En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
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Mujeres, (mal) diagnóstico y encierro

Número 21 / ABRIL - JUNIO 2025

La locura también tuvo género

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Miroslava Ramos Cárdenas

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales

Nadie nunca ha deseado terminar en un psiquiátrico, o tal vez sí. Tal vez, en una época donde la concientización respecto a la importancia de la salud mental y emocional ha permitido que las personas reconozcan la necesidad de llevar un tratamiento clínico que les permita resguardar su integridad y llevar una vida plena y segura, lo cual es maravilloso para dicha persona y su entorno. Sin embargo, si eras una mujer en siglos pasados, existía una enorme posibilidad de que, al menor cambio de comportamiento e incumplimiento de los estándares de género, terminaras recluida en contra de tu voluntad en algún hospital para tratar tu aflicción.

Desde el Hospital del Divino Salvador en la Nueva España, pasando por La Castañeda en el siglo XX, hasta los hospitales psiquiátricos modernos, el acceso a la atención médica de calidad para las pacientes no solo ha sido condicionado por cuestiones económicas, sino también de género, puesto que la medicina, tanto en su estudio como en su práctica, históricamente ha sido inequitativa. Si el objeto de estudio y el investigador son figuras masculinas, es de esperarse que los protocolos, tratamientos y parámetros de diagnóstico estén estandarizados para pacientes masculinos, creando así una brecha para las mujeres. Tal vez ese es el motivo por el cual un 80% de mujeres con autismo no son diagnosticadas hasta la vida adulta, en comparación con los hombres, a quienes se les proporciona el mismo diagnóstico en la infancia, entre los 5 y 10 años de edad.

La detección y el procesamiento de condiciones que influyen en el bienestar mental están fuertemente entrelazados con los roles de género. Siguiendo con el ejemplo del autismo, mientras que un niño llega a exteriorizar dicha condición con hiperactividad y agresión, estadísticamente hablando es más probable que una niña interiorice sus síntomas y termine desarrollando ansiedad y depresión desde una edad temprana, teniendo que aprender a camuflar estos malestares para socializar con pares y adultos.

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