El dorso del ser
Por: Astrid Guadalupe Tufiño Gonzalez
Eres la razón por la que todavía nombro las cosas
Escuela Nacional Preparatoria Plantel 3
Escuela Nacional Preparatoria Plantel 3
Desde que era pequeña me autoexigía de maneras desmedidas. A la corta edad de tres años
comencé a estudiar matemáticas porque, según mis padres, me ayudaría en el futuro. Hoy se los agradezco, pues así fue. Sin embargo, en aquel entonces empecé a creer que debía sobresalir. Sentía que, como ellos se esforzaban para darme buenas oportunidades, mi deber era convertirme en alguien sumamente exitosa.
A los siete años me inscribieron en un curso de verano para aprender inglés, aunque al principio me resistí, terminaron convenciéndome. Así, al salir de la primaria corría para comer y llegar a tiempo a mis clases de matemáticas y, posteriormente, a las de inglés. Era muy pequeña, pero estaba llena de energía y ganas de aprender. Si bien mis padres esperaban que me fuera bien, la persona más severa conmigo misma era yo.
Recuerdo llegar a la escuela a terminar las tareas que no lograba completar en casa, obsesionada con destacar en todo. Sentía que, de lo contrario, el sacrificio de mis padres no daría frutos. Ellos estaban preocupados, ¿quién imaginaría que una niña de ocho años sería tan dura consigo misma? Me pedía cosas absurdas y, si olvidaba una tarea, lloraba desconsoladamente porque sentía que no era “suficiente”. En mi mente no había otra opción más que la excelencia hasta que, tiempo después, mis padres notaron el daño que esa carga me causaba y decidieron alejarme de ese mundo donde yo competía contra mí misma.
Ahora me pregunto si toda esa autoexigencia estaba bien. Considero que, aunque exigirse ayuda, los niveles que yo manejaba no eran los adecuados para alguien tan pequeña. Aunque esto me formó para ser quien soy, tal vez mi infancia no fue igual a la de mis amigos, siempre creeré que las cosas pasan por algo y que esa exigencia fue un paso para evolucionar. Tal vez no fue el momento ni las formas, pero hoy pienso en todas las personas que cargan con ese peso de deber tratar de lograr la perfección en sí, de sobresalir y de ser “alguien” ante los ojos de los demás.
Al final he comprendido que crecer no debería ser una competencia. Ser “alguien” no depende de una lista de logros perfectos, sino de la capacidad de soltar esa carga y entender que no somos calificaciones. Debemos de ir paso a paso para alcanzar nuestras metas. Entonces transitar el camino no consiste en hacerlo lo más rápido posible, sino en entender que es un ascenso, el cual requiere de resistencia para subir cada escalón, valorando nuestras capacidades y, de esta manera, convertirnos en la persona que esperamos.
Por: Astrid Guadalupe Tufiño Gonzalez
Eres la razón por la que todavía nombro las cosas