El imperio sin fondo del hombre iracundo
Por: Leonardo Daniel Córdova Córdova
¿Te has preguntado por qué los hombres deben ser violentos?
Facultad de Estudios Superiores (FES) Iztacala
Facultad de Estudios Superiores (FES) Iztacala
Miro tu silueta bajo la luz del sol y viene a mí la primera vez que nos conocimos: el cruce de palabras tan sencillo que tuvimos para que llegáramos a este punto. Pienso en cómo tu risa revoloteaba a cada segundo, mi corazón la acompañaba en una melodía y el mundo ni siquiera era testigo de nuestras hazañas. No me digas que lo que tuvimos fue solo cosa mía, podría preguntarle a cada lugar en donde estuvimos y juraría que ninguno mentiría en decirnos lo que ambos sabemos. Miénteme, miéntete, cuéntale al viento nuestra historia y deja que sea volátil, como si no fuera nada. Basta con que yo sea el único baúl con el pecado de callar.
Mis labios buscaban el roce de los tuyos, una cálida y suave sensación por más mínima que fuera. Mi corazón se quedó atado en mi garganta sin poder decirte aquello que sabes pero no alcance a enunciar. Las palabras no quisieron salir de mi boca y la brisa no fue testigo de lo que el viento callaba… lástima que teníamos que tomar diferentes rumbos. ¿Será que lo dejaremos pasar? Los recuerdos quedan y palabras revuelan en mi cabeza, las risas que el viento guarda giran y giran a mi alrededor. ¿En verdad nunca te fuiste?, ¿es que sientes ese vacío también?, ¿tienes frío?
Me gustaría saber que, a diferencia de mí, tú estás bien y no la pasas tan mal como yo. Me encantaría tener la certeza de saberlo, pero nada es seguro. Miro mi celular y no encuentro tu nombre, busco tus palabras en alguien más y ni siquiera existen. ¿Tan mal estoy sin ti? Tráeme esa sensación una última vez, déjame sentir ese abrazo al corazón y viajemos al pasado. No quiero repetir lo mismo, solo volver a sentir un “nosotros”.
La siguiente estación aún tiene retorno para encontrar nuestras almas, casi como si fuera un “¿qué tal si?”. ¿Te gustan los riesgos? Recuerdo que esa montaña de emociones que siempre teníamos me daba miedo, pero a ti te aterraba. Quizá el estar juntos lo cambiaba todo, pero ahora es momento de que por sí solos escuchemos esa voz dentro de nosotros. ¿Es el razonamiento o el corazón? Esa voz tan molesta que me hace exhalar con solo saber que existe una posibilidad de volverte a ver. No pude despedirme de ti, no pude ser el sol que vio el brillo de la luna por la mañana. Dame una señal y cuando cierres los ojos y el tren haya llegado, espérame ahí.
Esta vez mis labios se quedaron sin un último beso, sin ese adiós, sin saber cuál fue la última palabra que tuviste de mí. ¿Qué dije?, ¿cómo actué?, ¿realmente vale la pena creer que es tarde para correr hacia ti?
¿Por qué estás ahí?, ¿por qué no vienes? No, no es el momento. Siento como mi vista ahora se llena de lágrimas, caen por las mejillas que alguna vez tuvieron hundidos tus labios, casi como si fueran el deseo perfecto de un niño ante un postre. Mírame, dime a la cara que no sientes un pinchazo ante esto. ¿Te irás?, está bien… solo recuerda que mañana también te esperaré a la misma hora, la misma estación y, por supuesto, en el mismo lugar.
Por: Leonardo Daniel Córdova Córdova
¿Te has preguntado por qué los hombres deben ser violentos?
Por: Ilse González Morales y José María Emiliano Varela López
Sigue el análisis de los grupos marginalizados
Por: Sergio Contreras Castillo
Siete poemas sobre esperanza desesperada