¿Hasta cuándo?
Por: Emilia Gómez Montiel
Facultad de Química
Facultad de Química
Me despierto cada mañana con odio y arrogancia, una mezcla que no deseo cambiar. ¿Qué sería del mundo sin humanidad? Me gusta el silencio, sentiría tanta paz; ver los lugares vacíos me llena de felicidad, pero esta ciudad está llena de ruido y de personas. Cuando camino por la ciudad veo mucha actividad: los edificios llenos, las calles plagadas de gente, el aire saturado de voces, motores y pasos apresurados. No puedo simplemente disfrutar de un café sin escuchar la discusión de la pareja de la mesa de enfrente o el adolescente quejándose en la mesa de atrás. Todas las mañanas lo mismo: ruido, ruido y más ruido. Seres humanos generando caos.
Yo soy un ser humano diferente. Vivo el momento y veo cosas que los demás no pueden ver a simple vista. Veo el mundo tal como es: lleno, sucio, ruidoso. La ciudad es un organismo vivo que respira desorden. Sus calles están cubiertas de anuncios brillantes que venden sueños falsos, y los automóviles rugen como bestias encadenadas. Los rascacielos parecen agujas que intentan perforar el cielo gris; los pasos de la multitud resuenan como enjambres y en cada esquina hay un murmullo que nunca calla.
A veces imagino cómo sería todo si el silencio se apoderara del mundo, si las luces se apagaran, si no quedara nadie. En ocasiones, esa idea me da una paz que nada en el mundo logra darme.
Soy un hombre de 30 años con doctorado en Química. En este diario he anotado los avances de mi proyecto más importante a nivel personal: erradicar a la plaga más grande del mundo, el ser humano. Sin incluirme, claro.
Cada tarde, después de tomar mi café, camino hacia la universidad. El campus no es distinto al resto del mundo: pasos, risas, voces, juventud desperdiciada en conversaciones triviales. Los edificios del campus se alzan en una mezcla de concreto y vidrio; algunos modernos, otros desgastados por el tiempo. En el ala de Química, el aire huele a disolvente y metal caliente. Los pasillos están forrados de carteles que nadie lee, y las paredes conservan el eco de voces que repiten teorías que pocos comprenden. Mi laboratorio está al final de un pasillo angosto, detrás de una puerta metálica que solo yo puedo abrir. Allí todo cambia: el ruido se apaga, el aire se vuelve denso y el olor a compuestos químicos sustituye al de la calle. Los instrumentos descansan ordenados, las luces son frías y blancas, y cada superficie brilla con precisión quirúrgica. Ese lugar es mi santuario y mi escenario.
En mi laboratorio está también la única persona que tolero como ser humano: mi pupilo, mi leal colega de trabajo. Él cree que me ayuda a crear el medicamento ideal para hacer el sistema inmune indestructible. Piensa que será parte de un descubrimiento que revolucionará la medicina. No está tan lejos de la verdad, solo hay que cambiar “revolucionar” por “destruir”. Si quiero erradicar al ser humano, primero debo conocerlo. Hasta ahora entiendo que todos quieren ser perfectos, eso es lo que los condena.
Hoy mi proyecto da un gran paso. Es 27 de agosto de 2025. En la mañana, al ir a tomar mi café, increíblemente el adolescente no estaba quejándose, y la pareja de enfrente celebraba un cumpleaños. Supongo que el novio era el que cumplía años. Les ofrecieron pastel a todos en la cafetería. No estaba mal ese pastel, aunque esa pareja siempre me pareció disfuncional. Al salir de la cafetería alcance a escuchar a un vagabundo en una esquina con un cartel que decía “Si el mal buscas, el mal encontraras”, pero no le di interés.
La ciudad, incluso en momentos tranquilos, sigue siendo un cuerpo lleno de ruido. Los automóviles, los altavoces, las conversaciones, todo se mezcla en una sinfonía insoportable. El aire tiene un olor a café, aceite y humedad. Y mientras camino hacia el laboratorio, entre edificios repletos de oficinas, siento que todos esos rostros que me rodean son solo sombras inútiles, repetitivas, prescindibles.
Sin embargo, al llegar al laboratorio noté algo distinto: mi pupilo estaba nervioso, sudaba, y él no es de sudar. Lo conozco demasiado bien; reconozco cuando un ser humano oculta algo. Evadió mis preguntas, fingió normalidad, pero su voz temblaba. Finalmente, lo miré directamente y pregunté qué ocurría. Su respiración se aceleró. Y entonces me dijo: “Doctor, algo salió muy mal”. Su tono y su mirada lo confirmaban.
Este es el primer capítulo de un trabajo más extenso que plantea que el amor está lleno de alegrías, caos y hasta de dolor, pero también expone que se puede llegar a amar con un propósito: no perder el camino; aferrarte a un objetivo y con eso sobrevivir, aun en un apocalipsis.
Por: Astrid Guadalupe Tufiño Gonzalez
Eres la razón por la que todavía nombro las cosas