Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
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La inteligencia artificial (IA) es sinónimo de progreso tecnológico en el siglo XXI, esta afirmación es innegable dado que sus interacciones en las esferas sociales, políticas y económicas dan resultados que potencian la eficiencia y la precisión. La IA opera como ente transformador de la educación, pero corre el riesgo de posicionarse como un atajo que trastoca el pensamiento y perpetúa acciones nocivas en la academia.
La llegada de la IA amenaza con erosionar el pilar fundamental del conocimiento: el pensamiento crítico. La generación de conocimiento ya no pasa por el tamiz de la reflexión, la preocupación por esta circunstancia se une a la creciente dependencia tóxico-parasitaria de los estudiantes a estas plataformas de eficiencia, comprendidas por algunos como la encarnación digital de la pereza frente al esfuerzo intelectual.
Sin embargo, el profesorado tampoco se encuentra absuelto de culpas. A este escenario se le suma el uso de programas denominados “detectores de IA”, como Turnitin o Compilatio, por mencionar dos de entre cientos de opciones en el mercado virtual, cuya fiabilidad se ve cuestionada por su tendencia algorítmica a arrojar falsos positivos y cuestionar la originalidad intelectual. En este contexto, la discusión de la IA llega como un aguijón a la delicada burbuja de la academia, cuya crisis apuntada en el polémico artículo de José Romero “Academia mexicana: entre endogamia y colonización” en el periódico La Jornada, muestra que las instituciones universitarias enfrentan fuertes problemas de repetición de patrones nepótico-autoritarios, simulando la producción de conocimiento científico, crítico y verídico.
¿Por qué la IA es tan atractiva? La IA— siglas utilizadas como sustantivo en campañas de marketing por empresas, periodistas y múltiples actores—, es tan atrayente en el mundo informático por su funcionalidad algorítmica para procesar enormes volúmenes de información ya que ofrece respuestas “precisas” de forma inmediata —proceso que de la misma forma genera dopamina en el cerebro, complaciendo al usuario que se ve atrapado en un ciclo prolongado de placer—. No obstante, como lo advierten la lingüista Emily M. Bender y la socióloga Alex Hanna —exempleada de Google y actual directora de investigación sobre IA Distribuida—, estos sistemas son simplemente “loros estocásticos”, en otras palabras, grandes modelos de lenguaje de inteligencia artificial cuya generación de texto se basa en el uso de patrones estadísticos de datos de entretenimiento, en lugar de contar con una detallada comprensión de la realidad.
En el rubro de la educación los riesgos no son nada menores. De acuerdo con lo escrito por Ledesma Tafoya en el artículo “IA, retos y desafíos en el proceso de enseñanza-aprendizaje”, publicado en la Gaceta Políticas, la adopción indiscriminada de la IA en los programas pedagógicos puede resultar en el control irrestricto de datos personales, la generación de información inválida y el debilitamiento de la calidad de enseñanza-aprendizaje tanto en las aulas como en los proyectos de investigación. En consecuencia, México se coloca en un dilema coyuntural: ¿es necesario integrar el uso de las nuevas tecnologías en los planes de estudio o es crucial mantenerlos fuera, conociendo el riesgo del rezago en la competencia geopolítica por la educación global?
Mientras tanto, surgen más oportunidades de negocio tecno-oligárquicas. Las empresas digitales multimillonarias avanzan en el terreno con paso firme. En este sentido, OpenAI recientemente lanzó al público Study Mode, herramienta de ChatGPT que se presenta como un aliado para los estudiantes. Según el medio de noticias CNBC, el objetivo es gestionar y personalizar las rutinas de aprendizaje de los alumnos para mejorar su eficiencia en las actividades educativas. No obstante, críticos advierten que con la implementación de estas técnicas pueden desarrollarse mecanismos de dependencia tecnológica, en especial en naciones cuyo sistema educativo no ha resuelto problemáticas estructurales de rezago y baja atención. En este sentido, se cumple lo expuesto por Luke Munn en su artículo periodístico “La inteligencia artificial y el nuevo espíritu del capitalismo”, publicado en la revista Nueva Sociedad, donde nos advierte que la IA ya no sólo juega el rol de mecanismo transformador de la educación, sino que se introduce en la lógica capitalista contemporánea para generar un nuevo nicho de mercado donde los preceptos pedagógicos y comerciales se confunden.
El rumbo del pensamiento crítico e innovador se encuentra en una encrucijada compleja y el papel de las universidades será decisivo. Acaso, ¿surgirán nuevos semilleros de ideas con una visión crítica apoyados en la IA o simplemente se perpetuarán los vicios tan devastadores como la endogamia académica —denunciada por José Romero y demás críticos— y reforzada con el auge de las nuevas tecnologías?
Es crucial recordar que el neoliberalismo, cuyo programa ideológico-cultural se implementó en la década de los ochenta del siglo XX, ha desgastado desde entonces la educación en México, priorizando la eficiencia administrativa sobre la formación de posiciones críticas. En este contexto de continua crisis, la función de la IA podría agudizar las presentes desigualdades si no se llega a adoptar un marco pedagógico y jurídico claro que comprenda de raíz las problemáticas de un mundo complejo.
Por ende, es de vital importancia recordar que la IA no es una “simple moda”, sino una herramienta de transformación irreversible cuyo impacto ya se observa en múltiples esferas sociales. ¿El sistema educativo mexicano sabrá aprovecharla como herramienta de fortalecimiento o se dejará en las manos de las empresas tecnológicas?, lo que irremediablemente profundizaría las carencias históricas.
El deber, tanto de los estudiantes como de los docentes, es repensar los pilares de la educación desde el plano material hasta el cognitivo y priorizar el mejoramiento de las condiciones de infraestructura para incentivar la convivencia de ambas partes. Será necesaria una nueva cultura institucional que le haga frente a los obstáculos del futuro. Estamos ante el riesgo de que la inteligencia artificial se consolide como un espectro tecnocrático de la modernidad, cuyas promesas de elevación académica serían sólo una simulación de progreso.
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