¿Para ser aesthetic hay que estar siempre agotados?
Por: Banshee Gómez Gutiérrez
Cuando el descanso parece un acto de rebeldía
Facultad Ciencias Políticas y Sociales
Facultad Ciencias Políticas y Sociales
Siempre nos han dicho que vayamos al gym, que meditemos, que respiremos profundo
cuando aparece la ansiedad o que, si estamos tristes, simplemente dejemos de estarlo. Nos
recomiendan dormir mejor, organizar nuestro tiempo (nos dicen que todos tenemos las
mismas 24 horas) o que debemos aprender a manejar el estrés. En la actualidad, el discurso
de salud mental está en todos lados y, hay que decirlo, ha habido un avance importante en
comparación con aquellas épocas en las que hablar de las emociones era casi algo
prohibido, algo para las personas “débiles”. Sin embargo, pocas veces se entra en el fondo
del asunto: ¿por qué estamos viviendo tan estresados?
Nos han hecho creer que el bienestar emocional es tarea individual de cada persona. Si
estamos cansados, pues solo hay que cambiar nuestros hábitos o “cuidarnos más” (aunque
nunca nos digan cómo). Esta forma de entender la salud mental deja fuera algo muy
importante, algo que el sistema muchas veces prefiere que olvidemos: las condiciones
sociales en las que intentamos sostener nuestra vida emocional.
Tal vez el problema no está en cómo manejamos nuestras emociones, sino en la sociedad en
la que vivimos. El capitalismo nos exige una productividad constante, competencia y una
disponibilidad 24/7 de nuestro tiempo y energía. Aquí, el valor de las personas se mide por
lo que producen: descansar genera culpa, el cansancio se ve como debilidad y el bienestar
emocional se ve como una responsabilidad individual. Bajo ese contexto, el estrés y la
ansiedad dejan de ser problemas personales: son consecuencias de un sistema que prefiere
generar dinero por encima de la vida. Por eso, la pregunta sobre cómo cuidarnos y cómo
cuidar a los demás se vuelve hoy más urgente que nunca.
El sistema que vive del cuidado… pero lo destruye
Suena muy raro decir que cuando algo te sirve, lo destruyes. Pero eso es precisamente lo
que hace el sistema capitalista. Si miramos con atención, la cuestión sobre el bienestar
emocional nos lleva a un tema mucho más complejo: los cuidados. Cuidar no es solo una
cuestión íntima o familiar; es una actividad fundamental que sostiene la vida social. Sin
esas redes de cuidados ninguna sociedad podría funcionar (aunque a algunxs les cueste
reconocerlo).
Como lo explica Nancy Fraser, el capital depende profundamente de estas prácticas de
cuidado para reproducirse y sostenerse. Vivimos en un sistema que necesita que las
personas se cuiden entre sí para poder funcionar, pero que al mismo tiempo ignora,
invisibiliza y precariza esas labores.
En América Latina, autoras como Marta Lamas han explicado cómo este trabajo ha sido
históricamente explotado y desvalorizado. El capitalismo depende de que alguien sostenga
la vida todos los días, pero no reconoce ese trabajo ni lo paga.
El problema no termina ahí. Ese mismo sistema organiza la economía y el tiempo de las
personas de tal forma que cada vez tengamos menos condiciones para cuidar. Las jornadas
extensas de trabajo (que tanto defienden los capitalistas), la presión por la productividad y
la competencia reducen el espacio para construir vínculos, acompañar a otros o
simplemente descansar.
Ahí está el fondo del problema: vivimos en un sistema que necesita del cuidado para
funcionar, pero al mismo tiempo dificulta cada vez más que podamos ejercerlo. Por eso, la
crisis de salud mental no se da porque seamos más débiles o “de cristal”, sino porque cada
vez tenemos menos tiempo y condiciones para cuidar y ser cuidados.
Lo que el feminismo lleva décadas diciendo
Hay que partir de una idea muy importante: cuidar no es un favor, es sostener la vida. Sin
embargo, ese trabajo que hace posible la vida diaria muchas veces no se ve. Se ha tratado
como algo “natural”, como si cuidar no implicara tiempo, esfuerzo y desgaste.
