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Por: Aram Rangel Alcantara e Isael Guillermo García Macedo
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Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
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La comida es política. En la cotidianidad de cocinar hay un reflejo de lo social, de lo humano, lo personal y lo colectivo. La comida guarda memoria, identidad, recuerdos fugaces de infancia: hoy a Palestina se lo han arrebatado tanto en lo material como en lo simbólico.
En marzo de 2019, The Nosher un sitio web de comida judía publicó lo siguiente: “Jewish cooking 101: What is Za’tar, the Israeli Spice you will want to sprinkle on everything. Our favorite Israeli spice is subtle and so versatile”. Que se traduce como: “Cocina judía 101: ¿Qué es el Za’tar? la especia israelí que querrás poner en todo. Nuestra especia israelí favorita es sutil y muy versátil”. “Nuestra especia israelí” Sin darse cuenta -o quizá si- The Nosher se apropia de algo evidentemente árabe y aunque no exclusivo, si característico de la cocina palestina. Aunque el artículo es de 2019, recientemente se viralizó en la red social X (antes Twitter), por el señalamiento de los usuarios árabes y palestinos al notar el robo de su identidad a través de los platillos, sin duda una forma sutil de colonialismo.
Es verdad que el El zaʿatar (en árabe: زعتر (también es utilizado en los platillos judíos e “israelitas”, sin embargo, el nombrarlo “La especia israelí” es borrar su historia árabe y abstraerlo de su contexto cultural para hacerlo encajar con una narrativa violenta: esto le pertenece a Israel. Este acto de proclamarlo como propio denota lo que el antropólogo Arjun Appadurai denomina gastropolítica: “La apropiación de la comida para expresar mensajes o conflictos de índole política”. El mensaje de Israel es claro: eliminar todo rastro de lo árabe tanto en el territorio como en la mesa.
El za’tar no es la única víctima de esta conquista, anteriormente Israel ha intentado reclamar el falafel y el hummus como platillo nacional, una burla total a la identidad árabe. Es como si mañana España decidiera publicar: “¿Qué es el pozole? El platillo español por excelencia”. O algo como: “Conoce el pozol, la bebida española comestible”. Es simplemente absurdo porque esos platillos cumplen la función de consolidar una identidad nacional; la mexicana. Lo mismo pasa con Israel, los conquistadores están usurpando la comida de los conquistados. Una relación de poder y opresión que se observa a través de la alimentación, los manuales de comida, los recetarios. Tal como lo dice la historiadora Sarah Bak-Geller Corona: “Los libros de cocina son un compendio de recetas, un manual para aprender a cocinar. Pero lo maravilloso es que trascienden ese objetivo, nos dan una radiografía de lo que una sociedad considera ideal. Por eso es interesante estudiar los silencios de un recetario, porque nos permiten entender cuestiones de género, raza, o jerarquía social”.
The Nosher en su manual de cocina judía da una radiografía social del pensamiento sionista, de sus acciones coloniales. Consciente o inconscientemente nos da un diagnóstico de lo que le falta a Israel: una identidad nacional y cultural sólida, por lo menos en cuanto a tradiciones culinarias refiere.
El escritor e investigador palestino británico Emad Moussa lo señala de la siguiente manera: “Para el movimiento sionista que se remonta a los principios del siglo XX. La construcción de una cultura de la comida reflejó eso de la nación. Un sentido de conexión histórica a la tierra estaba destinado a impregnarse en la identidad sionista en Palestina. En un esfuerzo de proclamarse a sí mismos como nativos, los colonos judío-europeos adoptaron las características culturales y las tradiciones de la población local de Palestina”.
La comida puede tener una doble función sociocultural: construir un sentido comunitario a través de las relaciones igualitarias, íntimas y solidarias y, por otra parte, marcar otredad, distancia o competencia. Para Palestina y la comunidad árabe la comida cumple esa primera función, consolida una identidad cultural no artificial (como la de Israel) mientras ejercita acciones de igualdad y solidaridad a través de la cocina.
Por el contrario, Israel pone en práctica la segunda función; utiliza la alimentación como táctica de guerra. En el ámbito material al obstaculizar la ayuda humanitaria y matar de hambre a la población Palestina y en lo simbólico al colonizar su identidad, robar lo que no les pertenece, marcar jerarquías y otredad en la comida. En ese sentido las prácticas culinarias de Palestina no solo funcionan como reforzamiento de una identidad nacional, sino que van más allá, protegen a su gente de la extinción y el exterminio propiciado por Israel, que es algo que también señala Emad.
Nombrar el origen e historia de la cocina árabe y Palestina es un acto de resistencia, una forma de lucha. La antropóloga Valeria Mata lo retrata muy bien al decir lo siguiente: “Lo que comemos y la forma en la que lo hacemos también pueden ser actos políticos frente al colonialismo, y una forma de vincularnos con el territorio”. La comida y el territorio son de Palestina.
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