A ellas
Por: Kiara Dominique Galarza Ledesma
Las mujeres que amamos nos moldean
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
Si me inquieren acerca del amor de las mujeres y su huella en mi vida, respondería primeramente con un nombre: Sofía, la arquitecta de mi universo, quien me materializó: “celulita por celulita”, como le gusta decir cariñosamente.
No bastaría con hablarte acerca de la lucidez de su mente. Tendría también que ahondar en la mirada gentil que dirige al mundo, y en el cuidado que extiende hacia todos los seres vivos, así como en la paciencia inagotable con la que me edificó. Podría relatar historias de mi infancia, en las que, con preocupación contenida, me observaba trepar árboles, practicar deportes de contacto y romperme un par de huesos en el camino.
En lugar de detenerme, esperaba siempre atenta con gasas, agua oxigenada y un kit de sutura. Qué prácticos resultaron, al final, todos sus conocimientos en medicina con una hija como yo. “El dolor es parte de vivir, aprende tus límites por ti misma. No existe el castigo, solo las consecuencias.”
La conciencia oceánica de mi niñez dio paso a la formación de un “yo” más delimitado, y ahora intuyo que el retorno a esa unidad será la labor de toda una vida. Pero hay un tiempo para todo, y a mi invierno siguió la primavera, de la mano de otros nombres, cada uno con nuevos matices y aprendizajes distintivos.
Tropecé con Valeria en el campus durante el primer semestre de la carrera. Aquel día yo estaba extasiada, ansiosa: buscaba un rostro particular entre la multitud. Me acerqué a formularle una descripción vaga; más que una respuesta puntual, deseaba otros ojos, alguien sin la mente nublada por el desorden que dejan tras de sí las infatuaciones de la juventud.
Ese fue el inicio de una intimidad construida por incontables momentos cotidianos: platillos compartidos, anécdotas relatadas y películas vistas. Ella permanece un oasis de quietud, un reposo al alma, mi sorpresa más grata. En una ciudad empeñada en el performance de la productividad, nos elegimos para descansar juntas.
Meses después, mientras atravesaba una época turbulenta, me encontré con una adorable criatura de cabellos azules, tan fantástica que uno podría jurar que había salido de un libro de cómics: Ángela. Recuerdo sus preguntas y la cadencia de su voz, que se volvería tan familiar para mí con el pasar de los años. Recibí nuestra primera reunión como un síntoma de que mi suerte empezaba a cambiar.
Hay momentos que parecen suspendidos en la memoria, tan vívidos como el día en que ocurrieron, aunque entre ese instante y el momento de evocarlos se interpongan años. Así fue conocer a Zara: supe que la amaría en el segundo en que apoyé la mirada en su figura. Toda la contención que desprendían sus gestos me intrigaba; me encontré deseando profundizar, gravité a su lado como obra de algo que tenía que ser. Lentamente aprendí a decodificar sus miradas y conocí las expresiones vehementes que profería a ratos.
Sosteniendo sus manos a través de pasillos largos y aparentemente infinitos reiteré lo sagrado de hacer valer la confianza depositada en uno. Pensé en cómo encuentras fuerza siendo fuerte por otros. “No tengas miedo, estoy aquí, estaré aquí todo el tiempo, no dejaré que te pierdas o te lastimes.”
El verano vio florecer nuevos afectos, vivaces y deslumbrantes. Suspiros de vida para una academia que tan a menudo sobrepone voces masculinas. Me encontré compartiendo aulas con Xime, Nat, Fer, María, Dafne, Monse, Jimena y Merit, perpetuamente maravillada por sus inquisiciones, la agudeza de sus comentarios y su voluntad para crear nuevas realidades.
Mi madre me dio un lugar al que volver; mis amigas y mis hermanas me han dado horizontes por explorar. Entre el desconcierto colectivo que atravesamos como sociedad y la desolación que por momentos parece abrumadora, elijo anclarme a la certeza del cariño que compartimos y la comunidad que construimos.
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