En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
Mirel Anaid Correa Franco / Colegio de Ciencias y Humanidades Plantel Oriente

La descomposición del “yo colectivo”

Número 21 / ABRIL - JUNIO 2025

Hacia una resistencia biopsicosocial

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Obed Joao da Silva Botello

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales

Es evidente que nos encontramos ante una crisis compleja de la estructura del sujeto y las formas de relacionamiento social. Estamos ante una saturación informativa y una crisis de conectividad que engrandece la problemática. La vida cotidiana se ha reconfigurado a través de dispositivos que moldean de forma permanente la experiencia humana. El “yo” moderno ha dejado de construirse de manera progresiva a partir de la interacción con el otro —la conversación, el conflicto y el encuentro han perdido centralidad—, para orientarse, en cambio, hacia una búsqueda obsesiva de sí mismo en un reflejo digital que proyecta una realidad distorsionada.

 

Éste fenómeno social no es superficial o meramente cultural, se trata de una transformación estructural de la subjetividad del “yo” que se erosiona por medio de la fragmentación de las bases axiológicas de la empatía, la solidaridad y la comunidad política. El individuo se encuentra esclavo de un ciclo de autoobservación y enjuiciamiento permanente, donde su valor se mide por medio de métricas efímeras: likes, visualizaciones, comentarios y seguidores. La subjetividad del “yo” se ve cuantificada por el impacto en las redes sociales.

 

En este contexto, puede referirse de forma metafórica a un cáncer colectivo: la exacerbada proliferación desordenada de identidades hiperindividualizadas que, a la par, buscan reconocimiento constante, la capacidad de reconocerse mutuamente y crear una conexión genuina. La sociedad está llena de voces que hablan sin escucharse.

 

Byung-Chul Han en su diagnóstico resulta acertado al describir dentro de la Sociedad del cansancio que hemos transitado desde una sociedad disciplinaria, construida a partir de las prohibiciones externas, hacia una sociedad del rendimiento, caracterizada por la autoexplotación —desde todas las dimensiones—. Ya no solo somos oprimidos por una autoridad visible y tangible, sino que el sujeto contemporáneo se autoimpone una lógica de optimización del cuerpo, basada en la productividad y la imagen, orientada hacia una concepción de la felicidad entendida como rendimiento constante, maximización del bienestar individual y validación social permanente.

 

Este cambio transforma radicalmente las patologías sociales. La modernidad industrial se encontraba marcada por enfermedades inmunológicas —afecciones provocadas por agentes externos, que se combaten en el interior del cuerpo—, ahora la sociedad contemporánea se encuentra dominada por enfermedades neuronales, entre ellas: la depresión, la ansiedad, el agotamiento crónico, los trastornos de atención, entre otros. El enemigo ya no es externo, sino interno. No es un otro que ataca, sino ahora son los excesos de estímulos, las expectativas y las posibilidades que saturan la psique del ser.

 

De la biopolítica a la infopolítica

 

Para discernir los mecanismos de poder que fundamentan la configuración social, es crucial analizar la evolución histórica de las tecnologías de control. En la modernidad, como lo explicó Foucault en Vigilar y castigar, el poder se ejercía por medio de instituciones disciplinarias, ya sea la escuela, la fábrica, el hospital o la presión. Instituciones que organizaban el tiempo, el espacio y los movimientos de los cuerpos, produciendo un “yo colectivo” obediente por medio de la vigilancia constante. Este régimen social es lo que el autor denominó como biopolítica, el conjunto de técnicas, mediante las cuales el poder se ejercía para administrar la vida de las poblaciones.

 

En contextos de violencia extrema, esta visión se radicaliza hacia la perspectiva de la necropolítica de Achille Mbembe. En esta postura la capacidad del poder soberano de decidir quién puede vivir y quién debe morir, se expande a límites irracionales. El control no se limita a la disciplina de cuerpos productivos, sino a establecer zonas de exclusión donde las vidas se consideran prescindibles. Exacerbando el proceso de marginación en las fronteras militarizadas, las periferias urbanas o los territorios atravesados por los regímenes de muerte. No obstante, en el siglo XXI se introduce una transformación adicional. Los límites del poder trascienden de lo físico al campo de lo metafísico, donde los individuos voluntariamente producen la información que permite anticipar cómo dirigir su propio comportamiento. El control se desplaza hacia el dominio de los datos. 

