El dorso del ser
Por: Astrid Guadalupe Tufiño Gonzalez
Eres la razón por la que todavía nombro las cosas
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
El que yo me vaya no es la confirmación de todos tus miedos sobre mí. No lo es. Es por culpa de esos miedos. ¿Vale? ¿Lo entiendes? Es tu miedo lo que no aguanto
David Foster Wallace
Mi padre decía que tuviera cuidado con los poetas; para él todos mentían, siempre querían decir otra cosa, y solo al final, cuando el libro ya estaba publicado, se daban cuenta. Mi madre decía algo parecido de los hombres. También para ella todos hablaban con mentiras; sin embargo, decía que ellos siempre estaban satisfechos de decir cosas que no querían para esconder las que sí.
Hoy avanzo aquí, segura de que mis padres me prepararon para esto. La última prueba: Matías, 21 años, poeta y estudiante de Letras, hombre. Escucho su voz atenta, pero siempre con la misma desconfianza con la que leo. Como traen la mentira bien abrigada, hilada, arropada, hay que desnudarlos con cuidado, muy lento, tomarse el tiempo, sobre todo si es la última vez. Con él es más fácil porque es un mal poeta.
Cuando habla es torpe, no se le da eso de confeccionar el lenguaje. No sabe cortar y entonces siempre le salen de diferentes tamaños las historias; y como habla con clichés, sus intenciones siempre se notan, como si no supiera coser y dejara que toda la línea de hilo quedara a la vista. Le gustan mucho los suéteres de mártir (hechos con técnica de punto y cruz, pues): la aguja no eres tú, pegada con saliva al hilo soy yo.
Auro, últimamente me siento confundido, como que se me está yendo la vida. Te amo un chingo, pero creo que la neta ahorita prefiero enfocarme en lo que sigue, acabar mis estudios y pues empezar a invertir y así. Ya sabes, encontrarle sentido a esta cosa. Pero no sé, tú qué dices. La verdad me preocupas tú, porque te amo un montón y quiero que construyamos esto, pero no sé si esté funcionando.
Está bien, quiere liberarse de la relación, pero ¿por qué sigue lanzando versos para conquistar? Sus palabras colisionan en mi oído dos veces. La primera porque trae el celular metido a la pinche boca, y la segunda porque me duele genuinamente lo que dice. Yo también estoy perdida, pero parece que nomás me está dando las conclusiones de una charla que ya tuvo consigo mismo. Pésimo bombardeo en este momento de la vida.
Intento ser diplomática. Aunque lo primero que pensé fue en la rendición:Quédate, por favor. Un quédate es una madre pobre que quiere coser lo roto. Yo quiero coser mi oído con el suyo al otro lado del teléfono, ¿pero para qué? Yo no escribo poemas. Además, me digo, Aurora, hay que ser revolucionarias partidarias de la libertad y, sobre todo, pragmáticas. Hay que saber tirar las prendas a tiempo o puede que, de tantos remaches, un día los abrigos comiencen a enfriarnos.
—Si te sientes así, tal vez no deberíamos seguir juntos, ¿quieres que terminemos? —le digo.
—Sí —suspira un humo de libertad.
…
Hay amores estacionarios y amores de una sola estación. La primera vez que lo besé fue en un campo de Toluca. Los cerros erosionaban nubes rojizas y parecían volcanes. El mundo callaba expectante; en ese momento no sabía si por nuestra unión o por miedo a un apocalipsis y, en realidad, no me importaba. Hacía un calor tremendo entre sus suspiros y los míos. Tenía un brillo descomunal en cada uno de sus ojos; eran lágrimas disecadas, pausadas por alguien más, y yo las confundí con amor. Ahí comenzó con sus poetas. ¿Cuándo habrá comenzado a coser?
…
He apodado a su chat: Una buena antología de un mal diseñador. El chiste es más para mí que sigo volviendo. Vuelvo porque en nuestras sesiones de poesía mi padre decía que siempre era bueno volver para encontrar nuevas verdades. Pero yo volvía a los mensajes de Matías y encontraba más o menos lo mismo: mensajes melosos, análisis del clima, memes y cartas modernas de cumpleaños, de aniversario; en fin, una relación normal.
Me aburrí. Ocho días saboreé, rumié y digerí sus versos para llegar a la conclusión, a la interpretación total (según papá era imposible, pero qué más daba, ya estaba harta), a la verdad absoluta: Matías me había amado, pero ya no. Matías me había amado. Pero ya no.
…
Uno cree que el amor es esa moda revolucionaria que nos salvará del capitalismo hasta que lo ve producido en masa en una tienda denunciada por explotación laboral. Y yo lo encontré; al amor digo, y a Matías agarrado al amor, colgado en un muro de Facebook igual a como me lo había anunciado a mí, solo que con otra foto, la de una mujer más caucásica y quizá más alta, como cuando Estados Unidos roba una serie de Europa del Este: Ay, flaquita, qué feliz me haces.
Debí ir al doctor a que me cosieran cada herida y no dejar que la lectura de poesía hiciera el trabajo. Total que la sangre empezó a correr de nuevo, con más términos nerviosos. Quizá nunca.
Matías me había amado.
…
Continúo releyendo, desnudando, buscando el hilo primero de la mentira. ¿Qué es verdad y qué no? ¿Cómo hay que leer un poema, un mensaje, una conversación, un te quiero, un te extraño, un te amo, un…?
Mi pijama de seda, llena de café, de lágrimas, de migajas de arroz-pan-pollo, ha quedado traslúcida de tantas lavadas. En la azotea toda mi figura se distingue y parece que estoy pintada de blanco. Ojalá pasara con las palabras, que tendidas en un lazo frente al sol descubrieran su naturaleza, su intención, su subtexto, su interpretación total.
…
Leo el poemario de otro como si fuera el mío. Como queriendo revivir al autor. O matarlo, pero solo para ser él y comprender, creer comprender. ¿No por eso lo mató Barthes?
—No puedes estar leyendo esa antología toda la vida, Julia —me decía mamá cuando papá murió.
Y ahora me lo digo yo porque mamá también ha muerto, hoy o quizá ayer, no lo sé. Mentira. Murió hace tres años. No puedes estar leyendo a ese hombre toda la vida, seguro cambiaría sus palabras.
Pero no lo estoy. A veces leo buena poesía o poesía aún peor. A veces me lavo el cuerpo, dormito en la bañera. Dejo que mis amigos vengan a buscarme, pero no saben jugar a las escondidas y se hartan muy rápido. Devoro mucha comida: tortas de cochinita y quesadillas de tinga. Tomo café con leche, sin azúcar. De vez en cuando cago y, si no, vomito. Lloro lo necesario y, como leo mucho y los ojos se me irritan, siempre es necesario.
…
“Ya no te extraño”, escribí el otro día. Aún no me lo creo. Yo también soy mala en los versos. Pero entiendo el truco. Es excitante vestir uno mismo a sus palabras, que no salgan desnudas; la gente luego se asusta.
He comenzado un poemario, mi propia confección del lenguaje. Mentiré por escrito hasta que pueda vocalizar la verdad. No sé cuándo acabaré, pero empiezo a escuchar mi voz con la misma confianza con la que escribo poesía.
Cuando duermo:
[“no basta cerrar los ojos en la sombra
ni hundirlos en el sueño para ya no mirar,
porque en la dura sombra y en la gruta del sueño
la misma luz nocturna nos vuelve a desvelar”]
me grita Villaurrutia en sueños.
Por: Astrid Guadalupe Tufiño Gonzalez
Eres la razón por la que todavía nombro las cosas