¿El nuevo punk?
Por: Gisela Elizabeth Nolasco Domínguez
Amar en tiempos de guerra
Facultad de Estudios Superiores (FES) Cuautitlán
Facultad de Estudios Superiores (FES) Cuautitlán
Hablar de salud mental ya no debería resultar incómodo. Sin embargo, persisten silencios, prejuicios y una idea distorsionada de lo que significa fuerte que nos hace creer que pedir ayuda es sinónimo de debilidad. La realidad es otra: atender nuestra salud emocional es una decisión consciente que impacta directamente en nuestra vida personal, académica y afectiva.
La salud mental va más allá de “no estar mal”. Supone estabilidad emocional, autoconocimiento y la capacidad de reconocer lo que sentimos sin que ello nos desborde. Cuando reconocemos nuestra ansiedad, tristeza, enojo o miedo, dejamos de reaccionar por impulso y empezamos a actuar con mayor conciencia.
En este proceso, la terapia psicológica se convierte en una herramienta fundamental. Ir al psicólogo no es aceptar que algo está roto, sino reconocer que queremos entendernos mejor. Un profesional no nos dice qué hacer con nuestra vida; nos ayuda a identificar patrones, heridas no resueltas y formas de pensamiento que influyen en nuestras decisiones. Buscar apoyo no es exagerar, es asumir una responsabilidad sobre nuestro bienestar.
El autoconocimiento cobra aún más relevancia cuando hablamos de relaciones amorosas. Antes de iniciar un vínculo, es importante preguntarnos quiénes somos, qué necesitamos, cuáles son nuestros límites y qué tipo de dinámicas estamos dispuestos a construir. Cuando no nos conocemos, es fácil confundir dependencia con amor, atención con validación o intensidad con estabilidad.
Muchas relaciones fracasan no por falta de sentimientos, sino por falta de conciencia emocional. Si no entendemos nuestras inseguridades o miedos, podemos proyectarlos en la otra persona. En cambio, cuando trabajamos en nuestra estabilidad, elegimos desde la claridad y no desde la carencia.
Aprender a estar bien con nosotros mismos no implica aislarnos, sino fortalecer nuestra identidad. El amor propio no se remite a una frase popular en redes sociales, sino un proceso constante de reflexión, límites claros y responsabilidad emocional. La estabilidad no consiste en evitar el dolor, sino en saber gestionarlo sin destruirnos ni dañar a otros en el proceso.
Cuidar nuestra salud mental es también una forma de construir un futuro más consciente. Cada decisión importante —académica, profesional o afectiva— parte del estado interno desde el que actuamos. Si no estamos bien con nosotros mismos, difícilmente podremos sostener relaciones sanas o proyectos sólidos.
Tal vez el acto más valiente no sea amar intensamente a otra persona, sino atrevernos primero a mirarnos con honestidad, reconocer nuestras sombras y trabajar en ellas. La verdadera estabilidad no consiste en no caer nunca, sino en aprender a sostenernos cada vez que la vida nos mueve el suelo.
Y entonces surge una pregunta inevitable: ¿estamos buscando a alguien que nos complete, o estamos construyendo una versión de nosotros mismos capaz de amar desde la conciencia y no desde la necesidad?
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