Entre un lápiz y un bulto de cemento, pesa más la desigualdad
Por: Elizabeth Pérez
La desigualdad no nace de cuestiones personales
Facultad de Estudios Superiores (FES) Aragón
Facultad de Estudios Superiores (FES) Aragón
Todos hemos escuchado hablar de religiones y dioses. Desde pequeños se nos enseña a formar parte de alguna fe, se nos dice que es necesario creer en la existencia de un Dios que castiga lo malo y premia lo bueno, alguien con quien platicar cada noche y a quien se puede invocar en situaciones de apuro.
Ya sea que pertenezcamos o no a una religión, sabemos que existe algo, un Dios, una fuerza poderosa. ¿No será que esa “fuerza poderosa”, que va más allá de nuestra comprensión, es simplemente un constructo social creado para soportar la ajetreada vida?
Hay un libro del periodista mexicano Rafael Ramírez Heredia, llamado La Mara, en el que se narra la cruda realidad de los migrantes que cruzan de Guatemala a nuestro país, habla de injusticias, corrupción, tráfico de personas, de la banda llamada Mara Salvatrucha, pero también de religión y fe. En un interesante capítulo se relata el asesinato de una joven, Anamar, a manos de una persona perteneciente a los maras. Su abuelo, Tata Añorve, en busca de justicia y tranquilidad, comienza a contar su historia. Al principio es sólo eso, una historia, después se transforma en un tipo de religión. Uno o dos migrantes lo escuchan, luego llegan más, cinco o seis, después cientos, incluso de otras regiones. Anamar se convierte en la Santa Niña del Río y muchos comienzan a venerarla. Su abuelo empieza a hablar de ella de forma espiritual, y así los migrantes encuentran consuelo y motivación para seguir adelante. Al final, ya no es sólo una persona que tuvo un trágico final: es la Santa Niña, a quien se le celebran misas y que brinda calidez a todos aquellos que la visitan.
Esto resulta interesante si lo analizamos más a fondo: las personas encontraron en una pobre joven asesinada un lugar para refugiarse, para orar, algo en qué tener fe para seguir adelante.
¿No es así como nacen todas las religiones?
Necesitamos algo que nos llene, que nos haga sentir completos, que nos haga creer que existen motivos para continuar. Ya sea un Dios, Jesucristo, Buda, una niña asesinada que de pronto se convierte en santa, una pintura bien hecha, una carta de amor mal redactada, un pedazo de papel arrancado del alma… algo, lo que sea, se necesita para creer, para encontrar consuelo en esta vida que nadie comprende, que avanza rápidamente sin avisar qué pasará.
No sé qué opine el lector. Cualquier pensamiento respecto del tema es válido. A mi parecer, somos seres con una mente sumamente poderosa e increíble, capaz de crear dioses con historias y orígenes complejos detrás de ellos. Pero, finalmente, terminan siendo un reflejo de nosotros como sociedad: de nuestros temores, de nuestros prejuicios, de nuestras ganas de creer que somos los únicos seres en el espacio.
Entonces, ¿existe algún dios en realidad? ¿No somos todos Dios? ¿No fuimos nosotros quienes les dimos origen a todos ellos? ¿No somos nosotros quienes los mantienen vivos?
Si el ser humano no hubiera tenido que llenar ese hueco espiritual, ¿habría existido alguna vez un dios?
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