En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
Ángel Gabriel Pérez Gaytán | Facultad de Ciencias

Anatomía de la guerra

Número 20 / ENERO - MARZO 2026

La guerra ya no solo se libra con armas

Picture of Obed Joao da Silva Botello

Obed Joao da Silva Botello

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales

El panorama de la guerra contemporánea ha trascendido las limitaciones conceptuales con las que clásicamente se ha definido “el arte de la guerra”. Lo que en el pasado se entendía como un enfrentamiento militar directo entre Estados se ha transformado en un fenómeno multifacético que involucra el uso de mecanismos económicos, tecnológicos, informáticos, sociales y culturales. Esta reconfiguración ha provocado el surgimiento de un conflicto más complejo, dinámico y difícil de delimitar, lo que entorpece tanto su análisis en el plano teórico como su resolución en el plano práctico.

Dimensionar guerras como la de Ucrania o Palestina, sin pasar por alto los cientos de conflictos existentes en el globo, requiere la aplicación de un enfoque que desentrañe sus capas subyacentes. En este sentido, el planteamiento central es claro: mientras se continúe interpretando la guerra únicamente a través de categorías militares, se seguirán ignorando las fuerzas híbridas que conforman el conflicto moderno.

 

De lo terrestre a lo virtual: ¿qué es la guerra hoy?

El paradigma bélico conceptualizado por Clausewitz, cuya matriz es la batalla decisiva para doblegar la voluntad del adversario, ha quedado rebasado por una realidad donde la guerra, en escasas ocasiones, adopta una forma lineal. Lawrence Freedman menciona en La guerra futura que el tránsito de la guerra total hacia guerras limitadas y múltiples intervenciones fallidas ha dado entrada a la conformación de un escenario de violencia crónica en diversas partes del globo, donde coexisten guerras civiles, conflictos regionales y disputas por el auge de potencias.

En este panorama de incertidumbre, el análisis de Bruce Schneier resulta fundamental para comprender la guerra como un “hackeo sistémico”. No se trata de destruir al enemigo mediante la fuerza bruta, sino de explotar sistemáticamente sus vulnerabilidades sociales, económicas, institucionales e informáticas. El conflicto se desplaza de la “parte terrenal” para configurarse como una forma de dañar infraestructura crítica y sistemas legales, con el objetivo de fragmentar la cohesión social y destruir la psique del ciudadano. En consecuencia, se fomenta un espacio de manipulación del comportamiento sociopolítico con la finalidad de dominar al oponente sin recurrir a la confrontación militar directa.

 

El nuevo estándar mundial: la guerra híbrida

La guerra híbrida se describe como un tipo de enfrentamiento que combina tácticas militares convencionales con el uso de operaciones políticas, económicas, comunicativas y cibernéticas. Según el LISA Institute, este modelo se ejecuta de manera simultánea en diversos dominios, creando zonas grises en las que resulta complejo identificar un acto concreto de agresión o atribuir responsabilidades a terceros.

Entre sus mecanismos de operación se destacan las campañas de desinformación dirigida, el uso de ciberataques contra infraestructura crítica para el funcionamiento de las naciones, la manipulación de mercados, la presión mediática a través de sanciones económicas y políticas, así como el uso de actores no estatales que permiten al agresor negar su participación directa en los hechos. El factor de la negación se convierte en una ventaja estratégica fundamental, pues reduce los costos políticos y, a su vez, minimiza el riesgo de escaladas mediáticas directas.

 

¿Qué pasamos por alto? Las dimensiones inadvertidas de la guerra

Para responder a esta incógnita, es crucial abandonar la percepción tradicional del conflicto. La dimensión económica transforma sanciones, bloqueos y restricciones financieras en mecanismos bélicos que limitan la capacidad operativa del adversario para sostener sus operaciones militares y aparatos estatales. Al influir y alterar los mercados, la capacidad de inversión y las cadenas de suministro se ven afectadas, generando daños profundos sin necesidad de recurrir a la fuerza física. El carácter silencioso y prolongado de esta dimensión la convierte en una herramienta de presión estratégica.

