En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
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La violencia como lenguaje

Número 20 / ENERO - MARZO 2026

¿Desde dónde vivimos la violencia?

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Angélica Hernández Plancarte

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales

En la actualidad, las narrativas audiovisuales inmersas en el scroll infinito presentan una serie de asesinatos, discursos de odio o verdades segmentadas en medio de tendencias, videos de gatitos e influencers de vida cotidiana (por mencionar algunos). En menos de siete segundos, millones de espectadores pasan de una historia a otra, normalizando este tipo de mensajes. En nuestro país, las infancias, adolescencias y juventudes tienen acceso a estos contenidos a través de plataformas como YouTube o redes sociales como TikTok, WhatsApp y Facebook.

Además del “bombardeo” de mensajes audiovisuales, también existen miles de hogares en México y el mundo donde la violencia se presenta mediante familiares abusivos y conductas culturales que merman la integridad de las infancias, adolescencias y juventudes en comunidades que oprimen de distintas formas la individualidad y el espíritu de las personas.

Ejemplos de ello sobran en nuestro país y en el mundo. Partimos de comunidades indígenas donde las niñas son vendidas como ganado o forzadas a casarse, amparándose en una figura de usos y costumbres ancestrales. Otro ejemplo de violencia es el adultocentrismo, que violenta a infancias y juventudes al conceptualizar a estos sectores como inferiores, faltos de decisión y de poder de pensamiento bajo el yugo de los adultos. En todos estos y muchos otros casos encontramos violencia sexual, económica, física y psicológica.

Entre las narrativas audiovisuales y las vivencias culturales violentas cotidianas, planteo la violencia como un lenguaje cultural del que aprendemos a defendernos, adaptarnos, convivir y, a veces, inconscientemente, hasta ejercerlo con otros sin estar plenamente conscientes de ello.

Si bien los jóvenes, mal llamados el “futuro de México”, son en realidad el presente de nuestro país, actualmente también constituyen parte de hojas bond pegadas en centrales de autobuses o postes de luz en forma de afiches de “SE BUSCA”. Son desaparecidos, asesinados, inmersos en redes de trata o en las filas del crimen organizado dentro de comunidades donde el estudio y proyectos de vida diferentes no parecen ser una alternativa real.

¿En dónde están seguras nuestras infancias, adolescencias y juventudes? La escuela, el “segundo hogar”, parece no ser una respuesta real y afirmativa. La violencia escolar en México, de acuerdo con el INEGI, presentó durante el año 2022 a 11.7 millones de personas asistiendo a la escuela, de las cuales el 28% declararon haber sido víctimas de acoso escolar en los últimos doce meses. Es decir, un total de 3.3 millones de estudiantes adolescentes reportaron este hecho, que incluyó lesiones corporales, hospitalizaciones y trastornos psicológicos.

Personalmente, una de las etapas más violentas que presencié de frente fue durante mi estancia en el CCH Sur. Cada 3 de marzo acudían al plantel porros a golpear, quemar petardos y enfrentar a quien se encontrara a su paso, siempre durante el turno de la tarde, cuando estudiantes y compañeros activistas sabían lo que se atravesaba y venía cada vez que ellos ingresaban al plantel. Nunca hubo denuncias ni un seguimiento real de las lesiones, pues, como muchas violencias, estas conductas se normalizaban e interiorizaban en la memoria de los estudiantes, quienes debían protegerse y guardar silencio frente a autoridades y estatutos sordos dentro de nuestra escuela.

Desde aquí podemos acceder a la violencia a escala global, donde no bastan los videos de bombas, protestas y represión difundidos masivamente, sean reales o no, sino también los discursos que presentan sujetos de poder, en los que la violencia es justificada a través de la palabra para cometer actos de genocidio, discriminación y violaciones a los derechos humanos de millones de personas. Con ello, la búsqueda de restablecer el orden a través de la sangre derramada de “los otros” en el mundo justifica acciones inhumanas de las que tenemos conocimiento a través de los medios.

Entender la violencia como lenguaje para comunicarse es complejo porque existe una infinidad de diálogos y mensajes que afirman que “el hombre es naturalmente violento” y que, al ser “natural”, está bien y es permitido. Sin embargo, la diferencia entre la violencia hacia el otro y la existencia de un conflicto con el otro no debería ser negativa si llegamos a entender el conflicto como la base que contiene las diferencias de interacción entre las personas y que debería conducir a la creación de nuevos acuerdos sin atentar el uno contra el otro.

Me resisto a pensar que la naturaleza de los humanos es violenta. Prefiero creer que lo natural es amar y no violentar, de tal forma que el discurso de la violencia no sea un llamado a proteger lo que se ama ni se presente como arma o pretexto para justificar acciones deleznables en nombre de lo justo y lo verdadero. Por ello, en lugar de un lenguaje violento, persisto en la iniciativa de presentar narrativas y realidades donde lo honesto, lo justo y lo comunitario inunden las redes, las plataformas y la cultura social.

¿Cómo hablar entonces de paz? ¿Cómo llegar a la justicia? ¿Cómo razonar la no violencia? Solo a través del diálogo, del amor y de la empatía suficiente para poder escuchar y ser conscientes del otro; saber que está ahí, que existe. Ello implica que, para entender al otro, debemos desconectarnos del “automático” de nuestro día a día. Dar un paso atrás, cambiar de camino, hablar y hacer comunidad quizá sean ahora acciones más importantes en una sociedad donde la violencia debe hablarse para transformarla, prevenirla y erradicarla sin justificarla.

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