En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
Nayeli Lizbeth Morales Contreras | Colegio de Ciencia y Humanidades plantel Naucalpan

Cuando el sistema enferma la salud mental

Número 21 / ABRIL - JUNIO 2025

El capitalismo necesita cuidados, pero jamás los cuida

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Irving González Meraz

Facultad Ciencias Políticas y Sociales

Siempre nos han dicho que vayamos al gym, que meditemos, que respiremos profundo

cuando aparece la ansiedad o que, si estamos tristes, simplemente dejemos de estarlo. Nos

recomiendan dormir mejor, organizar nuestro tiempo (nos dicen que todos tenemos las

mismas 24 horas) o que debemos aprender a manejar el estrés. En la actualidad, el discurso

de salud mental está en todos lados y, hay que decirlo, ha habido un avance importante en

comparación con aquellas épocas en las que hablar de las emociones era casi algo

prohibido, algo para las personas “débiles”. Sin embargo, pocas veces se entra en el fondo

del asunto: ¿por qué estamos viviendo tan estresados?

Nos han hecho creer que el bienestar emocional es tarea individual de cada persona. Si

estamos cansados, pues solo hay que cambiar nuestros hábitos o “cuidarnos más” (aunque

nunca nos digan cómo). Esta forma de entender la salud mental deja fuera algo muy

importante, algo que el sistema muchas veces prefiere que olvidemos: las condiciones

sociales en las que intentamos sostener nuestra vida emocional. 

Tal vez el problema no está en cómo manejamos nuestras emociones, sino en la sociedad en

la que vivimos. El capitalismo nos exige una productividad constante, competencia y una

disponibilidad 24/7 de nuestro tiempo y energía. Aquí, el valor de las personas se mide por

lo que producen: descansar genera culpa, el cansancio se ve como debilidad y el bienestar

emocional se ve como una responsabilidad individual. Bajo ese contexto, el estrés y la

ansiedad dejan de ser problemas personales: son consecuencias de un sistema que prefiere

generar dinero por encima de la vida. Por eso, la pregunta sobre cómo cuidarnos y cómo

cuidar a los demás se vuelve hoy más urgente que nunca. 

El sistema que vive del cuidado… pero lo destruye

Suena muy raro decir que cuando algo te sirve, lo destruyes. Pero eso es precisamente lo

que hace el sistema capitalista. Si miramos con atención, la cuestión sobre el bienestar

emocional nos lleva a un tema mucho más complejo: los cuidados. Cuidar no es solo una

cuestión íntima o familiar; es una actividad fundamental que sostiene la vida social. Sin

esas redes de cuidados ninguna sociedad podría funcionar (aunque a algunxs les cueste

reconocerlo). 

Como lo explica Nancy Fraser, el capital depende profundamente de estas prácticas de

cuidado para reproducirse y sostenerse. Vivimos en un sistema que necesita que las

personas se cuiden entre sí para poder funcionar, pero que al mismo tiempo ignora,

invisibiliza y precariza esas labores. 

En América Latina, autoras como Marta Lamas han explicado cómo este trabajo ha sido

históricamente explotado y desvalorizado. El capitalismo depende de que alguien sostenga

la vida todos los días, pero no reconoce ese trabajo ni lo paga.

El problema no termina ahí. Ese mismo sistema organiza la economía y el tiempo de las

personas de tal forma que cada vez tengamos menos condiciones para cuidar. Las jornadas

extensas de trabajo (que tanto defienden los capitalistas), la presión por la productividad y

la competencia reducen el espacio para construir vínculos, acompañar a otros o

simplemente descansar.

Ahí está el fondo del problema: vivimos en un sistema que necesita del cuidado para

funcionar, pero al mismo tiempo dificulta cada vez más que podamos ejercerlo. Por eso, la

crisis de salud mental no se da porque seamos más débiles o “de cristal”, sino porque cada

vez tenemos menos tiempo y condiciones para cuidar y ser cuidados.

Lo que el feminismo lleva décadas diciendo

Hay que partir de una idea muy importante: cuidar no es un favor, es sostener la vida. Sin

embargo, ese trabajo que hace posible la vida diaria muchas veces no se ve. Se ha tratado

como algo “natural”, como si cuidar no implicara tiempo, esfuerzo y desgaste.

