: la biológica, la psicológica y la social. Cuando una de ellas se encuentra en desequilibrio, las demás también se ven afectadas. Una vez entendido esto, surge una pregunta inevitable: ¿existe realmente una persona completamente sana? Probablemente no. Todos estamos condicionados, en mayor o menor medida, por nuestro entorno, nuestra genética y nuestros hábitos.

El bienestar emocional no es como internet suele mostrarlo: un espacio donde todo es amor, paz, ejercicio y felicidad permanente. Tampoco consiste en mantener una actitud positiva a toda costa. En realidad, la salud mental es un proceso complejo, lleno de emociones que no siempre son agradables. Sanar y trabajar en uno mismo implica atravesar momentos dolorosos y profundamente sensibles.

Además, este proceso rara vez es lineal. Puedes sentir que avanzas y que todo mejora, para después encontrarte llorando, frustrado o sintiendo que el mundo se desmorona entre tus manos. En el camino se transforman relaciones amorosas, amistades, vínculos familiares e incluso aspectos de nuestra propia identidad. Hacerse responsable de las propias acciones y emociones es un acto de valentía, porque exige reconocer aquello que no podemos cambiar y actuar sobre lo que sí está en nuestras manos. También implica tolerar la frustración cuando las cosas no salen como esperamos, aprender de la experiencia y volver a intentarlo. Es una especie de ruleta rusa emocional que nos mantiene frente a la incertidumbre, sin saber qué nos espera, pero obligándonos a seguir creciendo.

A esto se suman los determinantes sociales de la salud. Las condiciones y formas de vida, abordadas también en La salud pública y el trabajo en comunidad, desempeñan un papel fundamental en la construcción de hábitos emocionales saludables. Claro que hacer ejercicio, mantener una alimentación equilibrada y dormir bien favorecen la salud mental. Pero conviene preguntarse qué tan accesibles son estas recomendaciones para quien vive en la periferia, pasa cinco horas al día en transporte público, sobrevive con cincuenta pesos diarios y regresa agotado a casa. Reducir el discurso de la salud mental a hábitos individuales es invisibilizar muchas realidades.

Tampoco podemos ignorar que vivimos en una época de sobreestimulación digital. El artículo Mental Health and Justice Beyond Borders: Global Crises, Sociopolitical Determinants, and Contemporary Practices in Forensic Psychiatry, publicado en 2024, analiza cómo la exposición constante a la información nos conecta en tiempo real con guerras, crisis económicas, conflictos sociopolíticos, problemas ambientales y situaciones de inseguridad. Esta hiperconexión puede generar miedo, incertidumbre, tristeza y preocupación, afectando directamente el bienestar emocional de las personas, incluso cuando los acontecimientos ocurren a miles de kilómetros de distancia.

Cargar con todas estas presiones y, además, enfrentar problemas personales puede sentirse como nadar contra la corriente. A veces simplemente nos cansamos y dejamos que el agua nos arrastre. Por ello, ante el surgimiento de nuevas necesidades emocionales, se requieren respuestas más proactivas y adaptativas. El trabajo interdisciplinario y el desarrollo de estrategias acordes con los desafíos contemporáneos resultan fundamentales para ofrecer apoyo equitativo a quienes lo necesitan.

Quizá el nuevo punk consista precisamente en eso: en encontrar motivos para disfrutar de las pequeñas y grandes cosas aun cuando todo parece estar en contra. En seguir adelante cuando el sistema parece empujarnos a abandonar. Porque, en contextos adversos, la alegría también puede ser una forma de resistencia.

La nueva rebeldía está en vivir plenamente, en conservar la esperanza y en luchar por nuestros ideales, tanto de manera colectiva como individual. Está en resistir buscando bienestar y paz en medio de un mundo caótico.

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