Los cuidados no ocurren solos, históricamente han recaído en las mujeres. Desde las tareas
del hogar hasta escuchar, acompañar o hacerse cargo de otras personas, estas actividades se
han visto como una responsabilidad “propia” de las mujeres. Por eso, casi nunca se
reconocen ni se pagan.
El feminismo lleva décadas diciendo algo muy claro: los cuidados no son un asunto
privado, son un asunto político. La forma en que se reparten, quién cuida y en qué
condiciones, refleja las desigualdades que siguen organizando la vida social.
Desde mediados del siglo pasado, feministas como Simone de Beauvoir cuestionaron la
idea de que el lugar de las mujeres debía ser el hogar. Beauvoir mostró cómo esta forma de
organizar la vida limitó su autonomía y al mismo tiempo, hizo invisible el valor social de
los cuidados. Si las mujeres paran, todo se detiene; lo vimos claramente el 9 de marzo de
2020, cuando millones de mujeres en México realizaron un paro y muchas actividades
cotidianas simplemente dejaron de funcionar.
Las consecuencias de esto no solo afectan a las mujeres, también impactan en la salud
emocional de toda la sociedad. Cuando el cuidado es desigual, los vínculos se debilitan y la
vida cotidiana se vuelve más pesada. No es que las personas seamos más frágiles, es que el
sistema hace cada vez más difícil cuidar y ser cuidados.
Que los cuidados no se vean no significa que no existan: son los cuidados los que sostienen
al mundo todos los días.
El cuidado también se aprende en la universidad
La universidad va más allá de ser el lugar en el que estudiamos. También es el espacio
donde nuestras emociones se ponen a prueba todos los días. Entre clases, exámenes,
trabajos, prácticas, el estrés del metro y las noches sin dormir, la ansiedad termina
volviéndose otra compañera más en la facultad. Es justo aquí donde los cuidados se
vuelven fundamentales. Cuando nos escuchamos, nos acompañamos y nos apoyamos entre
compañerxs estamos creando herramientas de resistencia. Los grupos de estudio, amistades
y comunidades (como la de ¡Goooya!) son formas de cuidado colectivo que nos ayudan a
enfrentar la presión académica y la competitividad que nos rodea.
La UNAM ha empezado a reconocer el problema y ha creado algunos programas de
atención psicológica para la comunidad universitaria. Incluso han impulsado iniciativas y
encuestas para identificar las necesidades emocionales de la comunidad y diseñar
estrategias de apoyo. Sin embargo, reconocer el problema no es lo mismo que resolverlo.
Muchos estudiantes consideran que los servicios de atención psicológica no son suficientes
frente a la cantidad de estudiantes que necesitan apoyo (sin mencionar los casos de acoso,
hostigamiento y discriminación) y que el acompañamiento que la universidad presume
llega tarde o nunca.
Los acontecimientos recientes en la universidad han evidenciado ese problema. Sin
embargo, esos hechos nos recuerdan algo que es incómodo, pero necesario: las
universidades no solo forman al futuro de México, también tienen la responsabilidad de
cuidar a las personas que estudiamos en las aulas. La historia ha enseñado que los cambios
importantes no nacen desde las autoridades: nacen desde la comunidad estudiantil
organizada. Hoy lxs estudiantes tenemos el reto enorme de construir una cultura de cuidado
dentro de la universidad. Escuchar a un compañero, acompañar a alguien que está pasando
por un momento complicado o exigir mejores condiciones de bienestar emocional son actos
políticos.
Aludo a la pregunta central de este número de ¡Goooya!: ¿cuidarnos es el nuevo punk?
Si el punk siempre fue una forma de rebelarse contra un sistema injusto, entonces sí:
cuidarnos es un acto revolucionario. En un mundo que nos quiere cansados y aislados,
cuidarnos entre nosotros rompe la lógica del sistema. Nuestra generación creció escuchando
este cuento de que debíamos ser más productivos y eficientes, pero nosotrxs somos quiénes
empezamos a cuestionar eso.
Elegir el cuidado colectivo en un sistema que solo se preocupa por el dinero es una forma
de resistencia. Y ahí está la tarea para quienes integramos la universidad: demostrar que
otras formas de vida —más humanas, más solidarias y menos crueles— también son posibles.
Por: Banshee Gómez Gutiérrez
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