En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
Angel Eduardo Bernal Cruz / Escuela Nacional Preparatoria 6 Antonio Caso

La prisión de los espejos rotos

Número 21 / ABRIL - JUNIO 2025

La urgencia de la salud mental en la era digital

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Jesús Gabriel Rosas Navarrete

Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) Sur

La propia naturaleza del estar vivo es, por sí misma, un milagro probabilístico construido sobre incontables casualidades (o causalidades) que desembocan en última estancia en la creación de un individuo y la posterior conciencia del ser. Así pues, somos un milagro que no pidió ser ejecutado. Y esto mismo sienta las bases de un futuro incierto en el que se busca encontrar razón a una existencia sin motivo; que inevitablemente nos llevará a lidiar durante todo nuestro existir con el mayor enemigo al que nos enfrentaremos: una sombra que nos sigue a donde quiera que vayamos, un espectro del alma: nuestra propia mente. 

La misma conciencia que nos da el privilegio de sentir la belleza más pura es también la herramienta de tortura más inmunda. Por ello la salud mental es una necesidad acuciante y primordial para cada uno de nosotros ya que, así como la muerte, la mente representa aquello de lo que no podemos escapar.

De este modo, la búsqueda de un bienestar mental se presenta como un objetivo intrínsecamente humano, ligado al inexplicable pero puro deseo de vivir. Sin embargo, en la cúspide de la crueldad de un mundo infestado por el virus capitalista, esta búsqueda se torna una pesadilla en la cual cualquier ápice de humanidad se ha erradicado en favor de la capitalización del individuo. Así, las redes sociales emergen como el vástago predilecto de la deshumanización; lo que los religiosos llamarían el “Anticristo” es, en realidad, una red de convivencia que se exhibe como el epítome de la conexión humana, una fachada disfrazada de esperanza que oculta a la máquina de producción más eficiente jamás creada.

Habitualmente se critican las redes sociales por lo adictivas que son, centrándose en cómo destruyen de manera paulatina la capacidad de retención o de razonamiento. Pero realmente las afectaciones de estos espacios digitales van más allá de esto, trascienden los paradigmas convencionales de racionalización, son algo más lesivo hacia la sima más honda del ser. Kant decía que no vemos el mundo como es, lo vemos como somos, y las redes se aprovechan de ello para bombardearnos con un bagaje de contenido vacío que según sus algoritmos queremos ver. Nos muestran estilos de vida irreales a los cuales “debemos” aspirar, productos que dan prestigio y que “debemos” tener. Nos muestran una realidad llena de idilios inalcanzables, un mundo espurio que se adopta como estándar; una irrealidad que no hace más que conducir directo a los miedos más prístinos de la humanidad: la insuficiencia, la soledad y el olvido.

Así, las redes tejen una prisión de espejos rotos alrededor del yo; hilos de miedo y agujas de odio confeccionan fragmentos de realidades ajenas, trazando círculos de una autorrealización imposible. Son ciclos que imponen la hiperproductividad como única vía hacia el éxito: una exigencia constante de producir, de “aportar” algo a cada instante —likes, vistas, trabajo y, sobre todo, tiempo—. El recurso más invaluable que poseemos se entrega a este pacto fáustico a cambio de la amarga ilusión de una meta que se desvanece en su propia incertidumbre.

Se nos ha adoctrinado para huir del silencio, para escapar de la introspección y de aquellos momentos en los que lo único que se escucha es el murmullo suave, pero penetrante, de aquello que quizá no queremos oír. En la era del rendimiento, la quietud se presenta como la mayor inmundicia del ser humano: un pecado imperdonable o una patología que debe erradicarse. Así hemos construido una sociedad que suele compararse con 1984, de George Orwell, pero que en muchos sentidos se asemeja más a Un mundo feliz, de Aldous Huxley. En la distopía de Huxley, la estabilidad social descansaba en el consumo y en la supresión del sufrimiento; hoy, nuestra “estabilidad” emocional depende de un flujo ininterrumpido de estímulos que nos impide habitar la tristeza y, paradójicamente, experimentar la felicidad. Porque, al final, ¿qué es la felicidad más pura sino el relieve que emerge sobre la congoja más honda?

La tragedia más perniciosa de nuestra era quizá consista en haber caído bajo el dominio de un régimen tan abrumador que ha echado raíces en lo más profundo de la sociedad: un mundo que baila al compás del capital y obedece a sus exigencias; donde se abdica del yo para satisfacer los ideales de una colectividad sumida en el mismo caos. Todos nos convertimos en seres trágicos que aprenden a rechazarse mutuamente mientras intentan aprehender un yo al que no se le permite existir plenamente.

Sin embargo, entre las ruinas de un mundo mohíno, la esperanza persiste como una fuerza que busca imponerse sobre el desastre. Tal vez el acto más revolucionario de nuestra época consista en desconectarse por un instante, mirar hacia los rincones más incómodos y profundos de la conciencia y permitirse sufrir con la misma intensidad con la que se desea vivir: atravesar la tristeza más profunda para, eventualmente, abrazar la felicidad más pura.

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