En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
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Isabel García Ruiz / Escuela Nacional Preparatoria Plantel 9

Muerte que da vida

Número 9 / ABRIL - JUNIO 2023

La paz que daría la muerte del acosador

Picture of Angela Betán Sánchez

Angela Betán Sánchez

Facultad de Estudios Superiores (FES) Aragón

Querida yo: hoy regreso a casa, con un vestido negro y una rosa blanca.

He dejado finalmente de sentir ese lazo en la garganta,

aquel que me ataba y que él jalaba cuando lo deseaba.

Este veneno en el aire que mata al azar a quien se le ha de atravesar,

finalmente hoy se lo llevó.

Esa tarde de agosto sigue en mis recuerdos,

esa supuesta salida que dijiste sería divertida,

mas no especificaste para quién lo sería.

Ese día aunque todos podían observar tus garras en mi posar,

y sin importar que el olor de mi piel quemada inundaba el lugar,

todos ciegos fingían estar.

Me es imposible dejar de temblar

cuando alguien me dice “Dame tu celular”

Sabes la razón, ¿no?

Tú sacaste el chip y dijiste “de esto me encargo yo”

¡No!, no me digas que exagero; que tú no llegaste a casa

queriendo contarlo todo y a la vez nada

por el estúpido pensamiento de: “¿Fui yo quien lo provocaba?”.

Tampoco cuando alguien te sigue, lo peor has de pensar;

tu mente no te dice:  “¡Corre!, si con tu vida quieres continuar”

“Cobarde” me llamaste cuando dejé que tus llamadas entraran,

pero jamás contestaba.

“Débil” me dijiste cuando salir ya nunca quise.

Escribiste una carta y pusiste: “¿Seguirás con tu teatrada?”

Debí saber que sólo a mi miedo adorabas

Tu poder sobre mí, atesorabas

Más de tres veces al día me bañaba

pero nunca lograba quitarme tus marcas

¡Más presión, más jabón! ¡Maldición!

Ahora el agua, de nuevo mi sangre enjuagaba,

pero tu el recuerdo de tu tacto no me quitaba

Querida yo: hoy lo vi inmóvil en una caja de cristal,

rodeado de flores marchitas y cubierto por un dolor ambiental.

Sus encubridores rezaban, pidiendo a gritos piedad

y otras como yo, pudimos salir de la oscuridad

Al salir observé su bicicleta escarlata

tirada en una esquina, diciéndome:

“Lo siento, yo sólo lo llevaba a donde me ordenaba”

Una rosa muerta tomé, la cual en el camino fue cambiando su apariencia,

así como mi piel seca, que cae pero la cicatriz deja.

A la vida mi cuerpo regresa.

Ayer, cuando murió el sol, su último respiro se llevó,

más a mí, me dio una nueva misión:

luchar por mí y por las demás,

acabar con esta pesadilla llamada realidad.

Este poema lo escribí cuando el COVID-19 empezó a llevarse más vidas, más que nada porque me llegó a la cabeza el pensamiento de que si mi acosador salía a las calles a buscarme, era aún más probable que se infectara y se contagiara. En su momento llegué a pensar que así había ocurrido, ya que las calles estaban solitarias y todo estaba en silencio. Quise compartirlo porque sé que al morir él, muchas de nosotras hubiéramos sentido paz, aún más porque la muerte no hace excepciones: una vez que ha decidido elegir a una persona, es imposible que cambie lo que ya ha hecho con ella. Incluso creo que la muerte podría salvar aún más almas, protegiéndolas de los abusadores y sus familias. Pensé que la muerte de mi acosador podría ser una muerte especial, una que causa esperanza, ilusión y hasta cierto punto, felicidad.

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