En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
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Maria Fernanda Garcia Camacho / Facultad Ciencias Políticas y Sociales

Cuidarse no es aesthetic

Número 21 / ABRIL - JUNIO 2025

Sin entender la desigualdad, no hay bienestar

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Andrea Flandes

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales

A mis 21 años he aprendido a nombrar mi cansancio. En una ciudad donde la vida no se detiene y el ritmo cotidiano es cada vez más demandante, hablar de cómo nos sentimos suele quedar en segundo plano. Con el paso del tiempo comprendí que el interés por la salud emocional no siempre es una posibilidad, sino, muchas veces, un privilegio.

En contraste, en redes sociales el cuidado emocional suele presentarse como una elección individual, accesible y casi estética, como si “sanar” fuera una meta alcanzable para todos por igual. Sin embargo, en muchas de las realidades que habitamos, hablar de salud mental sigue siendo un lujo. No porque no exista el malestar, sino porque no siempre existen el tiempo, el dinero, la energía, los espacios seguros o las condiciones materiales que nos permitan siquiera nombrarlo.

Durante los últimos años, el discurso sobre la salud mental ha ganado una presencia inédita. Frases como “elige tu paz”, “pon límites”, “ir a terapia también es amor propio” o “ten responsabilidad afectiva” circulan con facilidad. Aunque esto ha contribuido a romper ciertos tabúes, también ha construido un imaginario problemático: la idea de que la salud emocional es un proyecto personal que depende exclusivamente de la voluntad individual. En este relato, sanar parece una decisión, no una posibilidad condicionada.

“Ir a terapia” se ha convertido en una respuesta casi automática ante el cansancio, la tristeza o el enojo. No obstante, pocas veces se cuestiona qué implica realmente poder hacerlo. La terapia cuesta dinero, tiempo y estabilidad emocional; requiere detenerse en un mundo que constantemente exige productividad. No todas las personas pueden ausentarse del trabajo, pagar una consulta semanal o sostener un proceso terapéutico prolongado. Aun así, el discurso dominante insiste en presentar la salud mental como una responsabilidad individual, desligada de las condiciones estructurales que producen el malestar.

Esta romantización del autocuidado no es inocente. Al colocar el énfasis en el individuo, se despolitiza el sufrimiento y se ocultan las causas sociales que lo generan: la precariedad laboral, la sobrecarga académica, la violencia cotidiana —y su normalización—, la incertidumbre económica. No estamos agotados porque no sepamos respirar profundo; estamos cansados porque el mundo que habitamos no se detiene. Sin embargo, el discurso del bienestar insiste en que la solución está en nosotros mismos, como si sanar fuera una meta personal, lineal y alcanzable para cualquiera.

Hablar de la salud mental como un privilegio no significa negar la importancia de la terapia ni invalidar a quienes han encontrado en ella un espacio de cuidado. Significa reconocer que el acceso al bienestar emocional está atravesado por desigualdades profundas. No se vive igual el malestar cuando se cuenta con una red de apoyo que cuando se enfrenta en soledad; cuando hay recursos económicos que cuando apenas se llega a fin de mes; cuando existe un entorno que escucha que cuando se exige silencio, resistencia y aguante constante.

Desde la universidad, esta contradicción se vuelve evidente. Aunque existen esfuerzos institucionales por atender la salud mental del estudiantado, estos suelen ser insuficientes frente a la demanda real. Servicios saturados, largas listas de espera y pocos espacios de acompañamiento hacen que el cuidado emocional se viva más como una excepción que como un derecho garantizado. La buena intención no siempre alcanza cuando las condiciones estructurales siguen sin transformarse.

En este contexto surge la pregunta que atraviesa este número: ¿cuidarnos es el nuevo punk o solo el nuevo aesthetic? Tal vez pueda ser un acto de rebeldía, pero únicamente si entendemos el cuidado más allá del consumo de bienestar. Cuidarnos no es solo asistir a terapia ni repetir frases motivacionales; es acompañarnos, escucharnos y construir redes que sostengan. Es también incomodarnos y reconocer que el malestar no siempre se resuelve hacia adentro, sino que muchas veces exige una respuesta colectiva.

El verdadero acto de rebeldía no está en romantizar el autocuidado, sino en politizarlo: en dejar de exigirle a las personas que se adapten a condiciones que las enferman y comenzar a cuestionar los sistemas que producen ese desgaste. Cuidarnos también implica exigir mejores condiciones de vida, espacios seguros y políticas que reconozcan la salud mental como un derecho y no como un privilegio.

Mi historia de cuidado emocional, como estudiante de Relaciones Internacionales, no es una narrativa de sanación lineal. No siempre puedo detenerme, no siempre puedo escucharme ni priorizarme. Muchas veces, cuidar es simplemente resistir: sostener a quienes queremos y dejarnos sostener cuando es posible. En esos gestos cotidianos, imperfectos y colectivos, encuentro una forma de cuidado que no cabe en un reel ni se vuelve tendencia en TikTok.

Tal vez el verdadero aesthetic no sea hablar de salud mental, sino construir un mundo en el que hacerlo no dependa del privilegio. Prefiero llamarlo de otra manera: una responsabilidad compartida.

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