En las dimensiones política, social y tecnológica, el conflicto se manifiesta mediante disputas entre marcos legales y la acción de las instituciones estatales, así como en intervenciones en procesos electorales y el uso de la guerra judicial (lawfare) para erosionar la estabilidad social de un Estado. De forma paralela, la tecnología —conceptualizada en la guerra cibernética (cyberwarfare)—, materializada en drones, ciberataques e inteligencia artificial aplicada a la guerra, permite interferir en los servicios públicos del adversario, sus comunicaciones y la neutralización de sistemas de defensa con alta precisión y bajo costo político. A ello se suma la manipulación de identidades y de la memoria colectiva, fragmentando la cohesión social y debilitando los pilares fundacionales del Estado.

Por su parte, la dimensión informativa, ideológica y territorial concentra la disputa por el control de la narrativa pública, con el objetivo de influir en las percepciones nacionales e internacionales para moldear legitimidades políticas mediante propaganda, desinformación e infoxicación. De igual forma, la competencia por recursos estratégicos como el agua, minerales críticos —como las tierras raras— y espacios habitables convierte al entorno en un factor detonante o prolongador de conflictos. En su conjunto, estas dimensiones evidencian que la guerra contemporánea se libra en múltiples frentes simultáneos, donde la fuerza militar es solo una pieza de un engranaje mayor.

 

Decodificando los conflictos actuales

En Ucrania, el conflicto híbrido se manifiesta con claridad: la guerra física se libra en paralelo con ciberataques y sabotajes, aunados a la presión energética diseñada para afectar tanto al país como a sus aliados. A ello se suma una intensa disputa por la hegemonía narrativa entre “héroes y villanos”, donde cada actor busca legitimar sus acciones ante la comunidad internacional, transformando el espacio informativo en un frente de batalla.

En Palestina —particularmente en Gaza— predomina una guerra asimétrica en la que la superioridad militar se entrelaza con la batalla diplomática y, nuevamente, con la disputa mediática. A través de estos mecanismos, la narrativa difundida en redes sociales moldea la interpretación del conflicto. Esta visibilidad influye en la construcción de reacciones extremas y en la formación de la “legitimidad” ante los ojos de la comunidad internacional.

 

Fallos en el análisis estructural

La dificultad para comprender la guerra moderna radica en la tendencia a simplificar los conflictos, dejando de lado las dimensiones “ocultas” para priorizar un sesgo militarista que privilegia la confrontación armada sobre los elementos estructurales. Esta óptica limitada no logra captar la multiplicidad de frentes en los que hoy se define el destino de millones de personas. La violencia es multifacética y no se restringe únicamente al uso de armas físicas.

Superar las limitaciones del marco analítico militarista implica adoptar un enfoque sistémico que permita comprender la interacción constante entre las dimensiones económica, política, tecnológica y social. La guerra debe concebirse como el resultado de múltiples capas interconectadas cuya articulación define tanto su desarrollo como sus efectos en los planos material y simbólico.

Deconstruir la guerra implica rastrear vulnerabilidades y comprender el funcionamiento de los actores al implementar estrategias híbridas orientadas a la influencia, la manipulación o la desestabilización de un territorio. En este proceso, la ciudadanía desempeña un papel esencial: la alfabetización mediática y el desarrollo del pensamiento crítico resultan fundamentales para resistir la agresión narrativa y proteger la estabilidad interna.

Hacia una nueva agenda de la paz

Construir una paz duradera en un mundo donde la guerra es difusa, al menos en su manifestación material, exige repensar el concepto de paz desde su base, integrando la relevancia de los sistemas políticos, económicos y digitales. Una agenda contemporánea debe sustentarse en la prevención estructural de conflictos, la regulación de tecnologías emergentes y el desarrollo de nuevas formas de diplomacia capaces tanto de prevenir como de disuadir disputas híbridas.

Reconocer los fallos históricos es indispensable para establecer mecanismos internacionales que permitan identificar y ponderar agresiones no convencionales, con el objetivo de romper los ciclos de violencia. Comprender la guerra del siglo XXI requiere categorías analíticas innovadoras, así como el diseño de políticas de paz adaptadas a contextos de disputa complejos. Solo mediante la integración de una visión sistémica, el fortalecimiento institucional, la solidez cognitiva y la cooperación global será posible construir horizontes de paz realistas y duraderos en un mundo líquido.

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