Los cuidados no ocurren solos, históricamente han recaído en las mujeres. Desde las tareas

del hogar hasta escuchar, acompañar o hacerse cargo de otras personas, estas actividades se

han visto como una responsabilidad “propia” de las mujeres. Por eso, casi nunca se

reconocen ni se pagan.

El feminismo lleva décadas diciendo algo muy claro: los cuidados no son un asunto

privado, son un asunto político. La forma en que se reparten, quién cuida y en qué

condiciones, refleja las desigualdades que siguen organizando la vida social.

Desde mediados del siglo pasado, feministas como Simone de Beauvoir cuestionaron la

idea de que el lugar de las mujeres debía ser el hogar. Beauvoir mostró cómo esta forma de

organizar la vida limitó su autonomía y al mismo tiempo, hizo invisible el valor social de

los cuidados. Si las mujeres paran, todo se detiene; lo vimos claramente el 9 de marzo de

2020, cuando millones de mujeres en México realizaron un paro y muchas actividades

cotidianas simplemente dejaron de funcionar.

Las consecuencias de esto no solo afectan a las mujeres, también impactan en la salud

emocional de toda la sociedad. Cuando el cuidado es desigual, los vínculos se debilitan y la

vida cotidiana se vuelve más pesada. No es que las personas seamos más frágiles, es que el

sistema hace cada vez más difícil cuidar y ser cuidados.

Que los cuidados no se vean no significa que no existan: son los cuidados los que sostienen

al mundo todos los días.

El cuidado también se aprende en la universidad

La universidad va más allá de ser el lugar en el que estudiamos. También es el espacio

donde nuestras emociones se ponen a prueba todos los días. Entre clases, exámenes,

trabajos, prácticas, el estrés del metro y las noches sin dormir, la ansiedad termina

volviéndose otra compañera más en la facultad. Es justo aquí donde los cuidados se

vuelven fundamentales. Cuando nos escuchamos, nos acompañamos y nos apoyamos entre

compañerxs estamos creando herramientas de resistencia. Los grupos de estudio, amistades

y comunidades (como la de ¡Goooya!) son formas de cuidado colectivo que nos ayudan a

enfrentar la presión académica y la competitividad que nos rodea. 

La UNAM ha empezado a reconocer el problema y ha creado algunos programas de

atención psicológica para la comunidad universitaria. Incluso han impulsado iniciativas y

encuestas para identificar las necesidades emocionales de la comunidad y diseñar

estrategias de apoyo. Sin embargo, reconocer el problema no es lo mismo que resolverlo.

Muchos estudiantes consideran que los servicios de atención psicológica no son suficientes

frente a la cantidad de estudiantes que necesitan apoyo (sin mencionar los casos de acoso,

hostigamiento y discriminación) y que el acompañamiento que la universidad presume

llega tarde o nunca.

Los acontecimientos recientes en la universidad han evidenciado ese problema. Sin

embargo, esos hechos nos recuerdan algo que es incómodo, pero necesario: las

universidades no solo forman al futuro de México, también tienen la responsabilidad de

cuidar a las personas que estudiamos en las aulas. La historia ha enseñado que los cambios

importantes no nacen desde las autoridades: nacen desde la comunidad estudiantil

organizada. Hoy lxs estudiantes tenemos el reto enorme de construir una cultura de cuidado

dentro de la universidad. Escuchar a un compañero, acompañar a alguien que está pasando

por un momento complicado o exigir mejores condiciones de bienestar emocional son actos

políticos.

Aludo a la pregunta central de este número de ¡Goooya!: ¿cuidarnos es el nuevo punk? 

Si el punk siempre fue una forma de rebelarse contra un sistema injusto, entonces sí:

cuidarnos es un acto revolucionario. En un mundo que nos quiere cansados y aislados,

cuidarnos entre nosotros rompe la lógica del sistema. Nuestra generación creció escuchando

este cuento de que debíamos ser más productivos y eficientes, pero nosotrxs somos quiénes

empezamos a cuestionar eso.

Elegir el cuidado colectivo en un sistema que solo se preocupa por el dinero es una forma

de resistencia. Y ahí está la tarea para quienes integramos la universidad: demostrar que

otras formas de vida —más humanas, más solidarias y menos crueles— también son posibles.

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