La Ilusión de la Omnisciencia Artificial
Por Norah Gabriela Hernández Aldana
Mientras una siente, la otra calcula
Facultad de Filosofía y Letras
Facultad de Filosofía y Letras
Mi profesor de español, después de revisar los exámenes en casa, llegó al salón con un hallazgo fuera de lo común: diez respuestas idénticas, redactadas con esa estructura prototípica que delata a ChatGPT, impecables en la forma pero carentes por completo de pragmática lingüística y de ese conocimiento que solo surge del habla cotidiana. No necesitó ser detective para reconocer ese sello artificial que confunde competencias comunicativas propias del lenguaje humano. Lo más revelador no fue la respuesta automática en sí, sino lo que representaba: la renuncia voluntaria al pensamiento propio a cambio de la comodidad de una solución prefabricada.
Este episodio, más que anecdótico, refleja una práctica cada vez más normalizada entre los estudiantes. La inteligencia artificial ha dejado de ser una curiosidad tecnológica y se ha convertido en un instrumento cotidiano que transforma nuestra manera de producir y consumir información. Lo realmente alarmante no es su existencia, sino cómo la usamos, pues cada vez más personas sustituyen el pensamiento crítico y terminan reduciendo su capacidad de análisis y cuestionamiento.
En el ámbito académico, resulta irónico que doctores en humanidades aprueben sin percatarse ensayos generados por IA. Son textos impecables, resultado de indicaciones muy precisas, pero vacíos de toda huella reflexiva. Quienes confían ciegamente en estas herramientas pueden aprobar una evaluación, aunque lo hacen a costa de debilitar su capacidad de razonar y argumentar. La enseñanza pierde sentido cuando la búsqueda de lo inmediato sustituye la lectura, la discusión y la elaboración de un juicio propio.
La vida cotidiana reproduce el mismo patrón. Muchos adultos consumen videos con voces sintéticas sin notar la ausencia de una frecuencia humana que evidencie el montaje. Otros comparten noticias falsas producidas por IA sin verificar su origen. Las infancias incluso aprenden el habla a partir de personajes animados generados por IA, lo que plantea interrogantes sobre los referentes culturales que moldean la identidad de las nuevas generaciones. A esto se suma la producción de poemas idénticos, composiciones musicales fabricadas por algoritmos y discursos políticos inventados que se viralizan sin ser cuestionados. En una sociedad dominada por la inmediatez, la IA se ha convertido en un placebo emocional, pues basta escribir un estado de ánimo para recibir consuelos tan automáticos como impersonales.
En las artes y los medios, el impacto es igual de profundo. Pintores digitales, ilustradores, escritores y periodistas ven sus oficios desplazados por algoritmos que imitan sus estilos a un costo mínimo. La inteligencia artificial no crea; imita, combina y reproduce. El resultado son imágenes espectaculares pero vacías, textos impecables pero huecos. El peligro no solo radica en la pérdida de empleos, sino en la degradación del valor que damos a la creatividad y al pensamiento humano. El mensaje implícito es devastador: la reflexión y la técnica dejan de importar frente a la rapidez con que se obtiene un producto.
Frente a estos nuevos paradigmas cabe preguntarse cómo ejercer un pensamiento crítico en un mundo donde lo artificial se confunde con lo humano. Incluso con regulaciones estrictas, la sofisticación de la IA avanzará hasta volver casi imposible distinguir lo generado por una persona de lo producido por un algoritmo. Entrenar a la IA con nuestras dudas, emociones y juicios es el mayor riesgo del presente, porque implica ceder el poder de nuestro propio criterio. Cuando todo se entregue como una verdad absoluta, el espíritu crítico será percibido como un estorbo y no como una necesidad.
Aun así, sería injusto reducir la inteligencia artificial a una amenaza. Entre sus usos positivos, puede convertirse en una aliada del pensamiento crítico. Al ofrecer múltiples perspectivas y acceso a información en segundos, permite realizar investigaciones con mayor eficacia. La clave es no aceptar sus respuestas como verdades, sino como puntos de partida. La IA no sustituye la reflexión humana, pero puede complementarla siempre que exista la voluntad de cuestionar lo que genera.
Además, la inteligencia artificial puede servirnos como espejo. Sus respuestas estandarizadas muestran los límites de su programación y ese contraste puede impulsarnos a revisar nuestros propios sesgos. En el aula, un profesor de humanidades digitales puede usarla para mostrar cómo se construyen discursos automáticos y cómo detectar la falta de originalidad. En el periodismo, puede agilizar la verificación de notas si se combina con la capacidad de contrastar fuentes. Incluso en el arte, puede funcionar como un disparador creativo que impulse a producir obras auténticamente humanas.
En conclusión, la inteligencia artificial no es el enemigo, aunque sí puede serlo el mal uso que hacemos de ella. Depositar nuestro pensamiento crítico en un sistema automático es un acto de pereza intelectual. En cambio, usarla como herramienta para ampliar nuestros horizontes puede ser profundamente valioso. Hoy más que nunca debemos recuperar la costumbre de dudar, indagar y discutir. No podemos permitir que la obsesión por lo inmediato convierta al pensamiento en algo prescindible.
Nos guste o no, la inteligencia artificial seguirá avanzando. Lo que está en juego no es su existencia, sino nuestra capacidad de convivir con ella sin perder lo que nos hace humanos. Ninguna máquina puede reemplazar la duda, la creatividad y el pensamiento crítico. Solo así evitaremos que el siglo veintiuno quede marcado no por la expansión de la inteligencia, sino por su silenciosa desaparición.
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