 

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han en Infocracia critica el régimen en que vivimos, donde el dato se convierte en el nuevo instrumento de dominación del “yo colectivo”. Los algoritmos se utilizan como armas para el análisis de patrones de comportamiento, preferencias de toda índole y la gestión de emociones para dirigir la atención con determinados fines de ingeniería social, proceso que moldea deseos y predice acciones. Ahora basta con que se oriente el flujo de la información para que la sociedad elija aquello que el sistema espera de ellos. 

 

El enjambre digital: La descomposición del “yo colectivo”

 

En su obra En el enjambre, Byung-Chul Han argumenta que las redes sociodigitales han alterado la forma de agrupación política de los individuos. Durante el siglo XX, la movilización social se orquestaba por medio de la lógica de masa. Multitudes que, a pesar de la heterogeneidad, articulaban demandas comunes para actuar como un “yo colectivo” frente a la opresión del sistema. La modificación radica en la carencia de la capacidad de articulación social. La sociedad se encuentra compuesta por individuos aislados que reaccionan simultáneamente a estímulos informativos, sin construir una dirección común. La interacción se ve reducida a impulsos banales como: comentar, compartir y reaccionar. Acciones que generan la ilusión de participación política. 

 

Por lo anterior, la diferencia es sustantiva. Mientras la masa cuenta con la facultad para construir instituciones que transforman la realidad física, el enjambre digital se encarga de fragmentar a través del ruido para evitar la formación de un bloque contra hegemónico. Tristemente este fenómeno genera un aislamiento social, en donde los individuos hiperconectados por medio de la tecnología, cada vez se dispersan más de los vínculos comunitarios reales. En consecuencia, la sociedad se trocea en millones de microesferas de atención, donde cada individuo consume contenidos personalizados, finalizando con el debilitamiento de la realidad, y con ello, la posibilidad de construir una verdadera democracia.

Hacia una resistencia biopsicosocial

 

Frente a este panorama de incertidumbre, la resistencia no sólo puede limitarse a reformar estructuras económicas o regular espacios tecnológicos. La transformación abarca adentrarnos en la profundidad del ser para reconfigurar la visión sociocultural de la sociedad. Retomando la noción de hegemonía de Gramsci, el poder no se sostiene únicamente por la cohesión política o el control económico, sino que a través de los consensos culturales se define lo que una sociedad considera como normal, deseable o inevitable.

 

Resistir la lógica de la sociedad del rendimiento, en donde se canalizan aspectos de hiperproductividad y disponibilidad permanentes, implica disputar el sentido común. Un aspecto fundamental en este proceso es la alfabetización digital para la formación del pensamiento crítico. No sólo se trata de comprender y utilizar las tecnologías como una herramienta, sino de canalizar su función dentro de la estructura algorítmica y su impacto en la organización de la información. Comprender lo anterior ayuda a delimitar los mecanismos de autonomía frente a la captura de la atención.

 

Asimismo, la resistencia debe construirse a través de la vida cotidiana. Debemos recuperar espacios físicos de encuentro, como lo son las comunidades, los barrios y los colectivos para contrarrestar el aislamiento del enjambre digital. Las experiencias compartidas son cruciales para construir sujetos políticos activos conscientes de sí mismos. La tarea radica en defender el descanso, el silencio, el tiempo y la convivencia para garantizar una sociedad organizada contra el status quo digital que tanto daño nos hace desde lo personal hasta lo externo.

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La descomposición del “yo colectivo”

2 Responses

  1. Excelente análisis político y social sobre la individualidad de pensamiento. Concuerdo en que es necesario volver a tener interacciones sociales reales, no únicamente formar vínculos digitales que nos impiden observar la realidad actual. ¡Qué buen artículo!

  2. Em bom momento: proposição que nos regressa ao corpo físico, ao mundo concreto. Mui necessário para uma analogia, uma ponte do equilíbrio, aqui e agora para o religare humano. Uma alerta.

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