La utopía del bienestar emocional
Por: Sebastián Alberto Luján Rodríguez
El mito de estar bien
Facultad de Artes y Diseño
Facultad de Artes y Diseño
El presente texto reflexiona, desde el sentipensar, acerca de la salud mental. Sin duda, se trata de un tema complejo que puede analizarse desde múltiples aristas, ya que involucra diversos aspectos sociales e individuales, además de estar vinculado con problemáticas transgeneracionales, culturales, políticas y de género, entre otras. En este sentido, lo que comparto desde mi experiencia personal articula una serie de preguntas con la finalidad de abrir un espacio de reflexión.
Algunas preguntas iniciales son: ¿cómo influye nuestro entorno social y personal en nuestra manera de pensar y sentir?, ¿nuestras redes de apoyo son benéficas o perjudiciales?, ¿hasta qué punto la salud mental puede sostenerse en compañía de nuestra tribu y en qué medida es necesaria la introspección para construir una brújula interna que permita la autorregulación?
En una sociedad individualista, atravesada por la soledad, reconocer y tejer vínculos saludables se vuelve un acto de rebeldía. A la vez, resulta necesario cuestionarnos sobre las relaciones que construimos: cómo nos vinculamos, de qué manera se establecen los límites y patrones, cómo confiar, pero también cómo reconocer aquello que no nos hace bien. El cuidado de la salud mental entreteje dimensiones interseccionales relacionadas con el autocuidado, el cuidado mutuo, el cuidado hacia los demás, la empatía, la responsabilidad, la autoestima, la voluntad y la asertividad, entre muchas otras.
Existe una pregunta que suele aparecer al inicio de cualquier conversación: “¿cómo estás?”. De manera automática respondemos “bien, ¿y tú?”, pero me pregunto: ¿desde dónde compartimos nuestros altibajos emocionales?, ¿cómo elegimos, desde lo íntimo o lo público, revelar algo más profundo y descriptivo de lo que sentimos? Hay días que parecen pesar demasiado, días en los que sostener el mundo resulta agotador. Pero también existen días agradables, serendipias que otorgan sentido a la vida. En otros momentos, hay instantes que se vuelven irrelevantes o automáticos. Sin embargo, permanecer en un único estado emocional nos impide descubrir, experimentar y sentir otras posibilidades. Poder movernos pendularmente entre distintos matices emocionales nos permite presenciar diversas formas de percibir la vida.
Por otra parte, ¿de qué manera se alimentan nuestros estados emocionales?, ¿de dónde surgen las inquietudes o las alegrías?, ¿son ideas propias o ajenas? Existe el sobrepensamiento que satura la mente, donde aparecen pensamientos intrusivos que nos hacen dudar, sentir miedo o desconfiar de nuestro propio reflejo; pensamientos que nos irritan y nos llevan a reaccionar con frustración, esa sombra que despierta ganas de huir, de gritar o, en ocasiones, simplemente de no hacer nada. Pero, ¿qué pasaría si el sobrepensamiento pudiera redirigirse hacia estados más constructivos?, ¿hacia formas más óptimas de mirar la vida? De ahí la importancia de visibilizar cómo nos sentimos, comprender cómo transitamos las emociones y cómo las nombramos.
Concluyo esta serie de preguntas con la idea de que, si lográramos acercarnos, contenernos, respetarnos, acompañarnos y reconocernos desde un tejido social basado en la alteridad, la vida podría ser distinta, así como también nuestra manera de comprender la salud mental. Tal vez la sensibilidad podría convertirse en una fuerza para transitar la realidad, simbolizar la vida y otorgarle sentido. Encontrar la poética de compartir, de habitar este mundo y de ser, podría hacer frente a la dureza de la estructura social. Más que pensar en una utopía, se trataría de partir de un pensamiento crítico y creativo, emocional y sensible, que no menosprecie cada sentir que nos atraviesa y que permita abrazar la trayectoria misma de la vida.
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