En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
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Mirreyes vs Godinez (2019) Chava Cartas

Racismo a la mexicana

Número 20 / ENERO - MARZO 2026

¿Seremos muro de prejuicios o puente de integración?

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Leonardo Yahir Eguiza Delgado

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales

La sociedad mexicana tiene interiorizada la xenofobia y el racismo entre otras maneras de discriminación. Sin embargo, no nos damos cuenta de estas prácticas que atentan contra la otredad en tiempos de globalización, pluriculturalidad, y que pueden llevarnos a extremos ideológicos llenos de odio.

A partir de esta década decenas de hermanos latinoamericanos (sudamericanos, centroamericanos y caribeños) han tenido que abandonar sus hogares de origen en busca de una nueva vida. A este proceso se le denomina migración forzosa, que de acuerdo con el Glosario de EeE de la Red Interagencial para la Educación en Situaciones de Emergencia, es un desplazamiento de personas marcado en principio por algún tipo de presión externa, por ejemplo: situaciones de conflicto, persecución, tortura u otras violaciones graves a los derechos humanos, así como por condiciones de pobreza o amenazas derivadas de fenómenos naturales.

En muchos casos la decisión de migrar es una mezcla de voluntad y necesidad, no obstante, para los refugiados y otros grupos desplazados por la migración forzosa son los factores coercitivos los que determinan la necesidad de su partida. El objetivo de la migración en éstos casos es claro: llegar a Estados Unidos. A pesar de ello, en México de 2019 a 2025 transitaron un aproximado de 17. 1 millones de migrantes, de los cuales un 36.8% se instaló de manera permanente en el país. 

El mexicano se jacta de ser un ciudadano muy comprensivo y amable con los extranjeros o con aquellos visitantes a su país, aunque las estadísticas nos muestran lo contrario. En México continúan presentes diversos prejuicios hacia las personas migrantes. De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Discriminación (Enadis, 2022) el 36.2% de la población de 18 años o más considera que los conflictos dentro de una colonia o comunidad se relacionan en buena medida con el hecho de que las personas provengan de otro lugar de origen. 

En el mismo sentido, la Encuesta Nacional de Migración realizada por la UNAM, muestra que “los extranjeros” figuran, junto con “las personas más ricas”, entre los grupos que generan mayor desconfianza en el país. A esto se suma que una de cinco personas cree que la presencia de extranjeros afecta “nuestras costumbres y tradiciones”. Y una proporción semejante percibe que “son demasiados”, pese a que México posee una de las tasas de población extranjera más bajas del continente y la más reducida entre los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).

Existe una profunda disonancia cognitiva en el núcleo de la identidad mexicana: mientras la narrativa nacional se enorgullece de una supuesta calidez y hospitalidad universal, la praxis cotidiana revela una alarmante indiferencia, e incluso un desdén sistemático hacia ciertos extranjeros. Esta contradicción choca frontalmente con el discurso popular que sostiene que “en México no hay racismo”, un mito que los datos se encargan de desmantelar con crudeza. Las encuestas anteriores revelan que los migrantes son uno de los sectores que mayor recelo producen, esta hostilidad no es solo un sentimiento abstracto, sino que se materializa en una exclusión tangible, donde más de un tercio de los mexicanos admite que se negaría a rentar una habitación a una persona migrante o refugiada.

Esta negación de la realidad construye un entorno que empuja a quienes llegan buscando una vida mejor hacia una discriminación estructural, negándoles derechos básicos como la vivienda, el trabajo digno y la seguridad jurídica. Es imperativo señalar que esta xenofobia es selectiva: es notoria con el migrante del Sur Global, mientras se abraza la gentrificación del migrante del Norte Global. Ante una pigmentocracia y un clasismo que aún no nos atrevemos a nombrar, resulta urgente poner esta conversación sobre la mesa para sanar nuestro ecosistema social. Si no somos capaces de aceptar la pluriculturalidad inminente —impulsada por el flujo constante de hermanos latinoamericanos— germinará un odio intrínseco que no solo fracturará nuestra convivencia diaria, sino que erosionará la congruencia de México ante la comunidad internacional, entorpeciendo relaciones diplomáticas y económicas fundamentales para nuestro futuro.

En la conferencia magistral presentada el 7 de noviembre del 2025 por Pablo Yañez en el Programa Universitario de Estudios sobre Democracia, Justicia y Sociedad (PUEDJS) de la UNAM, se mencionó que la sociedad mexicana moderna está generando una interpretación en la memoria colectiva, donde la otredad desconocida —haciendo referencia a los migrantes— es una amenaza hacia las poblaciones locales, no solo por la apropiación cultural, sino también por el desplazamiento de las personas originarias. Lo anterior promueve el odio tanto contra el pobre como contra el rico por la condición de ser una persona migrante.

La historia nos lanza una advertencia necesaria, cuando el odio hacia un grupo social se normaliza y sistematiza, las consecuencias son atroces. La deshumanización del ‘otro’ fue el combustible de persecuciones como las de la Roma antigua, el Holocausto en Europa, el genocidio contra los tutsis en Ruanda o el régimen de Pol Pot en Camboya. México está a tiempo de mirarse al espejo y decidir si quiere ser un muro de prejuicios o un puente de integración.

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