Esta ventana es para mirar dentro de nosotrxs a través del arte y la creatividad.
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José María Emiliano Varela

Puerto Mariel

Número 5 / ABRIL - JUNIO 2022

A Fernando le resultaba risible que a los niños les enseñaran a decir “¡Viva el Che!” y “¡Viva Castro!”. Él, por su parte, le enseñaba a Toño aquella postal con la estatua de la libertad…

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José María Emiliano Varela López

Colegio de Ciencias y Humanidades Plantel Vallejo

“Quien no tenga genes revolucionarios, quien no tenga sangre revolucionaria, quien no tenga una mente que se adapte a la idea de una revolución, quien no tenga un corazón que se adapte al esfuerzo y al heroísmo de una revolución, no lo queremos, no lo necesitamos”.

Fidel Castro

Cada mañana, al levantarse, Fernando Ortiz le rogaba a Dios Todopoderoso que salvara a su familia del monstruo rojo que devoraba el alma y la mente del pueblo cubano. Se dirigía a la cómoda, que había sido de su madre hace tantos años, abría el cajón y miraba la postal que lo esperaba en el fondo todos los días: la estatua de la libertad se alzaba en medio del mar. Aquella postal no era más que la fotografía de una ilusión, el país de los sueños y las maravillas.

Veía a su esposa Lourdes y a su hijo Antonio, antes de que Lourdes dejara al niño en los círculos infantiles. A Fernando le resultaba risible que a los niños les enseñaran a decir “¡Viva el Che!” y “¡Viva Castro!”. Él, por su parte, le enseñaba a Toño aquella postal con la estatua de la libertad.

Mientras caminaba hacia su trabajo, en los plantíos de caña de azúcar, una brisa le trajo el aroma del tabaco fino motivando en él los recuerdos del tiempo en que podía comprarlo. Lo añoraba y mucho, pues en ese momento el tabaco de calidad, su vicio, su gusto, era vendido en contados expendios.

Fernando estaba invadido de nostalgia, del tiempo de su temprana juventud, de su soltería, del tiempo en que podía comprar el tabaco que más le gustaba sin sentir remordimiento por desearlo, por comprarlo aún a pesar de sus obligaciones de padre. El humo y el aroma que rápido lo envolvió, también rápido desapareció y quedó plantado nuevamente en su realidad.

El ambiente en los plantíos hacía sentir a todos como gusanos insignificantes y reemplazables.

En aquel fatídico abril de 1980, Fidel Castro abrió el Puerto de Mariel con la aparente intención de dejar que el pueblo cubano se uniera con sus familiares en Florida, Estados Unidos. Entre los más de 125,000 cubanos que zarparon a Cayo Hueso, 25,000 tenían registros criminales. Fernando, sin dudar ni un segundo, vio aquello como una oportunidad de escapar de Cuba. Tomó un pequeño bote y escapó con su familia la mañana del 15 de abril.

Su barco no era más que una marcha, ahora estática, en la inmensidad del imperturbable mar. Antonio habló con una voz débil:

–Papá, tengo hambre y sed –dijo con hartazgo.

En ese preciso momento, como si de una broma del cruel destino se tratara, una gaviota volaba sobre sus cabezas. Algo que él deseaba pero no estaba a su alcance. Por un momento un pensamiento cruel pero fugaz cruzó por la mente de Fernando: “Ojala la gaviota descienda lo suficiente para poder agarrarla por las alas y así devorarla”. Pero la gaviota siguió su vuelo. Voló lejos y se perdió en el horizonte. Antonio, por la curiosidad con la que los niños ven el mundo, siguió con la mirada a la gaviota; al poco rato, la perdió de vista cuando el ave se fundió con el horizonte. Pero algo saltó a su vista: el país de las maravillas y los sueños se materializaba delante de sus ojos… Era la estatua de la libertad. Toño al fin viviría en el mismo país donde vivían el ratón Miguelito, Tribilín, el pato Donald y Superman.

–¡Mamá! ¡Papá! ¡Lo logramos! –su tierna voz reflejaba toda la esperanza que llevaba en su interior, pero…

Lourdes comprendió al instante qué pasaba. A Fernando le tomó un momento entender.

–Toño… Yo… Yo también veo la estatua.

Fernando tenía una mirada tan cansada, pero llena de ilusiones. Una última alegría no le haría daño a su preciado Antonio.

–Voy a dormir mamá.

–Sí, mi niño, yo te despierto cuando lleguemos a tierra.

Antonio nunca volvería a abrir los ojos. Su cuerpo y su mente fueron erosionados, como un castillo de arena a merced de las implacables olas del mar.

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